Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías
de Cirene
Hay filósofos que ayudan a vivir. Otros ayudan a pensar.
Y después está Hegesías de Cirene, que aparentemente ayudaba a morirse.
Me acordé de él una tarde cualquiera, sentado en un bar
casi vacío, mientras escuchaba a dos jubilados discutir sobre el precio de los
medicamentos. Uno sostenía que todo tiempo pasado había sido mejor. El otro
afirmaba que nunca había sido bueno, pero al menos antes uno no tenía que hacer
trámites por internet.
Los dos parecían más cerca de Hegesías que de cualquier
economista.
Nacido en Cirene hacia el siglo III antes de Cristo,
Hegesías pertenecía a la escuela cirenaica, fundada por Aristipo, discípulo de
Sócrates. Los cirenaicos sostenían que el placer era el bien supremo. Hasta ahí
todo razonable. El problema es que Hegesías llevó la idea a una conclusión
devastadora: si el placer perfecto es imposible y la felicidad duradera no
existe, entonces la vida se convierte en una sucesión de molestias
interrumpidas ocasionalmente por pequeños alivios.
No exactamente un discurso motivacional.
La historia cuenta que era conocido como “Peisithanatos”,
algo así como "el persuasor de la muerte". Sus conferencias
alcanzaron tal fama que el rey Ptolomeo II terminó prohibiéndole enseñar en
Alejandría. Quizás sea una exageración de los cronistas antiguos. Los
historiadores modernos desconfían de esas anécdotas. Pero incluso si el
episodio es legendario, revela algo interesante: ya en la Antigüedad existía el
temor a las ideas que cuestionaban el optimismo obligatorio.
Mientras revolvía un café mediocre pensé que Hegesías
habría disfrutado bastante de nuestra época.
Vivimos rodeados de discursos sobre la felicidad. Libros
que prometen plenitud en siete pasos. Aplicaciones para monitorear el estado de
ánimo. Conferencistas que convierten la autoestima en una industria.
Influencers que parecen haber alcanzado una armonía espiritual tan perfecta que
uno sospecha que alguien les paga por sonreír.
Frente a todo eso, Hegesías aparece como un saboteador.
No promete éxito. No promete realización. Ni siquiera
promete esperanza.
Simplemente observa que el dolor suele ser más
persistente que el placer y que las expectativas humanas tienen una notable
capacidad para frustrarse.
Lo curioso es que, dos mil trescientos años después, su
voz no suena tan extraña.
Seguimos persiguiendo una felicidad estable que se aleja
cada vez que creemos alcanzarla. Cambian los escenarios: antes eran los puertos
del Mediterráneo; hoy son las redes sociales. Pero el mecanismo parece
idéntico. Deseamos algo, lo obtenemos, nos acostumbramos y volvemos a desear
otra cosa.
Hegesías habría reconocido el ciclo inmediatamente. Quizás
por eso resulta incómodo. No porque tenga razón, sino porque señala una fisura
que preferimos ignorar.
Y hay algo todavía más extraño. Nadie le escribió poemas
a Hegesías. Al menos no que hayan sobrevivido.
Los poetas suelen enamorarse de otras cosas: del amor, de
la muerte, de la patria, de los dioses, incluso de la desesperación cuando esta
viene envuelta en cierta belleza. Pero Hegesías eligió un territorio menos
seductor: la sospecha de que la felicidad es apenas una pausa entre dos
molestias.
Dos mil trescientos años después, la historia parece
haberle reservado una ironía digna de Borges.
Sus libros desaparecieron. Sus discípulos se esfumaron. Su
voz quedó reducida a unas pocas referencias dispersas en textos ajenos. Como si
el tiempo hubiera decidido demostrar experimentalmente una de sus tesis
favoritas: nada permanece. Sin embargo, Hegesías sigue ahí. No en las
bibliotecas sino en los márgenes.
No en los poemas sino en ciertas noches.
Aparece cuando alguien descubre que el trabajo soñado era
apenas otro trabajo. Cuando el objeto deseado pierde su brillo pocos días
después de haber sido comprado. Cuando una meta alcanzada produce menos alegría
de la prometida. Cuando el entusiasmo inicial se evapora y deja al descubierto
la vieja maquinaria de las expectativas humanas.
Hay filósofos que construyen catedrales intelectuales.
Hegesías apenas dejó unas ruinas y algunas referencias dispersas. Sin embargo,
cada tanto vuelve a aparecer, como un fantasma antiguo, para recordarnos que la
felicidad permanente puede ser una de las ficciones más exitosas de la
historia.
Y tal vez por eso nadie le escribió poemas. Porque los
poemas suelen celebrar una ilusión. Hegesías, en cambio, dedicó su vida a
desmontarlas. Y que tal vez el problema no sea que no encontramos la felicidad.
Tal vez el problema sea haber creído que existía.
Hegesías de Cirene se ríe del amor en Barrio Parque
Te dejo con mi despedida.
Podría parecerte una ofensa,
una piedra lanzada desde lejos,
una lapidación tardía,
o la sombra de Ofelia,
aquella que Rimbaud imaginó
flotando entre lirios y nenúfares
como un sueño abandonado por el río.
Te dejo con mi despedida
y podría depositar en tus manos
el cuervo de Poe,
no como presagio,
sino como la obstinación de un recuerdo
que se niega a morir.
Podría envolver tu nombre
en una mortaja de luna llena
y dejarlo vagar por las calles húmedas de París,
brillando en la noche
como una moneda recién acuñada,
según Baudelaire.
Te dejo con mi despedida
y debería estar cerrando un ciclo.
Pero me ocurre lo que a Rilke:
vivo mi vida en círculos que se abren
sobre las cosas.
Ignoro si alcanzaré el último.
Ignoro incluso si existe.
Aun así,
quiero intentar salir de este.
Mientras tanto,
Barrio Parque continúa indiferente.
Los árboles siguen proyectando sombras
sobre las veredas.
Los perros arrastran a sus dueños
hacia ninguna parte.
Las ventanas se encienden al anochecer
como si cada casa guardara
una historia distinta de la nuestra.
Nada se detiene.
Ninguna de nuestras tragedias privadas
altera la geometría de las calles.
Podría brindar por nuestra ruina,
pero el vino se ha vuelto agrio.
Entonces recuerdo a Mallarmé,
al fauno que persigue una embriaguez imposible,
alzando un racimo de uvas hacia el cielo
como quien busca en el placer
una forma elegante de escapar.
Podría cubrir con una ruana negra
los días que cincelamos juntos,
aquellas jornadas en las que nos creíamos Fidias,
levantando un Partenón de instantes,
convencidos de que la belleza
era suficiente defensa contra el tiempo.
Pero las obras permanecen.
Los arquitectos no.
Y aun así,
cuando pienso en vos,
aparece Tristan Corbière.
Su ironía.
Su tristeza.
Su manera de convertir la herida
en una forma de respiración.
Hay algo de eso en nosotros:
una melancolía que aprendió a disfrazarse
de inteligencia,
de sarcasmo,
de indiferencia.
Y ya no tengo palabras para ofrecerte.
Ni promesas.
Ni explicaciones.
Solo este silencio obstinado,
un rostro fatigado por los reproches,
una mirada que insiste en volver
sobre aquello que debería olvidar.
Permanezco encerrado
en mi pequeño palacio mental,
clasificando recuerdos
como un Holmes derrotado,
ordenando pruebas de un crimen
que jamás podrá resolverse.
Y en ese archivo imposible
tus discursos siguen colgando
como los condenados de Goitia,
resuenan como el Réquiem de Mozart,
arden como una vieja canción de Lacrimosa
escuchada demasiado tarde.
Barrio Parque sigue ahí.
Ajeno a nuestras ruinas.
Como si Hegesías tuviera razón
y el amor fuera apenas otra ilusión
destinada a confundirse con el polvo.
Te dejo con mi despedida.
Te dejo un whisky,
algunos poemas que todavía sobreviven a la memoria
y estas lágrimas,
las únicas que nunca derramaré por vos.

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