La esquina donde terminaba el mundo
Hubo un tiempo en que Villa Dolores tenía un final. Era
esta esquina. No había un cartel que lo anunciara. Tampoco un límite municipal.
Simplemente, después del último farol empezaba el campo. O el monte. Según la
estación, según la hora o según la imaginación de un chico.
Recuerdo esa oscuridad como se recuerdan los primeros
libros: llena de criaturas que nunca existieron y de caminos que uno juraba
recorrer algún día.
Los pueblos también tenían fronteras. Y las fronteras
enseñaban una lección que hoy parece olvidada: no todo debía ser ocupado.
Después llegaron los loteos. Las mansiones. Los cercos
electrificados. Las cámaras que vigilan incluso el silencio. El progreso,
dicen. La moderna modernidad diría el Indio.
Ganamos metros construidos y perdimos horizonte. Donde
antes comenzaba el misterio, ahora comienza un barrio privado. Quizás el
problema no sea que el pueblo haya crecido. Los pueblos crecen. Las ciudades
también. Lo que extraño es otra cosa.
Extraño la posibilidad de que existiera un lugar donde la
civilización aceptara terminar y le cediera el paso a la noche. Porque, sin
saberlo, aquella esquina no separaba el pueblo del campo. Separaba una época en
la que todavía creíamos que el mundo era más grande que nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario