El inventario de las ausencias
Cuando una relación termina ocurre algo extraño: de
pronto aparecen las pertenencias.
Durante meses o años convivimos con ellas sin prestarles
atención. Un libro olvidado en una repisa. Un par de discos mezclados con los
nuestros. Una remera. Una taza. Alguna fotografía escondida entre papeles
viejos.
Pero basta una separación para que esos objetos adquieran
una importancia desmesurada.
Entonces comenzamos a hacer inventario.
"Creo que en su casa quedaron algunos CD."
"Debe tener una campera mía."
"Seguro todavía conserva aquella foto."
Y de repente sentimos la urgente necesidad de
recuperarlos.
Lo curioso es que, si somos sinceros, la mayoría de esas
cosas nos importan bastante menos de lo que creemos. Los discos pueden volver a
comprarse. La remera probablemente ni la usamos. La foto sigue existiendo en
algún rincón de la memoria aunque nunca vuelva a nuestras manos.
Lo que buscamos no son los objetos. Buscamos la excusa.
Queremos que el teléfono vuelva a sonar. Queremos una conversación más.
Queremos una última oportunidad para que algo suceda. Tal vez imaginamos que
durante el encuentro ella nos dirá que se equivocó. Que nos extraña. Que
todavía queda algo por salvar. Por eso las pertenencias se convierten en
embajadoras de causas perdidas. Las enviamos a negociar donde ya no queda nada
para negociar.
Con las cosas que ella dejó en nuestra casa ocurre algo
parecido.
Muchos hombres sienten la necesidad de llamarla para que
pase a retirarlas. Como si la existencia de una bolsa olvidada en un placard
fuera un asunto de Estado.
No lo es. Los objetos tienen una paciencia infinita.
Pueden esperar semanas, meses o años en el fondo de un cajón. No sufren. No
extrañan. No necesitan respuestas.
Si ella quiere recuperarlos, encontrará la forma. Y si no
los reclama, tal vez sea porque ya comprendió algo que nosotros todavía nos
resistimos a aceptar: que hay historias que terminan incluso antes de que
desaparezcan sus rastros materiales.
Las relaciones suelen acabar mucho antes que sus objetos.
Primero se va el amor.
Después se van las conversaciones.
Después los planes.
Después las costumbres.
Y recién mucho tiempo más tarde desaparecen los libros,
los discos, las fotografías y las remeras. Por eso, cuando una historia
termina, quizás lo más difícil no sea devolver las cosas. Lo más difícil es
aceptar que aquello que realmente queremos recuperar nunca estuvo dentro de una
caja.

No hay comentarios:
Publicar un comentario