Tabletas
Llegué sin saber por qué, como se llega a los lugares
donde algo ya se está muriendo pero todavía respira fuerte para disimular.
Setenta y cinco años del club del barrio y lo festejaban como si el tiempo no
hubiera pasado, como si no se notara en las paredes, en los cuerpos, en los
gestos.
La kermés era un organismo vivo y sudoroso. Un animal
viejo con maquillaje barato. Las señoras desfilaban como si alguien las
estuviera mirando de verdad: zapatos nuevos de liquidación, bijouterie que
brillaba con una dignidad trucha, labios rojos como una alarma de incendio que
nadie atiende. Los escotes luchaban contra la gravedad y contra la historia.
Los culos, aplastados por décadas de resignación, ya no pedían nada.
Los hombres eran otra cosa: sobrevivientes. Trajes que
habían conocido tiempos mejores —o al menos menos crueles— y pantalones que se
habían rendido antes de llegar al zapato. La combinación letal: pantalón azul,
media roja, dignidad en retirada.
Caminé entre los puestos como un corresponsal de guerra
en territorio perdido. Todo era síntoma. La ruleta donde se apostaba con
caramelos Mu Mu: economía de posguerra. El tumbagatos con latas de aceite
recicladas: puntería contra la miseria. Un metegol con jugadores descoloridos,
mutilados por el tiempo, y una pelota que era un bollo de papel: fútbol de
emergencia, fútbol de resistencia.
Probé tirar en el tumbagatos. Fracasé con una precisión
quirúrgica. Ni una lata. Ni una ilusión. Nada.
Más allá, las aspirantes a reina vendían números con una
fe que no cotiza en ninguna bolsa. Democracia estética en ruinas: los pibes, ya
medio en pedo, resolvían el asunto comprándole todos los números a la candidata
más fea. Una forma de justicia torcida, o de crueldad disfrazada de gesto
noble. Difícil saberlo.
Entonces apareció el recuerdo. No como nostalgia, sino
como un golpe bajo: las tabletas. Azúcar comprimida en forma de infancia. Me
acerqué al puesto con la devoción de un adicto. Pero adelante mío, una mujer y
su hija estaban ejecutando una masacre silenciosa: compraron todo. Dos docenas.
Liquidación total de la memoria.
Y ahí, en ese instante mínimo, decidí actuar. O más bien,
hablar. Porque el lenguaje es lo único que todavía me obedece.
—Eh, señora, no se lleve todas las tabletas.
Lo dije con una sonrisa, como si el mundo fuera un lugar
amable. Error de cálculo.
La mujer me miró como se mira a un perro que se acerca
demasiado. Frío, limpio, sin culpa. Después giró hacia la hija, como quien da
una orden doméstica, rutinaria, casi higiénica:
—Dale una tableta a ese muerto de hambre.
Y así fue como recibí mi ración. Una sola. La limosna
dulce de una kermés en decadencia. La prueba tangible de que no hay infancia
que sobreviva intacta al paso del tiempo, ni siquiera en forma de azúcar.
La comí igual.
Porque en el fondo uno siempre come. Aunque sepa
exactamente qué está tragando.

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