Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo


 

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo

 

Abrí Filosofía borgeana: un juego ricotero con la curiosidad de quien sospecha que dos mundos no deberían tocarse. Borges de un lado. El Indio Solari del otro. La literatura y el rock. La biblioteca y el estadio. Sin embargo, a las pocas páginas entendí que Pablo Cillo no intentaba demostrar una teoría: quería invitar al lector a recorrer un puente. Filosofía borgeana: un juego ricotero, de Pablo Cillo, pertenece a esa rara especie.

Confieso que abrí sus páginas con cierta desconfianza. Borges y el Indio Solari parecen habitar planetas distintos. Durante décadas nos enseñaron que uno pertenecía a las bibliotecas y el otro a los estadios; uno era patrimonio de la alta literatura y el otro, del rock argentino. Era una frontera demasiado cómoda. Y justamente por eso Cillo decide cruzarla.

No lo hace para demostrar una tesis definitiva. No pretende convencer al lector de que Borges escribió pensando en los Redondos ni que el Indio escondió citas borgianas entre sus letras. Sería un truco demasiado fácil. Lo que propone es algo mucho más interesante: un juego. Un diálogo improbable entre dos autores que nunca dejaron de desconfiar de las respuestas únicas.

A medida que avanzaba la lectura tuve la sensación de caminar por uno de esos laberintos que tanto fascinaban a Borges. Cada capítulo abría un pasillo nuevo. Cada comparación conducía a otra pregunta. No había una salida señalizada. Y esa, entendí después, era precisamente la propuesta del libro.

El corazón de ese recorrido es “El Sur”. No podía ser otro cuento. Allí están el destino, la identidad, el coraje, la muerte y esa incertidumbre que convierte cada lectura en una experiencia distinta. Cillo utiliza ese relato como una llave para ingresar también al universo ricotero, donde los personajes parecen caminar siempre al borde del sueño, del fracaso o de una revelación que nunca termina de completarse.

Mientras leía recordé una vieja costumbre de los fanáticos. La necesidad de descifrarlo todo. De encontrar "la explicación correcta" de una canción o de un cuento. Como si la literatura fuera un crucigrama y no una conversación. Cillo se planta exactamente en el lugar contrario. Lo dice con claridad cuando habla del Indio: interpretar no consiste en descubrir qué quiso decir el autor, porque ni siquiera el autor permanece idéntico a sí mismo con el paso de los años. La obra sigue viviendo mucho después de haber sido escrita.

Hay una idea que sobrevuela todo el libro y que termina siendo su mayor virtud: tanto Borges como Solari escriben desde la sospecha. Ninguno entrega verdades cerradas. Ambos obligan al lector —o al oyente— a completar el sentido. Ambos desconfían de los discursos demasiado seguros de sí mismos.

Quizás por eso el libro funciona incluso cuando algunas asociaciones pueden parecer arriesgadas. No importa tanto si cada paralelo convence por completo. Lo valioso es el ejercicio de volver a leer. De regresar a Borges después de escuchar “Luzbelito”. O de volver a las canciones del Indio con un cuento borgiano todavía resonando en la memoria.

En una de las entrevistas incluidas al final, Cillo cuenta que llegó a los Redondos después de Borges. Que fue un profesor de literatura quien le enseñó primero a leer al escritor, y que años después aplicó esa misma forma de lectura a las letras del rock. Es una confesión reveladora. Porque el libro entero parece escrito desde esa gratitud hacia la lectura entendida como una aventura y no como una colección de respuestas.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza de Filosofía borgeana: un juego ricotero. Que la cultura popular y la llamada alta cultura son etiquetas demasiado estrechas para explicar las grandes obras. Borges y el Indio hablan lenguajes distintos, pero ambos construyeron mitologías capaces de sobrevivir a sus propios autores. Ambos hicieron del enigma una forma de hospitalidad: invitan a entrar, no para encontrar una verdad definitiva, sino para perderse un poco más.

Y al cerrar el libro tuve la certeza de que Pablo Cillo nunca quiso resolver el misterio. Hizo algo mejor. Lo volvió más grande.

Cerré el libro con una sospecha. Tal vez Borges y el Indio nunca estuvieron tan lejos como nos hicieron creer. Quizás la verdadera conversación no ocurre entre ellos, sino entre nosotros, cada vez que volvemos a un cuento o a una canción convencidos de que esta vez entenderemos algo más. Y, afortunadamente, descubrimos que todavía queda un misterio.

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