Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un
beso
La historia parece salida de uno de esos relatos donde Jorge Luis Borges mezclaba lo absurdo con lo inevitable. Sin embargo ocurrió de verdad. No hubo laberintos, ni bibliotecas infinitas, ni cuchilleros del arrabal. Hubo algo mucho más sencillo: un beso.
Corría 1944. La Argentina vivía bajo el clima áspero y
vigilante que había dejado el golpe militar de 1943. Las calles estaban llenas
de uniformes, de controles y de una moral pública que pretendía regular incluso
los gestos más íntimos. En ese escenario caminaban juntos Jorge Luis Borges y
Estela Canto.
Podría haber sido una tarde cualquiera de Buenos Aires.
Tal vez una conversación sobre literatura, sobre algún libro recién descubierto
o sobre esos temas que los unían y los separaban al mismo tiempo. Borges tenía
cuarenta y cinco años. Ya era un escritor respetado, aunque todavía estaba
lejos de convertirse en el mito universal que hoy conocemos. Estela tenía
veintiocho. Era inteligente, independiente, moderna para su tiempo. Fumaba,
discutía de política, frecuentaba círculos intelectuales y se movía por la vida
con una libertad que descolocaba a muchos hombres de su generación.
La atracción entre ellos era intensa y contradictoria.
Borges admiraba profundamente a Estela. Ella encontraba fascinante su
inteligencia, aunque nunca terminó de corresponderle del modo en que él
deseaba. Entre ambos se desarrolló una relación hecha de encuentros,
desencuentros, cartas, ilusiones y frustraciones.
Aquella noche, o aquella tarde —según las distintas
versiones que circularon después—, ocurrió algo tan simple que hoy parece
imposible imaginar sus consecuencias. Se besaron en un espacio público.
Un policía observó la escena.
Lo que para cualquier pareja habría sido un gesto
cotidiano fue interpretado como una falta contra la moral. El agente decidió
intervenir. Borges y Estela fueron detenidos y trasladados a una comisaría.
La imagen tiene algo de irreal.
Cuesta imaginar a Borges, siempre correcto, siempre
educado, sentado en una dependencia policial acusado de algo tan elemental como
besar a una mujer. Resulta todavía más extraño pensar que el autor que
exploraba los infinitos del tiempo y del universo estuviera obligado a dar
explicaciones por un acto de afecto.
Estela contó años después la anécdota con una mezcla de
ironía y asombro. Fueron retenidos durante algunas horas y luego liberados. No
hubo mayores consecuencias. Sin embargo, el episodio quedó grabado como una
pequeña muestra del clima represivo de la época.
También revela algo que suele perderse detrás del
monumento literario.
Con frecuencia hablamos de Borges como si hubiera nacido
convertido en estatua. Como si siempre hubiera sido el anciano sabio de bastón
y voz pausada que aparece en los documentales. Pero antes de convertirse en
leyenda fue un hombre lleno de inseguridades, de deseos y de temores. Un hombre
que se enamoró.
Y pocas personas encarnan mejor ese amor imposible que
Estela Canto.
Borges le propuso matrimonio varias veces. Ella nunca
aceptó. Lo quería, lo admiraba, disfrutaba de su compañía, pero no estaba
dispuesta a asumir el papel que él imaginaba para ella. La relación avanzó y
retrocedió durante años, siempre marcada por una tensión que nunca terminó de
resolverse.
Quizás por eso dejó una huella tan profunda.
Cuando Borges publicó “El Aleph” en 1949, dedicó el libro
a Estela. No era un gesto menor. Muchos estudiosos consideran que detrás de
algunas de las emociones más intensas de esa obra se encuentra la marca de
aquella relación. De algún modo, Estela quedó incorporada para siempre al
universo borgiano.
Visto desde el presente, el episodio de la detención
adquiere una dimensión casi simbólica.
Dos personas caminando por Buenos Aires. Un beso. Un
policía. Una comisaría.
Nada más.
Y allí aparece condensada una época entera: la vigilancia
moral, la autoridad arbitraria, la dificultad de vivir libremente incluso los
sentimientos más simples.
También surge otra cosa. El Borges de carne y hueso. No
el escritor consagrado ni el intelectual reverenciado en universidades de todo
el mundo. Sino el hombre que una vez desafió, aunque fuera por unos segundos,
su propia timidez. El hombre que se inclinó para besar a la mujer que amaba. Y
que terminó compartiendo una breve estadía en una celda no por una idea
revolucionaria, ni por un manifiesto político, ni por alguno de sus libros,
sino por algo mucho más humano.
Por un beso.

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