Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía
borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo
Abrí Filosofía borgeana: un juego ricotero con la
curiosidad de quien sospecha que dos mundos no deberían tocarse. Borges de un
lado. El Indio Solari del otro. La literatura y el rock. La biblioteca y el
estadio. Sin embargo, a las pocas páginas entendí que Pablo Cillo no intentaba
demostrar una teoría: quería invitar al lector a recorrer un puente. Filosofía
borgeana: un juego ricotero, de Pablo Cillo, pertenece a esa rara especie.
Confieso que abrí sus páginas con cierta desconfianza.
Borges y el Indio Solari parecen habitar planetas distintos. Durante décadas
nos enseñaron que uno pertenecía a las bibliotecas y el otro a los estadios;
uno era patrimonio de la alta literatura y el otro, del rock argentino. Era una
frontera demasiado cómoda. Y justamente por eso Cillo decide cruzarla.
No lo hace para demostrar una tesis definitiva. No
pretende convencer al lector de que Borges escribió pensando en los Redondos ni
que el Indio escondió citas borgianas entre sus letras. Sería un truco
demasiado fácil. Lo que propone es algo mucho más interesante: un juego. Un
diálogo improbable entre dos autores que nunca dejaron de desconfiar de las
respuestas únicas.
A medida que avanzaba la lectura tuve la sensación de
caminar por uno de esos laberintos que tanto fascinaban a Borges. Cada capítulo
abría un pasillo nuevo. Cada comparación conducía a otra pregunta. No había una
salida señalizada. Y esa, entendí después, era precisamente la propuesta del
libro.
El corazón de ese recorrido es “El Sur”. No podía ser
otro cuento. Allí están el destino, la identidad, el coraje, la muerte y esa
incertidumbre que convierte cada lectura en una experiencia distinta. Cillo
utiliza ese relato como una llave para ingresar también al universo ricotero,
donde los personajes parecen caminar siempre al borde del sueño, del fracaso o
de una revelación que nunca termina de completarse.
Mientras leía recordé una vieja costumbre de los
fanáticos. La necesidad de descifrarlo todo. De encontrar "la explicación
correcta" de una canción o de un cuento. Como si la literatura fuera un
crucigrama y no una conversación. Cillo se planta exactamente en el lugar
contrario. Lo dice con claridad cuando habla del Indio: interpretar no consiste
en descubrir qué quiso decir el autor, porque ni siquiera el autor permanece
idéntico a sí mismo con el paso de los años. La obra sigue viviendo mucho
después de haber sido escrita.
Hay una idea que sobrevuela todo el libro y que termina
siendo su mayor virtud: tanto Borges como Solari escriben desde la sospecha.
Ninguno entrega verdades cerradas. Ambos obligan al lector —o al oyente— a
completar el sentido. Ambos desconfían de los discursos demasiado seguros de sí
mismos.
Quizás por eso el libro funciona incluso cuando algunas
asociaciones pueden parecer arriesgadas. No importa tanto si cada paralelo
convence por completo. Lo valioso es el ejercicio de volver a leer. De regresar
a Borges después de escuchar “Luzbelito”. O de volver a las canciones del Indio
con un cuento borgiano todavía resonando en la memoria.
En una de las entrevistas incluidas al final, Cillo
cuenta que llegó a los Redondos después de Borges. Que fue un profesor de
literatura quien le enseñó primero a leer al escritor, y que años después
aplicó esa misma forma de lectura a las letras del rock. Es una confesión
reveladora. Porque el libro entero parece escrito desde esa gratitud hacia la
lectura entendida como una aventura y no como una colección de respuestas.
Tal vez esa sea la mayor enseñanza de Filosofía borgeana:
un juego ricotero. Que la cultura popular y la llamada alta cultura son
etiquetas demasiado estrechas para explicar las grandes obras. Borges y el
Indio hablan lenguajes distintos, pero ambos construyeron mitologías capaces de
sobrevivir a sus propios autores. Ambos hicieron del enigma una forma de
hospitalidad: invitan a entrar, no para encontrar una verdad definitiva, sino
para perderse un poco más.
Y al cerrar el libro tuve la certeza de que Pablo Cillo
nunca quiso resolver el misterio. Hizo algo mejor. Lo volvió más grande.
Cerré el libro con una sospecha. Tal vez Borges y el
Indio nunca estuvieron tan lejos como nos hicieron creer. Quizás la verdadera
conversación no ocurre entre ellos, sino entre nosotros, cada vez que volvemos
a un cuento o a una canción convencidos de que esta vez entenderemos algo más.
Y, afortunadamente, descubrimos que todavía queda un misterio.

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