Perdidos en Tokio: canciones para gente que mira por la
ventana
Hay películas que uno mira y olvida. Y hay películas que
quedan funcionando como una canción que escuchaste hace años y vuelve, de
golpe, un martes cualquiera, mientras viajás mirando por la ventana de un
colectivo.
“Lost in Translation” es una película sobre dos personas
solas, sí. Pero eso es apenas la superficie. Debajo hay algo más triste: dos
personas que llegaron a un punto de la vida donde ya no saben exactamente
quiénes son. Uno parece haber llegado demasiado pronto al cansancio. La otra
todavía no sabe hacia dónde está creciendo. Entre los dos aparece esa especie
de amistad peligrosa: la que nace cuando alguien reconoce tu cansancio antes
que tu nombre.
Tokio alrededor parece un planeta artificial. Neones,
habitaciones de hotel, ascensores, bares vacíos a las dos de la mañana. Una
ciudad enorme y brillante donde nadie se conoce realmente. O peor: donde todos
parecen conocerse menos vos.
Pero hay algo que la película entiende y que muchas otras
olvidan: la tristeza tiene sonido.
Porque “Lost in Translation” no usa canciones para
acompañar escenas; las usa como si fueran una respiración secreta. Como si la
música dijera las cosas que Bob y Charlotte no saben decirse.
Cuando aparece "Sometimes" de My Bloody
Valentine, no suena una canción: aparece una niebla. Guitarras que parecen
venir desde otra habitación, voces perdidas detrás del ruido, una melodía que
da la sensación de estar recordando algo que nunca pasó. La canción cae sobre
la película como el cansancio de una madrugada larga. No empuja la escena: la
abraza.
Y hay algo extraño ahí, algo que siempre me vuelve
después. Porque mucho antes de ver la película, en 1991, yo usaba “My Bloody
Valentine” como seudónimo para escribir. Años antes de Tokio, antes de Bob y
Charlotte, antes de entender algunas cosas. Me gusta pensar que ciertos
nombres, ciertas canciones y ciertas obsesiones aparecen mucho antes de que uno
comprenda por qué llegaron. Como si algunas partes de nosotros caminaran
adelantadas, esperando que el resto del cuerpo las alcance. Quizá por eso la canción
nunca me sonó ajena. Quizá llevaba demasiado tiempo esperándome.
Y después está el karaoke.
Qué escena extraña esa. Porque la gente suele recordar el
momento como algo divertido, pero hay algo profundamente triste ahí. Bob canta “More
Than This” desafinando un poco, como cantan las personas cuando ya dejaron de
intentar impresionar a alguien. Y de golpe entendés que no está cantando una
canción: está diciendo algo que no puede explicar de otra manera.
Cuando llega ese “More than this, you know there's
nothing” —“más allá de esto, sabés que no hay nada más”— la escena deja de
parecer karaoke. Ya no es un hombre cantando en un bar perdido de Tokio: es
alguien mirando los restos silenciosos de su propia vida y preguntándose si
después de todo lo construido, de todo lo vivido, todavía queda algo más.
Las mejores películas saben algo: hay emociones demasiado
grandes para una conversación.
Charlotte canta "Brass in Pocket" y por un
momento parece feliz, pero esa felicidad tiene algo raro. Como la gente que
sonríe en una foto mientras piensa en otra cosa.
Y después llega el final.
El abrazo. El susurro. Y "Just Like Honey" de
The Jesus and Mary Chain entrando lentamente como una despedida que ya estaba
esperando en la puerta desde hacía rato. Esa batería inicial parece caminar
despacio, y la canción tiene algo hermoso y cruel: no intenta resolver nada.
Sólo acompaña la pérdida.
Quizá por eso la película sigue quedándose con uno.
Porque todos tuvimos nuestro Tokio alguna vez. No
necesariamente una ciudad. A veces Tokio es una etapa de la vida. Una
habitación. Una madrugada. Una persona.
Y todos tuvimos también una canción que sonó exactamente
en el momento equivocado y por eso terminó acompañándonos para siempre.

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