La historia tiene una costumbre irritante: cuando uno
empieza a leerla de verdad, deja de parecerse a los actos escolares.
Primero cae el caballo blanco. Después el bronce.
Finalmente, el pedestal.
Hace unos días vi un meme. Un supuesto indígena, con
gesto de decepción, señalaba una galería de próceres de la independencia. El
texto decía algo así como: "Cuando descubres que los próceres de la
independencia eran criollos, masones y acaudalados... ¿Qué clase de habitantes
originarios oprimidos son éstos?"
Me reí. Los memes tienen esa virtud: en diez segundos
condensan una provocación que a un ensayo le llevaría veinte páginas
desarrollar.
El problema empieza cuando dejamos de reírnos demasiado
pronto.
Durante décadas nos enseñaron una historia de manual.
Había héroes impecables. Villanos perfectamente identificables. Patriotas de un
lado. Españoles del otro. Como si el nacimiento de una nación hubiera sido una
película de Disney.
Después llegó la reacción inversa. La moda consistió en
destruir estatuas, no literalmente sino intelectualmente. Entonces nos
explicaron que los próceres eran todos ricos, criollos privilegiados,
comerciantes, terratenientes, masones o miembros de alguna logia conspirativa.
Como si la independencia hubiera sido apenas una reunión de accionistas
discutiendo quién administraba mejor el negocio.
Ambos relatos son cómodos. Y por eso mismo sospechosos.
Sí, muchos de los líderes independentistas pertenecían a
las élites coloniales. San Martín provenía de una familia militar. Belgrano
estudió en Europa. Moreno era abogado. Pueyrredón era un hombre de fortuna. La
mayoría eran criollos ilustrados, hijos del mundo que estaban intentando
cambiar.
Pero precisamente ahí reside la paradoja.
Las revoluciones casi nunca empiezan entre los más
pobres. Empiezan cuando una parte de las élites deja de creer en el orden
existente y encuentra aliados mucho más abajo. La Revolución Francesa no la
inició un campesino. La independencia norteamericana tampoco nació en una
asamblea de obreros. Las ideas suelen viajar primero en bibliotecas antes que
en trincheras.
Después llegan las trincheras. Porque las guerras no las
ganan solamente quienes las piensan. Las ganan fundamentalmente quienes las
pelean.
Y ahí aparecen miles de nombres que casi nunca
aprendemos. Gauchos. Pardos. Negros libertos. Mestizos. Indígenas. Campesinos.
Mujeres que cosían uniformes, escondían armas, cruzaban mensajes o alimentaban
ejércitos enteros sin figurar jamás en un cuadro al óleo.
La independencia fue una negociación permanente entre
intereses distintos. Algunos querían libertad comercial. Otros soñaban con una
república. Algunos defendían privilegios locales. Otros hablaban de igualdad.
Incluso había quienes imaginaban una monarquía constitucional gobernada por un
descendiente de los incas.
Nada fue tan simple. Quizás esa sea la enseñanza más
incómoda.
Nos gusta imaginar que la historia avanza gracias a
santos o a demonios. Nos tranquiliza repartir certificados de pureza o de
corrupción. Pero los seres humanos somos bastante menos prolijos. Las grandes
transformaciones suelen estar hechas de convicciones nobles, ambiciones
personales, oportunismo, ideales, mezquindades y un poco de azar. Todo
mezclado. Por eso me gustan estos memes. No porque tengan razón. Sino porque
obligan a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.
Si un meme consigue que alguien cierre las redes sociales
y abra un libro de historia, ya hizo más por el pensamiento crítico que muchas
clases donde todavía desfilan próceres sin contradicciones o conspiraciones sin
pruebas.
La historia nunca fue un altar. Tampoco un tribunal. Es,
más bien, una conversación interminable entre el pasado y nuestras preguntas
del presente. Y cada tanto, curiosamente, esa conversación empieza con una
imagen absurda compartida en Facebook y termina obligándonos a revisar todo
aquello que creíamos saber.

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