Volver a conversar con Odiseo
Anoche fui al cine. No iba solamente a ver la nueva
película de Christopher Nolan. Iba a reencontrarme con un viejo amigo que me
acompaña desde hace casi cincuenta años.
Disfruté la película. Mucho.
Sí, Nolan se toma algunas licencias. Algunos personajes
aparecen con otro peso, ciertos episodios cambian de lugar y algunos hechos
responden más al lenguaje del cine que al poema de Homero. Pero sería un error
pedirle una adaptación literal. “La Odisea” nunca fue un texto inmóvil. Antes
de convertirse en libro fue un relato oral. Durante siglos los aedos
recorrieron las ciudades griegas cantando las hazañas de Odiseo. Cada uno
agregaba matices, modificaba detalles, hacía suya la historia. Nolan, en definitiva,
no hace otra cosa que ocupar el lugar de uno de esos antiguos narradores.
Los clásicos sobreviven porque aceptan ser contados una y
otra vez.
Mientras miraba la película regresé, inevitablemente, a
mi infancia. Tenía diez años cuando leí por primera vez “La Ilíada” y “La
Odisea”. No fueron ediciones académicas ni lujosas. Eran aquellos inolvidables
libros de tapa dura de la colección Billiken, adaptados para chicos. En la
misma biblioteca convivían “Don Quijote de la Mancha”, Julio Verne, Dickens y,
entre todos ellos, Homero.
Sin saberlo, estaba entrando en una conversación que me
acompañaría toda la vida.
Recuerdo una de mis primeras grandes desilusiones como
lector. Yo me había fanatizado con Héctor. Veía en él al hombre que defendía su
ciudad, a su esposa Andrómaca, a su pequeño hijo Astianacte y a un pueblo que
ya sabía condenado. Cuando llegó el duelo final estaba convencido de que debía
sobrevivir. Pero Homero decidió otra cosa. Aquiles lo mata.
Todavía puedo recordar mi enojo. Insultaba a Aquiles y a
aquellos aqueos de hermosas grebas. Con la lógica apasionada de un chico me
parecía injusto. Pensaba que Aquiles, protegido por los dioses y destinado a
una gloria inmortal, tenía demasiadas ventajas frente a un hombre que sabía
perfectamente que podía morir.
Hoy sé que Homero construía otra tragedia.
Aquiles representa el heroísmo de la fuerza, del coraje
absoluto, de quien acepta una vida breve a cambio de una fama eterna.
Héctor representa algo diferente. Es el héroe que conoce
el miedo y, aun así, sale a combatir. Quizá por eso, incluso siendo un niño, me
sentí más cerca de él. Y con el paso de los años descubrí que también me sentía
profundamente cerca de Odiseo.
Porque Odiseo inaugura otra forma de heroísmo.
No es el más fuerte. No es el más veloz. No es el
guerrero invencible. Su verdadera arma es la inteligencia.
Donde Aquiles resuelve con la espada, Odiseo resuelve con
el ingenio. Donde otros avanzan por la fuerza, él observa, espera, calcula. El
caballo de Troya no nace del músculo, sino de la imaginación. En un mundo lleno
de guerreros, Odiseo demuestra que pensar también puede ser un acto de
valentía.
Tal vez por eso siempre preferí “La Odisea”. Porque, si “La
Ilíada” habla de cómo ganar una guerra, “La Odisea” habla de algo mucho más
difícil: cómo volver a vivir después de ella.
Christopher Nolan parece haber comprendido esa
diferencia.
Los cíclopes, las sirenas, Circe, Calipso o Escila son
inolvidables, pero nunca fueron el verdadero centro del poema.
Los monstruos están afuera. El viaje ocurre por dentro.
Y hay otra escena que siempre esperé ver en el cine.
La del descenso al Hades.
Allí Odiseo busca al viejo Tiresias para preguntarle cómo
regresar a Ítaca. No consulta a un dios guerrero ni a un rey. Busca a un
anciano ciego, porque en la tradición griega la verdadera visión muchas veces
comienza cuando los ojos dejan de ver el mundo.
Tiresias siempre fue uno de mis personajes preferidos.
Mucho antes de leerlo en Homero, mi madre me había
contado quién era aquel adivino que había perdido la vista al sorprender
desnuda a Atenea mientras se bañaba. Los dioses no podían devolverle los ojos,
pero le regalaron otro modo de mirar: el don de conocer aquello que los demás
ignoraban.
Quizá por eso me gusta insistir en llamarlo Odiseo y no
Ulises. No es una cuestión de pedantería. Ulises pertenece a la tradición
latina. Odiseo pertenece al mundo de Homero, al de Tiresias, Atenea, Ítaca y
los viejos aedos que iban de ciudad en ciudad cantando estas historias mucho
antes de que existieran los libros.
Los nombres también conservan la memoria de las
civilizaciones.
La gran pregunta de “La Odisea” no es cómo regresar a
Ítaca. La verdadera pregunta es quién regresa. Porque nadie atraviesa veinte
años de guerra, pérdidas, tentaciones y naufragios sin convertirse en otra
persona.
Mientras salía del cine pensé que, en realidad, no
acababa de ver una película.
Acababa de volver a conversar con un personaje que conocí
siendo un chico de diez años gracias a aquellos viejos libros de Billiken. Comprendí,
una vez más, que los clásicos nunca envejecen. Simplemente esperan.
Esperan que un lector vuelva a abrir sus páginas o que un
director de cine decida contarlos otra vez. Y entonces Odiseo vuelve a zarpar. No
desde las costas de Ítaca.
Sino desde ese lugar secreto donde viven las historias
que ya forman parte de nuestra propia vida.
Y ya en casa reflexionando mientras tomaba un wiski recapacité
que Nolan había filmado una gran aventura. Pero la verdadera aventura había
comenzado mucho antes, cuando un chico de diez años abrió una edición de
Billiken de La Ilíada y La Odisea, discutió con Homero por la muerte de Héctor
y escuchó a su madre contarle quién era Tiresias. Desde entonces, cada vez que
vuelvo a esos poemas, no siento que esté releyendo un clásico. Siento que estoy
regresando a una conversación que nunca terminó.


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