Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene


 

Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene

 

Hay filósofos que ayudan a vivir. Otros ayudan a pensar. Y después está Hegesías de Cirene, que aparentemente ayudaba a morirse.

Me acordé de él una tarde cualquiera, sentado en un bar casi vacío, mientras escuchaba a dos jubilados discutir sobre el precio de los medicamentos. Uno sostenía que todo tiempo pasado había sido mejor. El otro afirmaba que nunca había sido bueno, pero al menos antes uno no tenía que hacer trámites por internet.

Los dos parecían más cerca de Hegesías que de cualquier economista.

Nacido en Cirene hacia el siglo III antes de Cristo, Hegesías pertenecía a la escuela cirenaica, fundada por Aristipo, discípulo de Sócrates. Los cirenaicos sostenían que el placer era el bien supremo. Hasta ahí todo razonable. El problema es que Hegesías llevó la idea a una conclusión devastadora: si el placer perfecto es imposible y la felicidad duradera no existe, entonces la vida se convierte en una sucesión de molestias interrumpidas ocasionalmente por pequeños alivios.

No exactamente un discurso motivacional.

La historia cuenta que era conocido como “Peisithanatos”, algo así como "el persuasor de la muerte". Sus conferencias alcanzaron tal fama que el rey Ptolomeo II terminó prohibiéndole enseñar en Alejandría. Quizás sea una exageración de los cronistas antiguos. Los historiadores modernos desconfían de esas anécdotas. Pero incluso si el episodio es legendario, revela algo interesante: ya en la Antigüedad existía el temor a las ideas que cuestionaban el optimismo obligatorio.

Mientras revolvía un café mediocre pensé que Hegesías habría disfrutado bastante de nuestra época.

Vivimos rodeados de discursos sobre la felicidad. Libros que prometen plenitud en siete pasos. Aplicaciones para monitorear el estado de ánimo. Conferencistas que convierten la autoestima en una industria. Influencers que parecen haber alcanzado una armonía espiritual tan perfecta que uno sospecha que alguien les paga por sonreír.

Frente a todo eso, Hegesías aparece como un saboteador.

No promete éxito. No promete realización. Ni siquiera promete esperanza.

Simplemente observa que el dolor suele ser más persistente que el placer y que las expectativas humanas tienen una notable capacidad para frustrarse.

Lo curioso es que, dos mil trescientos años después, su voz no suena tan extraña.

Seguimos persiguiendo una felicidad estable que se aleja cada vez que creemos alcanzarla. Cambian los escenarios: antes eran los puertos del Mediterráneo; hoy son las redes sociales. Pero el mecanismo parece idéntico. Deseamos algo, lo obtenemos, nos acostumbramos y volvemos a desear otra cosa.

Hegesías habría reconocido el ciclo inmediatamente. Quizás por eso resulta incómodo. No porque tenga razón, sino porque señala una fisura que preferimos ignorar.

Y hay algo todavía más extraño. Nadie le escribió poemas a Hegesías. Al menos no que hayan sobrevivido.

Los poetas suelen enamorarse de otras cosas: del amor, de la muerte, de la patria, de los dioses, incluso de la desesperación cuando esta viene envuelta en cierta belleza. Pero Hegesías eligió un territorio menos seductor: la sospecha de que la felicidad es apenas una pausa entre dos molestias.

Dos mil trescientos años después, la historia parece haberle reservado una ironía digna de Borges.

Sus libros desaparecieron. Sus discípulos se esfumaron. Su voz quedó reducida a unas pocas referencias dispersas en textos ajenos. Como si el tiempo hubiera decidido demostrar experimentalmente una de sus tesis favoritas: nada permanece. Sin embargo, Hegesías sigue ahí. No en las bibliotecas sino en los márgenes.

No en los poemas sino en ciertas noches.

Aparece cuando alguien descubre que el trabajo soñado era apenas otro trabajo. Cuando el objeto deseado pierde su brillo pocos días después de haber sido comprado. Cuando una meta alcanzada produce menos alegría de la prometida. Cuando el entusiasmo inicial se evapora y deja al descubierto la vieja maquinaria de las expectativas humanas.

Hay filósofos que construyen catedrales intelectuales. Hegesías apenas dejó unas ruinas y algunas referencias dispersas. Sin embargo, cada tanto vuelve a aparecer, como un fantasma antiguo, para recordarnos que la felicidad permanente puede ser una de las ficciones más exitosas de la historia.

Y tal vez por eso nadie le escribió poemas. Porque los poemas suelen celebrar una ilusión. Hegesías, en cambio, dedicó su vida a desmontarlas. Y que tal vez el problema no sea que no encontramos la felicidad. Tal vez el problema sea haber creído que existía.

 

 

Hegesías de Cirene se ríe del amor en Barrio Parque

 

Te dejo con mi despedida.

Podría parecerte una ofensa,

una piedra lanzada desde lejos,

una lapidación tardía,

o la sombra de Ofelia,

aquella que Rimbaud imaginó

flotando entre lirios y nenúfares

como un sueño abandonado por el río.

 

Te dejo con mi despedida

y podría depositar en tus manos

el cuervo de Poe,

no como presagio,

sino como la obstinación de un recuerdo

que se niega a morir.

 

Podría envolver tu nombre

en una mortaja de luna llena

y dejarlo vagar por las calles húmedas de París,

brillando en la noche

como una moneda recién acuñada,

según Baudelaire.

 

Te dejo con mi despedida

y debería estar cerrando un ciclo.

 

Pero me ocurre lo que a Rilke:

vivo mi vida en círculos que se abren

sobre las cosas.

Ignoro si alcanzaré el último.

Ignoro incluso si existe.

Aun así,

quiero intentar salir de este.

 

Mientras tanto,

Barrio Parque continúa indiferente.

Los árboles siguen proyectando sombras

sobre las veredas.

Los perros arrastran a sus dueños

hacia ninguna parte.

Las ventanas se encienden al anochecer

como si cada casa guardara

una historia distinta de la nuestra.

 

Nada se detiene.

 

Ninguna de nuestras tragedias privadas

altera la geometría de las calles.

Podría brindar por nuestra ruina,

pero el vino se ha vuelto agrio.

Entonces recuerdo a Mallarmé,

al fauno que persigue una embriaguez imposible,

alzando un racimo de uvas hacia el cielo

como quien busca en el placer

una forma elegante de escapar.

 

Podría cubrir con una ruana negra

los días que cincelamos juntos,

aquellas jornadas en las que nos creíamos Fidias,

levantando un Partenón de instantes,

convencidos de que la belleza

era suficiente defensa contra el tiempo.

 

Pero las obras permanecen.

Los arquitectos no.

 

Y aun así,

cuando pienso en vos,

aparece Tristan Corbière.

 

Su ironía.

Su tristeza.

Su manera de convertir la herida

en una forma de respiración.

 

Hay algo de eso en nosotros:

una melancolía que aprendió a disfrazarse

de inteligencia,

de sarcasmo,

de indiferencia.

 

Y ya no tengo palabras para ofrecerte.

 

Ni promesas.

 

Ni explicaciones.

 

Solo este silencio obstinado,

un rostro fatigado por los reproches,

una mirada que insiste en volver

sobre aquello que debería olvidar.

 

Permanezco encerrado

en mi pequeño palacio mental,

clasificando recuerdos

como un Holmes derrotado,

ordenando pruebas de un crimen

que jamás podrá resolverse.

 

Y en ese archivo imposible

tus discursos siguen colgando

como los condenados de Goitia,

resuenan como el Réquiem de Mozart,

arden como una vieja canción de Lacrimosa

escuchada demasiado tarde.

 

Barrio Parque sigue ahí.

Ajeno a nuestras ruinas.

 

Como si Hegesías tuviera razón

y el amor fuera apenas otra ilusión

destinada a confundirse con el polvo.

 

Te dejo con mi despedida.

Te dejo un whisky,

algunos poemas que todavía sobreviven a la memoria

y estas lágrimas,

las únicas que nunca derramaré por vos.

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