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El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza


 

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza

 

Hoy es el Día del Orgullo Friki y durante años pensé que esa fecha hablaba de otra gente. Imaginaba capas, convenciones, colecciones gigantes, nombres de personajes que alguien recita de memoria. Nunca pensé demasiado en mí. Pero a veces uno tarda años en darse cuenta de que habitó un territorio antes de aprender cómo se llamaba.

En la escuela yo era el nerd. El raro. También tenía otro apodo: "el misterioso". Supongo que porque hablaba poco, porque pasaba demasiado tiempo leyendo o porque mientras otros parecían encontrar una manera natural de mezclarse entre grupos y conversaciones, yo funcionaba distinto. Me quedaba al margen. Observando. Como si hubiese llegado a un lugar donde todos habían recibido un manual de instrucciones y el mío se hubiese perdido en el camino.

Nunca fui bueno socializando. Tampoco ahora.

Y no es que prefiera la soledad como quien elige un paisaje. Hay algo más extraño: me gusta la vida real, incluso soy bastante anticuado para muchas cosas. Prefiero un libro de papel antes que una pantalla, una conversación verdadera antes que una cadena infinita de mensajes. Pero al mismo tiempo las personas me resultan difíciles. Me siento torpe con ellas. Vulnerable. Como si siempre estuviera llegando unos segundos tarde a una escena que los demás ya entendieron.

Nunca tuve ambiciones grandiosas ni sueños de conquistar nada. Mis deseos siempre fueron más modestos: libros, historias, palabras. Puede parecer poco. Para mí nunca lo fue. Siempre quise que mi vida estuviera hecha de aquello que amo.

Mis relaciones sociales son bastante limitadas y hay algo que nunca aprendí bien: demostrar interés por alguien. Me cuesta. A veces alguien me importa mucho y por fuera parezco distante, frío o ausente. Como si mi forma de querer estuviera escrita en un idioma extraño que los demás no alcanzan a leer. Eso me trajo conflictos, malos entendidos y personas que seguramente pensaron que no me importaban cuando ocurría exactamente lo contrario.

También tengo intereses extraños y repetitivos.

Leo los mismos libros. Veo las mismas películas. Escucho las mismas canciones.

Conocer los finales me tranquiliza. Saber qué viene después me hace sentir seguro. Tal vez porque el mundo ya tiene suficiente incertidumbre por sí solo.

Soy torpe con las manos. Con los movimientos. Mi cuerpo a veces parece responder unos segundos después que mi cabeza. Nunca fui demasiado coordinado. Pero lo compenso con otra cosa: tengo una memoria absurda para cosas que probablemente a nadie más le importan.

Puedo recordar diálogos completos de películas, formaciones de bandas de rock, escenas perdidas de libros, actores secundarios, nombres, fechas y datos inútiles que para mí tienen un peso enorme y para el resto parecen objetos olvidados en un cajón.

También mantengo rutinas pequeñas, casi invisibles.

Camino por las mismas veredas. Compro en los mismos negocios. En el supermercado paso por la misma caja. Y cuando algo cambia —aunque sea una mínima cosa— siento una especie de ruido interno difícil de explicar. Como si alguien hubiera movido los muebles de una casa que conozco de memoria.

Durante mucho tiempo pensé que había algo equivocado en mí.

Después entendí otra cosa.

Que quizás el Día del Orgullo Friki nunca tuvo que ver solamente con películas, personajes o colecciones. Tal vez sea una fecha para quienes crecieron sintiéndose fuera de frecuencia. Para los que pasaron años creyendo que estaban mal ensamblados porque su forma de habitar el mundo no coincidía con la de los demás.

Porque al final el orgullo nunca estuvo en ser diferente.

El orgullo estuvo en sobrevivir sin abandonar aquello que uno ama.

Y yo, entre libros gastados, canciones repetidas y mundos imaginarios, todavía sigo intentando hacer exactamente eso.

Tal vez por eso mi casa terminó pareciéndose un poco a mi cabeza: libros acumulados, historias repetidas, personajes perdidos entre estantes, discos, películas y pequeños objetos que para casi nadie significan demasiado. Algunos lo llamarían desorden o rareza. Yo creo que simplemente es la forma que encontró mi mundo para volverse visible.



Jose Luis Colombini

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