Actividades de domingo
Los domingos tienen algo de cementerio elegante.
La ciudad baja la persiana moral, las persianas de los
negocios tiemblan a medio cerrar y uno queda solo con aquello que durante la
semana logra distraer. Por eso hay gente que sale a correr, otros van a misa,
otros se intoxican de fútbol y asado. Cada cual inventa una anestesia para no
escucharse demasiado.
Pero existen sujetos —raros, peligrosos, melancólicos—
que usan el domingo para tareas menos saludables.
Por ejemplo: dejarse devorar por la nostalgia.
No hablo de recordar una canción vieja o mirar una foto.
Hablo de entregarse por completo. De sentarse frente a una ventana como un
veterano derrotado y empezar a invocar fantasmas. Viejos amores. Amigos que ya
no llaman. Versiones nuestras que murieron hace años pero siguen caminando
dentro de nosotros como perros abandonados.
La nostalgia es una droga elegante porque no hace
escándalo. No rompe muebles ni grita en la calle. Simplemente te convence de
que el pasado tenía una música que el presente jamás podrá igualar. Y entonces
uno empieza a romantizar hasta las peores épocas. Las miserias se vuelven
poesía. El dolor adquiere una iluminación cinematográfica. Como si la memoria
tuviera un director de fotografía empeñado en volver bello incluso aquello que
nos destruyó.
Ahí aparece la otra actividad dominical: defender aquello
que te destruye.
Es una pulsión extraña del ser humano. Defender personas
que nos rompieron el alma. Justificar vínculos que nos drenaron la vida.
Sostener ideas que nos dejaron solos. Como si aceptar el daño fuese también
aceptar que perdimos tiempo, fe y partes de nosotros mismos.
Entonces inventamos relatos.
“En el fondo no era mala persona.”
“Capaz yo exageré.”
“Había momentos lindos.”
“Tal vez nadie me va a entender así otra vez.”
Y uno termina convirtiéndose en abogado de su propia
ruina.
Bukowski decía que el ser humano necesita aferrarse a
algo, aunque eso lo esté matando. Y quizá tenía razón. Porque hay personas que
prefieren una tristeza conocida antes que una libertad incierta. El dolor
familiar resulta más cómodo que el vacío nuevo.
El domingo favorece todo eso. Tiene algo de tribunal
íntimo. No hay ruido suficiente para escapar. Por eso algunos miran el celular
esperando mensajes que no llegan. Otros vuelven a escuchar audios viejos.
Algunos recorren perfiles ajenos como arqueólogos sentimentales buscando restos
de una vida que ya terminó. Y sin embargo, en toda esa decadencia, existe
cierta belleza. Porque dejarse devorar por la nostalgia también es prueba de
que algo nos importó de verdad. Y defender aquello que nos destruyó revela,
aunque sea trágicamente, una capacidad casi absurda de amar.
El problema aparece cuando hacemos de eso una religión. Porque
recordar no debería ser vivir hacia atrás. Y amar tampoco debería significar
inmolarse.
Pero los domingos, los domingos siempre empujan un poco
hacia esas ceremonias oscuras.
José Luis Colombini
Escribe desde Traslasierra como quien arroja botellas al
mar en mitad del insomnio.
Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo,
sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y
las ruinas emocionales del presente.
Este no es un sitio pensado para consumir contenido
rápido.
Es un archivo personal escrito contra el olvido.
Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas,
canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.
“Esto no es
contenido. Es insomnio grabado.”
Acá conviven la nostalgia de provincia, los fantasmas de
la cultura pop, las discusiones políticas, las películas de madrugada, la
literatura, las obsesiones filosóficas y cierta forma de mirar el mundo desde
los márgenes.
Porque escribir —a veces— no es explicar nada.
Es intentar entender qué queda de nosotros cuando el
tiempo pasa, cuando las historias se deforman y la memoria insiste.

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