El amor, qué cosa es el amor. Qué patraña
siniestra o qué milagro menor. Qué desazón o qué belleza. Porque hablar de amor
es hablar de demasiadas cosas al mismo tiempo: de abrazos y olvidos, de
traiciones y esperas, de celos, de obsesiones y de esa costumbre humana de
creer que alguien puede salvarnos de nosotros mismos.
Los enamorados probablemente disentirán
conmigo y tampoco tendría cómo discutirles. Ellos viven en ese estado de
embobamiento existencial donde todo parece funcionar con leyes distintas. Los
que hayan sufrido el amor, en cambio, quizás simpaticen conmigo y asientan la
cabeza en silencio.
Hablaré de mí. Tipo diario íntimo. Como
quien vacía bolsillos viejos o vomita algunos venenos que todavía siguen
haciendo ruido por dentro.
Yo no creía en el amor y eso probablemente
tenga que ver con mi historia personal. Mi Tía María Angustias —ya sé, el
nombre parecía venir con una condena incorporada— desde chico me repetía:
—Al mundo se viene a sufrir; esto es un
valle de lágrimas.
Y yo la escuchaba.
También cantaba algo así como: “el amor, el
amor, el amor, cuántas mentiras se dicen por amor”, y mientras me cuidaba me
explicaba que enamorarse era peligroso. Decía que el amor era un estado de la
mente y que no me enamorara nunca porque lo único que conseguiría sería que me
extirparan el corazón en una operación dolorosa, sin anestesia, y que esa
herida después nunca dejaría de sangrar.
La Tía me mostraba ejemplos.
—Mirá a tu prima Analía.
Y ahí estaba ella: enamorada de uno, amante
de otro, esperando llamados telefónicos como quien espera un milagro. Una tarde
la escuché decir “Te amo”. Me quedó grabado. Sonó tan artificial como el aroma
montaña de esos aerosoles para ambientes.
Fui creciendo y desconfiando cada vez más
del amor. Me refugié en los autores que me gustaban. Enrique Symns escribió que
el amor es una carta que las miradas jamás escriben. Pizarnik decía que las
palabras no hacen el amor; hacen la ausencia. Y Dolina fue todavía más cruel:
amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
Uno va encontrando frases ajenas para
explicar sus propias ruinas.
Una novia adolescente, que tuvo la mala
suerte de padecerme, una vez me gritó:
—Sos un desamorado.
Y curiosamente me gustó esa palabra.
Después otra persona, que muchas veces me
entendió y me ayudó, terminó diciéndome que el amor en mis labios era apenas
una palabra vulgar.
Quizás tenían razón.
Porque nunca pude definir el amor. Los
sentimientos son demasiado abstractos para meterlos dentro de una etiqueta.
Además fui hijo único. Nunca aprendí demasiado sobre la falta. Tal vez uno
aprende ciertas cosas cuando entiende qué significa perderlas.
Roberto Bolaño escribió: “Se puede
conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un
poema, vaya ni siquiera con un movimiento literario.”
Y tiene razón.
Nuestra relación con las personas suele
parecerse a una foto movida: uno cree que estaba enfocando algo y cuando revela
la imagen descubre otra cosa.
También dicen que amar es más cuidar que
amar. Yo nunca pude cuidarme demasiado a mí mismo; entonces amar me resultó una
tarea complicada.
Porque ese es el error: querer poseer lo
que amamos. Incluso la palabra conquistar tiene algo de invasión antigua, de
adelantado clavando una bandera en una tierra que ya tenía habitantes.
En mi adolescencia ya había abandonado
sueños de arqueólogo, Troya y otras expediciones imposibles. Solo sabía dos
cosas: quería escribir y estaba enamorado de la literatura.
Eso sí fue un amor duradero.
Con mi Tía María Angustias hablábamos de
libros y de la vida. Mucho después entendí que ella también hablaba desde sus
heridas. Tres meses antes de casarse, el hombre que amaba le dijo algo parecido
a: “necesito un tiempo”.
Las tragedias suelen venir envueltas en
frases estúpidas y en mentiras d eno como crees, no me pasa nada y se van
alejando.
Escribí poemas malos, poemas decentes y
poemas que mis amigos fingían admirar. Crecí. Perdí personas. Perdí certezas.
Y hoy, que mi Tía ya no está, encuentro
cierta calma robándole sueños a los enamorados y pensando que quizás el amor no
sea más que esto: una palabra que dos labios destejen al mismo tiempo.
El amor
El amor es una palabra
que otro corazón escucha.
Donde el silencio se hace latido.
Donde la noche quiebra las voces.
Donde el tiempo agudiza los sentidos.
Donde el agua sacia la sed de los cuerpos.
Donde los ojos tragan miradas.
Donde la boca devora besos.
Donde la nariz aspira silencios.
Donde la piel deshace la noche.
El amor es una palabra
que dos labios destejen
al mismo tiempo.
Jose Luis Colombini
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