INSTRUCCIONES PARA NAVEGAR POR CRONICAS DEL DESVELO

Bienvenido. Este blog llamado Crónicas del desvelo (https://elgatodelespejo.blogspot.com/) contiene muchos más materiales de los que aparecen en la pantalla inicial. Al ingresar, verá las siete publicaciones más recientes. Cuando llegue al final de la página, encontrará la opción “ENTRADAS ANTIGUAS”. Al hacer clic allí accederá a cinco publicaciones anteriores. Puede repetir este procedimiento sucesivamente hasta llegar a los primeros textos publicados en el blog. En la barra lateral izquierda encontrará el menú “Habitaciones conectadas” (Etiquetas), donde están organizadas las distintas categorías. Si desea leer poemas o textos de una categoría o etiqueta determinada, simplemente haga clic sobre ella. Se abrirán todas las publicaciones relacionadas con esa etiqueta. Si no aparecen todas en una sola página, al final encontrará nuevamente las opciones “ENTRADAS MÁS RECIENTES”, “PÁGINA PRINCIPAL” y “ENTRADAS ANTIGUAS”. Haciendo clic en “ENTRADAS ANTIGUAS” podrá seguir explorando más contenidos vinculados a ese tema. También dispone de un “BUSCADOR”. Allí puede escribir el nombre de un tema, un texto, un verso o una crónica. El blog le mostrará todas las publicaciones relacionadas con su búsqueda. Debajo del buscador encontrará el menú “Mapa de crónicas” . Allí se muestran los títulos de las publicaciones del mes en curso y un listado de meses anteriores. Al hacer clic sobre un mes podrá ver las entradas publicadas durante ese período y acceder a ellas. De esta manera podrá recorrer el blog año por año y mes por mes. Si lo desea, puede dejar sus comentarios al final de cada publicación haciendo clic en “COMENTARIOS”. Este blog se actualiza periódicamente, por lo que siempre podrá encontrar nuevos poemas, crónicas, ensayos, fotografías, videos e imágenes. Gracias por visitar Crónicas del desvelo. Que encuentre aquí alguna palabra que merezca acompañarlo un poco más allá de la pantalla.

Tabletas

Tabletas

 

Llegué sin saber por qué, como se llega a los lugares donde algo ya se está muriendo pero todavía respira fuerte para disimular. Setenta y cinco años del club del barrio y lo festejaban como si el tiempo no hubiera pasado, como si no se notara en las paredes, en los cuerpos, en los gestos.

La kermés era un organismo vivo y sudoroso. Un animal viejo con maquillaje barato. Las señoras desfilaban como si alguien las estuviera mirando de verdad: zapatos nuevos de liquidación, bijouterie que brillaba con una dignidad trucha, labios rojos como una alarma de incendio que nadie atiende. Los escotes luchaban contra la gravedad y contra la historia. Los culos, aplastados por décadas de resignación, ya no pedían nada.

Los hombres eran otra cosa: sobrevivientes. Trajes que habían conocido tiempos mejores —o al menos menos crueles— y pantalones que se habían rendido antes de llegar al zapato. La combinación letal: pantalón azul, media roja, dignidad en retirada.

Caminé entre los puestos como un corresponsal de guerra en territorio perdido. Todo era síntoma. La ruleta donde se apostaba con caramelos Mu Mu: economía de posguerra. El tumbagatos con latas de aceite recicladas: puntería contra la miseria. Un metegol con jugadores descoloridos, mutilados por el tiempo, y una pelota que era un bollo de papel: fútbol de emergencia, fútbol de resistencia.

Probé tirar en el tumbagatos. Fracasé con una precisión quirúrgica. Ni una lata. Ni una ilusión. Nada.

Más allá, las aspirantes a reina vendían números con una fe que no cotiza en ninguna bolsa. Democracia estética en ruinas: los pibes, ya medio en pedo, resolvían el asunto comprándole todos los números a la candidata más fea. Una forma de justicia torcida, o de crueldad disfrazada de gesto noble. Difícil saberlo.

Entonces apareció el recuerdo. No como nostalgia, sino como un golpe bajo: las tabletas. Azúcar comprimida en forma de infancia. Me acerqué al puesto con la devoción de un adicto. Pero adelante mío, una mujer y su hija estaban ejecutando una masacre silenciosa: compraron todo. Dos docenas. Liquidación total de la memoria.

Y ahí, en ese instante mínimo, decidí actuar. O más bien, hablar. Porque el lenguaje es lo único que todavía me obedece.

—Eh, señora, no se lleve todas las tabletas.

Lo dije con una sonrisa, como si el mundo fuera un lugar amable. Error de cálculo.

La mujer me miró como se mira a un perro que se acerca demasiado. Frío, limpio, sin culpa. Después giró hacia la hija, como quien da una orden doméstica, rutinaria, casi higiénica:

—Dale una tableta a ese muerto de hambre.

Y así fue como recibí mi ración. Una sola. La limosna dulce de una kermés en decadencia. La prueba tangible de que no hay infancia que sobreviva intacta al paso del tiempo, ni siquiera en forma de azúcar.

La comí igual.

Porque en el fondo uno siempre come. Aunque sepa exactamente qué está tragando.

 

 José Luis Colombini

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter