Noches largas
A las diez de la mañana de un feriado, la ciudad tiene
una resaca extraña. No es solo el silencio. Es esa sensación de que todavía
quedan historias tiradas en el asfalto, mezcladas con vasos de plástico,
colillas húmedas y conversaciones que nadie terminará jamás.
Vi a dos adolescentes caminando despacio. De espaldas.
Una llevaba en su mano un cinto a modo de pandereta como si hubiera sobrevivido
a un recital improvisado. La otra fumaba con la lentitud de quien todavía no
decidió si la noche terminó o simplemente cambió de escenario. No parecían
volver de ningún lado. Parecían seguir escapándose.
Entonces recordé nuestras propias noches.
Cuando teníamos diecisiete o dieciocho años creíamos que
el amanecer era una frontera que había que cruzar. Dormir era una concesión
para los viejos. Nosotros queríamos que la noche durara para siempre.
Éramos invencibles porque todavía no habíamos aprendido
la estadística de las tragedias.
Había vino barato compartido en plazas, cerveza caliente,
cigarrillos que circulaban de mano en mano, casetes grabados mil veces,
guitarras desafinadas y discusiones filosóficas sostenidas con una convicción
que hoy haría sonreír a cualquiera. Hablábamos de cambiar el mundo sin haber
podido cambiar siquiera nuestras habitaciones.
Las primeras borracheras tenían algo de rito iniciático.
No se trataba solamente de emborracharse. Era demostrar que uno pertenecía. Que
podía soportar el exceso. Que era capaz de mirar el amanecer con los ojos rojos
y seguir caminando.
Después estaban los amores.
Los que duraban una noche.
Los que parecían eternos hasta el martes siguiente.
Los besos robados detrás de un boliche.
Las promesas hechas bajo un cielo que ninguno de los dos
volvería a mirar igual.
Uno juraba que esa persona sería para siempre.
Y el "para siempre", a los dieciocho años,
podía durar exactamente tres semanas.
También estaban los excesos.
Algunos divertidos.
Otros estúpidos.
Varios peligrosos.
Subirse a un techo porque sí.
Viajar en la caja de una camioneta.
Aceptar cualquier desafío solo porque alguien dijo
"no te animás".
Creer que el cuerpo era una máquina indestructible y que
la muerte era un problema exclusivo de los diarios.
Qué lejos parecía todo.
Sin embargo, si uno observa con atención cualquier mañana
de feriado, descubre que el mecanismo sigue funcionando exactamente igual.
Cambian las zapatillas por botas negras.
Los walkman por teléfonos.
Los casetes por listas de Spotify.
Los boliches por afters.
Pero la búsqueda es la misma.
Salir de la infancia a fuerza de noches largas.
Porque la adolescencia nunca fue únicamente una cuestión
de edad. Fue ese momento en que uno necesitaba demostrarle al mundo que podía
vivir sin horarios, sin miedo y sin consecuencias.
Después llega la adultez.
Empiezan a aparecer las alarmas del celular, los turnos
médicos, las cuentas, los analgésicos, los mensajes que dicen "avisá
cuando llegues". Descubrimos que el cuerpo lleva memoria y que las noches
pasan factura con intereses.
Entonces uno ve a estos chicos caminando cuando el resto
recién está preparando el mate.
Y en lugar de juzgarlos, sonríe.
Porque sabe algo que ellos todavía no saben.
Que un día recordarán esas caminatas con una mezcla
extraña de vergüenza, nostalgia y ternura. Recordarán a quienes ya no están,
los nombres que olvidaron, las canciones que creían eternas y las promesas que
nunca pudieron cumplir.
Descubrirán que, en realidad, lo mejor de aquellas
madrugadas no era el alcohol ni el descontrol.
Era la sensación, completamente falsa pero
maravillosamente necesaria, de que la vida acababa de empezar y que todavía
quedaban infinitas noches por delante.
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