Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Días Extraños: la nostalgia como mercancía en el fin del mundo


 

 Días Extraños: la nostalgia como mercancía en el fin del mundo

 Estaba aburrido y decidí sacar una película de las que tengo. Me decidí por una que vi en los 90 en vhs. Me la había recomendado Pocho, un compañero de trabajo.

Si, soy repetitivo siempre vuelvo a los mismos lugares, los mismos libros, las mismas pelis. Conocer la trama, el final, me da seguridad, en especial cuando estoy tensionado.

Porque hay películas, libros, series, discos que no envejecen: mutan. Se quedan esperando agazapadas hasta que el mundo se parece lo suficiente a ellas. Y entonces vuelven como una profecía sucia. Así me pasó viendo Strange Days, aquella película de 1995 dirigida por Kathryn Bigelow y escrita junto a James Cameron. No sentí que estaba viendo ciencia ficción. Sentí que estaba viendo las noticias de mañana.

La pregunta aparece temprano y se queda vibrando como una resaca existencial:

—Si pudieras comprar un recuerdo o un momento, ¿cuál comprarías?

Y ahí empieza el problema.

Porque uno piensa rápido en un beso que nunca dio. En esa mujer que se fue antes de escuchar lo que tenía que escuchar. En el abrazo que no llegó. En el triunfo que nunca mereció, pero igual hubiese querido vivir. O peor: una vida ajena. Una completamente distinta. Una donde uno no terminó siendo esto. Una donde no terminó encerrado en una rutina de café frío, inflación, redes sociales y ansiedad apocalíptica mirando el techo a las tres de la mañana.

En la película, Lenny Nero —ese traficante decadente interpretado por Ralph Fiennes— vende recuerdos grabados ilegalmente con un dispositivo llamado SQUID. Experiencias humanas pirateadas. Vos no mirás el recuerdo: lo vivís. Sentís el miedo, el vértigo, el orgasmo, la adrenalina. Como si la memoria se hubiera convertido finalmente en mercancía.

Y pensé: ya estamos ahí. Solo que nuestro SQUID tiene forma de algoritmo.

Vivimos comprando recuerdos ajenos todo el tiempo. Scrolleamos vidas que no vivimos. Consumimos viajes, cuerpos, romances, cenas, paisajes y felicidades editadas por otros. Gente que filma un atardecer no para contemplarlo sino para demostrar que estuvo ahí. Personas que ya no viven el momento: lo almacenan como capital simbólico. Como prueba digital de existencia.

Y mientras tanto el mundo alrededor parece incendiarse lentamente.

La película transcurre en una Los Ángeles podrida, paranoica, violenta, al borde del colapso social. Policías corruptos. Racismo. Crímenes. Saqueos. Fin de siglo. Y sin embargo lo verdaderamente inquietante no era la violencia: era la sensación de agotamiento espiritual. Esa impresión de que todos los personajes estaban demasiado cansados para creer en algo.

Exactamente igual que ahora. Porque vivimos rodeados de discursos sobre el fin. Fin climático. Fin económico. Fin afectivo. Fin político. Fin cultural. Todo el tiempo alguien anuncia el apocalipsis desde algún podcast, canal de YouTube o cuenta de X mientras vende suplementos vitamínicos o cursos de productividad emocional.

Y entonces llega esa frase final de la película, dicha casi con resignación etílica, mientras explotan fuegos artificiales sobre un mundo roto: “Todos los años es igual. Nada cambia. Todo es una mierda, ¿no? Entonces… ¿qué carajos vamos a celebrar?”

Y sin embargo celebramos. Brindamos igual. Nos abrazamos en Año Nuevo aunque el alquiler nos asfixie. Aunque el país parezca una discusión eterna entre fantasmas ideológicos. Aunque el futuro se parezca cada vez más a una habitación mal iluminada de cyberpunk barato.

Quizás porque el ser humano tiene algo profundamente absurdo y hermoso: incluso al borde del derrumbe sigue buscando una canción, un beso, una conversación en la madrugada. Sigue intentando construir pequeños refugios contra el caos.

Tal vez por eso las películas de culto sobreviven. Porque no hablan del futuro: hablan de nosotros.

Y “Días Extraños” entendió algo antes que todos: que el verdadero negocio del futuro no iba a ser la tecnología.

Iban a ser la nostalgia, la experiencia y el deseo desesperado de sentir algo real en medio de tanta simulación. Por eso esta frase: “Los recuerdos están hechos para desvanecerse, Lenny. Están diseñados así por una razón”.

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