La tristeza de los domingos por la tarde empieza como
empiezan los laberintos: sin que uno advierta dónde entró. Primero es una leve
alteración de la luz. Después una sospecha. Luego una metafísica.
Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, lo vio
en Tabaquería cuando descubrió que una simple tabaquería podía abrir un agujero
en la realidad.
Emil Cioran le puso veneno a esa revelación.
David Foster Wallace le dio forma neurológica.
Mark Fisher le dio atmósfera histórica.
Y faltaba uno.
Siempre Jorge Luis Borges, mi padre putativo.
Porque Borges entendió que la metafísica es, en el fondo,
literatura fantástica escrita con tono serio. Y acaso también una forma
sofisticada de ansiedad. En El Aleph está esa intuición insoportable: que todo
puede estar contenido en un solo punto. Demasiado mundo en una sola mirada. Eso
también es ataque de pánico. En La biblioteca de Babel vio otra cosa: que el
universo puede ser una maquinaria infinita de sentido y ruido.
¿No es eso una mente obsesiva un domingo? Una biblioteca
que no se apaga.
Por eso mis repeticiones —las mismas veredas, los mismos
libros, las mismas películas, la misma caja del supermercado— empiezan a
parecer menos manías que liturgias.
Rituales para atravesar el laberinto. Borges decía que
acaso nuestra vida es una cita.
Yo sospecho que mis domingos son una glosa a Pessoa
comentada por Cioran con música de Black Sabbath. Y entonces esa remera que
dice “METAFÍSICA” como si fuera Metallica adquiere una gravedad absurda. No es
un chiste: es una tesis.
Porque pensar también puede ser pesado.
El riff comienza con Parménides diciendo que el ser es.
La batería entra con Heráclito incendiando todo.
Sócrates improvisa solos a fuerza de preguntas.
Platón arma conceptos como quien levanta catedrales.
Y uno sale a la calle con eso en el pecho como quien
lleva una secta portátil.
No dice “soy culto”. Dice algo mejor: podemos hablar de
ontología después del pogo.
Ya no es humor. Es heráldica. Parménides en bajo.
Heráclito incendiando la batería.
Sócrates en voz. Pessoa y Borges haciendo letras. Cioran
gruñendo nihilismo. David Foster Wallace en solos interminables de conciencia.
Mark Fisher mezclando ecos de futuros perdidos. Una banda imposible. Mi banda.
Porque acaso todos ellos escribieron la misma canción: cómo vivir sabiendo
demasiado.
Wallace lo intuía. El problema no es sufrir. Es ser
consciente del sufrimiento mientras uno se observa sufrir. Eso es barroco. Eso
es Foster Wallace. Eso es domingo.
Fisher añadió algo devastador: hay nostalgias de cosas
que nunca existieron. Futuros perdidos.
Yo creo que la tristeza dominical a veces es eso: duelo
por una vida no vivida. Una nostalgia extraña por futuros que nunca llegaron a
existir.
Y Borges, desde alguna biblioteca imposible, deja caer
otra sombra: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede
cometer. No he sido feliz." Qué línea brutal. Qué domingo cabe entero ahí.
Pero todos ellos —Pessoa, Cioran, Wallace, Fisher, Borges— hicieron con el
abismo lo único digno: lo volvieron forma. Lo volvieron estilo. Lo
volvieron música. Como el metal. Como la metafísica. Como esa camiseta negra. Razono
que lo que realmente lleva estampado no es METAFÍSICA. Dice otra cosa: He hecho
de mis obsesiones una arquitectura para no caer. Y eso, si Borges tuviera
sentido del humor —que lo tenía— probablemente llamaría una secta.
Yo la llamaría hogar.
José Luis Colombini

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