Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

 

La historia parece salida de uno de esos relatos donde Jorge Luis Borges mezclaba lo absurdo con lo inevitable. Sin embargo ocurrió de verdad. No hubo laberintos, ni bibliotecas infinitas, ni cuchilleros del arrabal. Hubo algo mucho más sencillo: un beso.

Corría 1944. La Argentina vivía bajo el clima áspero y vigilante que había dejado el golpe militar de 1943. Las calles estaban llenas de uniformes, de controles y de una moral pública que pretendía regular incluso los gestos más íntimos. En ese escenario caminaban juntos Jorge Luis Borges y Estela Canto.

Podría haber sido una tarde cualquiera de Buenos Aires. Tal vez una conversación sobre literatura, sobre algún libro recién descubierto o sobre esos temas que los unían y los separaban al mismo tiempo. Borges tenía cuarenta y cinco años. Ya era un escritor respetado, aunque todavía estaba lejos de convertirse en el mito universal que hoy conocemos. Estela tenía veintiocho. Era inteligente, independiente, moderna para su tiempo. Fumaba, discutía de política, frecuentaba círculos intelectuales y se movía por la vida con una libertad que descolocaba a muchos hombres de su generación.

La atracción entre ellos era intensa y contradictoria. Borges admiraba profundamente a Estela. Ella encontraba fascinante su inteligencia, aunque nunca terminó de corresponderle del modo en que él deseaba. Entre ambos se desarrolló una relación hecha de encuentros, desencuentros, cartas, ilusiones y frustraciones.

Aquella noche, o aquella tarde —según las distintas versiones que circularon después—, ocurrió algo tan simple que hoy parece imposible imaginar sus consecuencias. Se besaron en un espacio público.

Un policía observó la escena.

Lo que para cualquier pareja habría sido un gesto cotidiano fue interpretado como una falta contra la moral. El agente decidió intervenir. Borges y Estela fueron detenidos y trasladados a una comisaría.

La imagen tiene algo de irreal.

Cuesta imaginar a Borges, siempre correcto, siempre educado, sentado en una dependencia policial acusado de algo tan elemental como besar a una mujer. Resulta todavía más extraño pensar que el autor que exploraba los infinitos del tiempo y del universo estuviera obligado a dar explicaciones por un acto de afecto.

Estela contó años después la anécdota con una mezcla de ironía y asombro. Fueron retenidos durante algunas horas y luego liberados. No hubo mayores consecuencias. Sin embargo, el episodio quedó grabado como una pequeña muestra del clima represivo de la época.

También revela algo que suele perderse detrás del monumento literario.

Con frecuencia hablamos de Borges como si hubiera nacido convertido en estatua. Como si siempre hubiera sido el anciano sabio de bastón y voz pausada que aparece en los documentales. Pero antes de convertirse en leyenda fue un hombre lleno de inseguridades, de deseos y de temores. Un hombre que se enamoró.

Y pocas personas encarnan mejor ese amor imposible que Estela Canto.

Borges le propuso matrimonio varias veces. Ella nunca aceptó. Lo quería, lo admiraba, disfrutaba de su compañía, pero no estaba dispuesta a asumir el papel que él imaginaba para ella. La relación avanzó y retrocedió durante años, siempre marcada por una tensión que nunca terminó de resolverse.

Quizás por eso dejó una huella tan profunda.

Cuando Borges publicó “El Aleph” en 1949, dedicó el libro a Estela. No era un gesto menor. Muchos estudiosos consideran que detrás de algunas de las emociones más intensas de esa obra se encuentra la marca de aquella relación. De algún modo, Estela quedó incorporada para siempre al universo borgiano.

Visto desde el presente, el episodio de la detención adquiere una dimensión casi simbólica.

Dos personas caminando por Buenos Aires. Un beso. Un policía. Una comisaría.

Nada más.

Y allí aparece condensada una época entera: la vigilancia moral, la autoridad arbitraria, la dificultad de vivir libremente incluso los sentimientos más simples.

También surge otra cosa. El Borges de carne y hueso. No el escritor consagrado ni el intelectual reverenciado en universidades de todo el mundo. Sino el hombre que una vez desafió, aunque fuera por unos segundos, su propia timidez. El hombre que se inclinó para besar a la mujer que amaba. Y que terminó compartiendo una breve estadía en una celda no por una idea revolucionaria, ni por un manifiesto político, ni por alguno de sus libros, sino por algo mucho más humano.

Por un beso.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter