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Einstein en Barrio Parque


 

Einstein en Barrio Parque

 

Hay días en que la ciencia se parece demasiado a la literatura.

No porque mienta. Al contrario. Porque encuentra una manera elegante de decir lo que nosotros apenas intuíamos.

Leí que, si un hombre viajara cinco años en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz, al regresar descubriría que en la Tierra habían pasado décadas. Para él, apenas un lustro. Para los demás, una vida entera.

Los físicos lo llaman dilatación del tiempo.

Yo pensé inmediatamente en otra cosa. Pensé en la gente que uno pierde sin que se muera.

Camino todas las mañanas por las calles de Barrio Parque rumbo al trabajo. Son treinta y tantos minutos. Los mismos árboles. Los mismos perros que ladran detrás de las rejas. Algún vecino barriendo una vereda como si con la escoba pudiera ordenar también el mundo. Me pongo los auriculares. Suena Bowie. Después Joy Division. A veces Miles Davis. Otras, el Indio. Y mientras el cuerpo avanza por Villa Dolores, la cabeza viaja a una velocidad que ningún físico logró medir.

En media hora puedo volver a Mendoza en 1987.

Puedo estar otra vez en una pieza prestada leyendo a Borges hasta que amaneciera. Escuchar el ruido de un cassette entrando en un walkman. Oler un libro usado comprado con la plata justa. Volver a esa pelopincho donde una madrugada, con un amigo y una botella de vino barato, creíamos que “Ummagumma” era una puerta secreta hacia otro universo.

Después cruzo la avenida. Un auto toca bocina. Y vuelvo. Pero no vuelvo igual.

Einstein decía que el tiempo depende del movimiento. Yo sospecho que también depende de la memoria.

Hay personas que viven cuarenta años sin moverse un centímetro de sí mismas. Recorren siempre los mismos pensamientos, los mismos prejuicios, las mismas conversaciones. Cambian de ropa, de celular, de gobierno, pero siguen habitando el mismo cuarto interior.

Y hay otras que en una tarde de lluvia, leyendo un libro, atraviesan siglos.

No hace falta una nave espacial. Alcanza con enamorarse. O con perder a alguien. O con quedarse demasiado tiempo escribiendo. Porque escribir también es una forma extraña de viajar. Uno se sienta frente a una pantalla convencido de que pasó una hora. Levanta la vista. Afuera ya cambió la estación. El mate está frío. Los perros duermen. La ciudad siguió con su rutina mientras uno discutía con un adjetivo o perseguía una frase que se negaba a aparecer.

Los relojes dicen que pasaron tres horas. El cuerpo jura que fueron quince minutos.

¿Quién tiene razón? Quizás los dos. Quizás ninguno.

Tengo la certeza que el tiempo del calendario y el tiempo del alma nunca firmaron un acuerdo. Por eso las pérdidas llegan de golpe. Uno se cruza con un viejo amigo en la calle y descubre que tiene el pelo blanco. No entiende cuándo ocurrió. Recibe una foto de sus hijas y, de pronto, ya no son las nenas que corrían entre los libros de la casa. Entra a la habitación donde antes estaba la voz de su madre y descubre que el silencio también envejece.

Entonces recuerda aquella teoría de Einstein. Y por primera vez deja de parecerle física.

Empieza a parecerle una autobiografía. Tal vez todos vivimos viajando cerca de la velocidad de la luz sin saberlo.

Los enamorados.

Los lectores.

Los músicos.

Los que coleccionan discos como quien junta pedazos de tiempo. Los que todavía guardan cartas, entradas de recitales, fotografías desteñidas o el olor de una biblioteca donde aprendieron que el mundo era mucho más grande que el barrio.

Todos viajamos. Lo que cambia es el combustible. Algunos usan querosén. Otros usan nostalgia. Y cuando finalmente regresamos, descubrimos que el universo hizo su trabajo silencioso. Los árboles crecieron. Los perros ya no están. Los amigos aprendieron a vivir con otras ausencias. Y nosotros volvemos con la ingenua esperanza de que alguien haya puesto el tiempo en pausa.

Nunca ocurre. Quizás por eso me sigue emocionando Einstein. No porque haya explicado el universo. Sino porque, sin proponérselo, terminó escribiendo una de las mejores metáforas sobre lo que significa llegar tarde a la propia vida.

Al final, la relatividad no habla solamente de la velocidad de la luz. Habla de esa vieja tristeza que todos conocemos. La de regresar creyendo que apenas pasaron cinco años...

y descubrir que el mundo entero siguió envejeciendo sin nosotros.

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