Si, soy repetitivo siempre vuelvo a los mismos lugares,
los mismos libros, las mismas pelis. Conocer la trama, el final, me da
seguridad, en especial cuando estoy tensionado.
Porque hay películas, libros, series, discos que no
envejecen: mutan. Se quedan esperando agazapadas hasta que el mundo se parece
lo suficiente a ellas. Y entonces vuelven como una profecía sucia. Así me pasó
viendo Strange Days, aquella película de 1995 dirigida por Kathryn Bigelow y
escrita junto a James Cameron. No sentí que estaba viendo ciencia ficción.
Sentí que estaba viendo las noticias de mañana.
La pregunta aparece temprano y se queda vibrando como una
resaca existencial:
—Si pudieras comprar un recuerdo o un momento, ¿cuál
comprarías?
Y ahí empieza el problema.
Porque uno piensa rápido en un beso que nunca dio. En esa
mujer que se fue antes de escuchar lo que tenía que escuchar. En el abrazo que
no llegó. En el triunfo que nunca mereció, pero igual hubiese querido vivir. O
peor: una vida ajena. Una completamente distinta. Una donde uno no terminó
siendo esto. Una donde no terminó encerrado en una rutina de café frío,
inflación, redes sociales y ansiedad apocalíptica mirando el techo a las tres
de la mañana.
En la película, Lenny Nero —ese traficante decadente
interpretado por Ralph Fiennes— vende recuerdos grabados ilegalmente con un
dispositivo llamado SQUID. Experiencias humanas pirateadas. Vos no mirás el
recuerdo: lo vivís. Sentís el miedo, el vértigo, el orgasmo, la adrenalina.
Como si la memoria se hubiera convertido finalmente en mercancía.
Y pensé: ya estamos ahí. Solo que nuestro SQUID tiene
forma de algoritmo.
Vivimos comprando recuerdos ajenos todo el tiempo.
Scrolleamos vidas que no vivimos. Consumimos viajes, cuerpos, romances, cenas,
paisajes y felicidades editadas por otros. Gente que filma un atardecer no para
contemplarlo sino para demostrar que estuvo ahí. Personas que ya no viven el
momento: lo almacenan como capital simbólico. Como prueba digital de
existencia.
Y mientras tanto el mundo alrededor parece incendiarse
lentamente.
La película transcurre en una Los Ángeles podrida,
paranoica, violenta, al borde del colapso social. Policías corruptos. Racismo.
Crímenes. Saqueos. Fin de siglo. Y sin embargo lo verdaderamente inquietante no
era la violencia: era la sensación de agotamiento espiritual. Esa impresión de
que todos los personajes estaban demasiado cansados para creer en algo.
Exactamente igual que ahora. Porque vivimos rodeados de
discursos sobre el fin. Fin climático. Fin económico. Fin afectivo. Fin
político. Fin cultural. Todo el tiempo alguien anuncia el apocalipsis desde
algún podcast, canal de YouTube o cuenta de X mientras vende suplementos
vitamínicos o cursos de productividad emocional.
Y entonces llega esa frase final de la película, dicha
casi con resignación etílica, mientras explotan fuegos artificiales sobre un
mundo roto: “Todos los años es igual. Nada cambia. Todo es una mierda, ¿no?
Entonces… ¿qué carajos vamos a celebrar?”
Y sin embargo celebramos. Brindamos igual. Nos abrazamos
en Año Nuevo aunque el alquiler nos asfixie. Aunque el país parezca una
discusión eterna entre fantasmas ideológicos. Aunque el futuro se parezca cada
vez más a una habitación mal iluminada de cyberpunk barato.
Quizás porque el ser humano tiene algo profundamente
absurdo y hermoso: incluso al borde del derrumbe sigue buscando una canción, un
beso, una conversación en la madrugada. Sigue intentando construir pequeños
refugios contra el caos.
Tal vez por eso las películas de culto sobreviven. Porque
no hablan del futuro: hablan de nosotros.
Y “Días Extraños” entendió algo antes que todos: que el
verdadero negocio del futuro no iba a ser la tecnología.
Iban a ser la nostalgia, la experiencia y el deseo
desesperado de sentir algo real en medio de tanta simulación. Por eso esta
frase: “Los recuerdos están hechos para desvanecerse, Lenny. Están diseñados
así por una razón”.

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