Los ciegos custodian el infinito
Entré a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno un martes
cualquiera. En Buenos Aires, sin embargo, los martes nunca son del todo
corrientes: son días metafísicos. No prometen nada, pero igual exigen todo.
Afuera, Recoleta relucía con esa prolijidad de catálogo
inmobiliario donde los árboles parecen haber firmado un contrato con la
estética. Adentro, el edificio diseñado por Clorindo Testa emergía sobre el
terreno como una nave brutalista detenida en medio del tiempo: mitad fortaleza
de hormigón, mitad templo laico del conocimiento. Siempre me produjo la misma
impresión. No invita; desafía.
No era la primera vez que cruzaba esas puertas. De chico
fui varias veces con mi familia. Después volví siendo adolescente y conservo un
recuerdo especialmente nítido de una visita en 1995, cuando la Biblioteca
estaba dirigida por Héctor Yanover.
Yanover era mucho más que un administrador de libros.
Escritor, editor, gestor cultural y fundador de la inolvidable Librería Norte,
en Las Heras 2225, uno de esos lugares donde Buenos Aires todavía respiraba
literatura antes de que las librerías comenzaran a parecer sucursales de
aeropuertos.
Durante los años ochenta peregrinaba hasta allí buscando
poesía, editoriales pequeñas y autores que en las librerías comerciales
parecían inexistentes. Fue entre esos estantes donde vi por primera vez los
libros de Antonin Artaud, Rimbaud y Lautréamont. También descubrí buena parte
del catálogo de Argonauta, la editorial de Aldo Pellegrini, imprescindible para
cualquiera que quisiera asomarse al surrealismo en castellano.
En 1987 compré allí “La máquina de follar”, de Charles
Bukowski. Todavía recuerdo la sensación de salir con ese libro bajo el brazo
como quien acababa de cometer una pequeña transgresión.
La Librería Norte también estaba hecha de leyendas. En
1967 Gabriel García Márquez firmó ejemplares de la primera edición argentina de
“Cien años de soledad”, publicada por Sudamericana. Saber que uno caminaba por
el mismo lugar donde había estado el colombiano le daba al espacio una densidad
casi mítica. Algunas librerías venden libros. Otras conservan fantasmas.
Recuerdo una época: Si llegabas temprano, antes de que el
edificio despertara del todo, te ofrecían una taza de mate cocido con una
rasquetita —a veces un criollo—. Era un gesto sencillo, casi doméstico. Nadie
hablaba de políticas culturales ni de democratización del conocimiento. Bastaba
ese mate caliente para entender que la Biblioteca también podía ser un lugar de
abrigo. Hoy esa escena parece improbable. Los protocolos reemplazaron a la
hospitalidad, aunque el olor de los libros siga siendo el mismo.
Volví a la Biblioteca hace apenas un par de años. Ese
lugar espacio de encuentro y cuidado. Pensé en Borges, por supuesto. Es casi
imposible entrar allí sin que su sombra aparezca antes que el ascensor. Pero
esa vez pensé menos en el escritor y más en la institución. Me pregunté qué
hacemos realmente con todos estos libros. Qué significa custodiar millones de
páginas en una época donde la velocidad reemplazó a la lectura y la información
confundió a la inteligencia.
Subí las escaleras con la extraña sensación de estar
entrando a un santuario sin religión. La seguridad revisó mi mochila con
cordialidad burocrática. Dejé afuera el termo y el mate, obedeciendo un
reglamento que parecía haber sido redactado para proteger a los libros incluso
del vapor del agua caliente.
En la entrada, un cartel pedía silencio.
No era un silencio natural. Era un silencio administrado.
Como si alguien hubiera reglamentado hasta la forma correcta de callar.
El aire olía a papel envejecido, madera, polvo y Estado.
Hay edificios públicos que huelen a expediente. La Biblioteca huele a archivo.
Es una diferencia sutil, pero decisiva.
Mientras caminaba sentí algo difícil de explicar: no era
yo quien observaba los libros. Eran ellos los que parecían registrar mi
presencia. Los libros nunca juzgan; simplemente conservan memoria.
La historia de la Biblioteca Nacional condensa una de las
imágenes más extraordinarias —y cruelmente precisas— de la cultura argentina:
Jorge Luis Borges dirigiendo una biblioteca cuando ya casi no podía verla. No
se trata únicamente de una ironía biográfica. Es una alegoría. La del
conocimiento enfrentado a sus propios límites.
Pero Borges no estuvo solo.
Existe una curiosa continuidad histórica que algunos
llaman, exagerando apenas, el "linaje maldito". Tres directores de la
Biblioteca Nacional perdieron la vista mientras ejercían el cargo: José Mármol,
Paul Groussac y Jorge Luis Borges.
Los tres administraron un universo de libros que ya no
podían contemplar.
La paradoja parece escrita por el propio Borges.
En 1955, cuando asume la dirección, su ceguera era casi
absoluta. Años después convertiría esa circunstancia en uno de los poemas más
memorables de la literatura argentina:
"Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría de Dios,
que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche."
No era una queja. Era una filosofía. Borges comprendía
que el conocimiento no dependía únicamente de los ojos y que toda biblioteca,
por más gigantesca que fuera, siempre estaba condenada a ser incompleta.
Más tarde diría aquella frase tantas veces repetida:
"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Pero
el paraíso borgiano nunca fue un edificio perfectamente ordenado. Era un
laberinto. Una totalidad imposible.
Un archivo donde cada libro remitía a otro y donde el
infinito terminaba siendo más importante que el catálogo. Por eso Borges fue un
director tan singular. No modernizó la institución. No multiplicó públicos. No
diseñó grandes programas culturales.
Sin embargo, dejó una huella más profunda que muchas
administraciones ejemplares.
Mientras otros dirigían una biblioteca, Borges terminó
convirtiéndola en un símbolo universal. Y mientras caminaba por esos pasillos
comprendí que tal vez el verdadero poder de una biblioteca nunca estuvo en los
libros que conserva, sino en las preguntas que obliga a hacerse a quienes la
recorren.
La sala de lectura se desplegaba como una llanura
silenciosa. Mesas interminables, lámparas verdes, cabezas inclinadas sobre
libros abiertos. Había estudiantes preparando exámenes, investigadores que
parecían llevar décadas ocupando la misma silla, jubilados leyendo diarios
viejos y algunos lectores inclasificables, esos que uno sospecha que no vienen
únicamente a leer, sino a demorarse.
Cada uno ejecutaba un pequeño ritual. Alguien copiaba
citas a mano como si todavía creyera que escribir con birome modifica el
pensamiento. Otro subrayaba compulsivamente un ensayo. Una chica levantaba la
vista cada pocos minutos para perderse detrás del ventanal. Un hombre hojeaba
un volumen enorme con la delicadeza de quien sostiene un animal dormido.
Entonces entendí que una biblioteca nunca es un depósito
de libros.
Es un refugio. Un refugio contra el ruido. Contra la
velocidad. Contra la obligación permanente de producir algo.
Pedí un libro cuyo título ya no recuerdo. Curiosamente,
nunca recuerdo los libros que más me marcaron; recuerdo los lugares donde los
encontré.
Esperé. La espera forma parte de la experiencia. No es
una falla del sistema: es el sistema.
Michel Foucault habría disfrutado ese mecanismo. El
archivo siempre administra el acceso al saber. Clasifica, ordena, demora. El
conocimiento nunca aparece inmediatamente; exige atravesar protocolos,
formularios, catálogos y números de inventario. Incluso cuando parece libre,
alguien decidió antes cómo debía ser encontrado.
Mientras esperaba, recorrí con la vista las estanterías
cerradas. Miles de libros permanecían ocultos detrás de una arquitectura
pensada para conservar antes que exhibir.
La Biblioteca Nacional tiene algo de monasterio y algo de
fortaleza. Custodia el conocimiento como si todavía existiera el peligro de que
alguien quisiera incendiarlo.
Pensé en todas las épocas en las que leer fue un acto
peligroso. Después pensé en esta época. Ahora leer ya no parece peligroso. Parece
inútil. Y esa sospecha me inquietó mucho más.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez
cuesta más encontrar pensamiento. Hay datos en abundancia, opiniones en exceso
y comprensión en retirada. El mercado convirtió la atención en mercancía y la
lectura lenta pasó a ser una excentricidad. Quizá por eso seguimos viniendo a
las bibliotecas. No para refugiarnos del pasado. Sino del presente.
Me senté cerca de una joven que leía a Simone de Beauvoir
con la concentración de quien intenta resolver algo más que una tesis. Del otro
lado, un hombre subrayaba a Kant con una intensidad desproporcionada. Pensé que
probablemente ninguno de los dos encontraría respuestas definitivas. Pero
tampoco habían venido a buscarlas. Habían venido a sostener preguntas. Eso
también es una forma de resistencia.
Cuando finalmente llegó mi libro, lo abrí con el cuidado
casi religioso con el que se abren los objetos que sobrevivieron a varias
generaciones.
El papel crujió. Leí unas pocas páginas. Mi cabeza, sin
embargo, decidió viajar por otro lado. Pensé en la inflación. En los
alquileres. En los mensajes que nunca respondemos.
En el trabajo. En el tiempo. Cerré el libro. Sentí culpa.
Volví a abrirlo. Leí otro párrafo.
Otra vez me distraje. Y entonces apareció una verdad
incómoda.
No venimos a la Biblioteca únicamente para leer. Venimos
a confirmar que todavía somos capaces de pensar. Hay algo de representación en
ese gesto. Casi un teatro íntimo. Como esos festivales folklóricos donde
algunos se disfrazan de gauchos durante un fin de semana para regresar el lunes
a la oficina. Nosotros hacemos, a veces, cosplay de intelectuales. Y no está
mal. Toda cultura necesita también sus pequeñas ceremonias. Bajé a las salas de
exposiciones.
Fotografías.
Manuscritos.
Cartas.
Objetos cuidadosamente iluminados detrás de vitrinas. El
pasado aparecía domesticado. Convertido en patrimonio. Todo estaba
impecablemente ordenado.
Todo estaba inmóvil.
La historia tiene esa costumbre de volverse prolija una
vez que deja de ser peligrosa.
Mientras caminaba entre las vitrinas sentí que alguien
avanzaba a mi lado.
No escuché pasos. Simplemente estaba ahí.
Paul Groussac. Traje oscuro. Bigote perfectamente
recortado. Mirada severa.
La clase de hombre que parecía considerar que la
mediocridad era una ofensa personal.
Se detuvo frente a una mesa. Observó a los lectores. Después
me miró.
—Monsieur... —dijo con una calma que intimidaba—. Leer no
consiste en pasar los ojos sobre un texto. Leer es permitir que el texto pase
por usted.
No respondí. Continuó caminando.
—La Biblioteca nunca fue un refugio democrático. Fue una
aduana. Aquí se entra para demostrar paciencia.
Quise discutirle. Hablarle de educación pública. Del
acceso universal. De las bibliotecas populares. Pero mientras lo escuchaba
comprendí algo incómodo. Toda lectura exige un esfuerzo que nadie puede hacer
por nosotros.
No basta con abrir un libro. Hay que dejar que el libro
nos desordene. Cuando levanté la vista, Groussac ya no estaba.
Había desaparecido entre las estanterías como si siempre
hubiera pertenecido a ese lugar.
Subí al ascensor. Las puertas se cerraron lentamente. Éramos
dos. Yo...
...y Jorge Luis Borges.
Llevaba el bastón en una mano y una sonrisa apenas
insinuada.
No parecía perdido. Parecía conocer la Biblioteca mejor
que cualquiera. Antes de que pudiera decir una palabra, habló.
—No busque libros. Busque extravíos. El conocimiento
nunca estuvo en los estantes.
Está en aquello que uno no esperaba encontrar.
Lo miré.
Quise preguntarle cómo había dirigido una biblioteca sin
verla.
Él sonrió.
—Tal vez esa haya sido mi ventaja. El director que cree
verlo todo termina creyendo que puede ordenar el mundo. Yo sólo aprendí a
perderme.
Las puertas del ascensor se abrieron. Borges descendió. No
giró la cabeza. No hizo falta. Parecía conocer exactamente el camino. Como si
hubiera comprendido mucho antes que nosotros que toda biblioteca importante
termina siendo un laberinto.
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