Batman o la decisión de no convertirse en un monstruo
Hay una pregunta que siempre vuelve cuando alguien
descubre que Batman es mi superhéroe favorito.
—¿Por qué Batman? La respuesta nunca es sencilla.
Muchos dicen que Batman es el héroe más humano porque
cualquiera podría llegar a ser él. No estoy de acuerdo. Me parece exactamente
al revés. Batman es uno de los personajes más improbables que existen.
Superman, por ejemplo, es un extraterrestre. Nació en un
planeta distinto, bajo una gravedad diferente, y cuando llega a la Tierra
desarrolla habilidades extraordinarias. La ficción establece una regla y juega
con ella.
Batman, en cambio, es un hombre. Eso es lo extraño.
Un hombre que domina las artes marciales, la
criminología, la química, la informática, la estrategia militar, la medicina
forense, la psicología criminal, la ingeniería y, además, es considerado el
mejor detective del mundo. Todo antes de los cuarenta y cinco años.
Es infinitamente menos probable que exista un Batman que
un Superman.
Sin embargo, nunca admiré a Batman por sus golpes, sus
gadgets o la Bati-cueva.
Lo admiro por algo mucho más difícil. Por su límite.
Vivimos en una época donde la venganza suele confundirse
con la justicia. Donde las redes sociales celebran el castigo inmediato y el
enemigo debe ser destruido sin matices. Batman propone exactamente lo
contrario.
Él podría matar al Guasón. Tendría motivos de sobra. El
Guasón asesinó amigos, destruyó familias, sembró el terror una y otra vez.
Cualquier tribunal imaginario entendería esa ejecución. Pero Batman no lo hace.
No porque crea que el Guasón merece vivir. No porque ignore el dolor de las
víctimas. No porque sea ingenuo.
No mata porque sabe quién es. Porque entiende que el
primer asesinato no termina con un criminal: empieza a transformar al asesino.
Bruce Wayne conoce demasiado bien la oscuridad. Vive
dentro de ella desde aquella noche en que vio morir a sus padres en un callejón
de Gotham. Esa tragedia pudo haberlo convertido en otro villano. De hecho, casi
todos sus enemigos nacen de una desgracia similar: un accidente, una pérdida,
una humillación, un trauma.
La diferencia es la respuesta.
El Guasón convierte el sufrimiento en caos. Dos Caras lo
convierte en resentimiento. El Acertijo, en obsesión. El Espantapájaros, en
miedo. Batman convierte el suyo en disciplina. Quizá ahí esté el verdadero
corazón del personaje. No en la máscara.
No en el cinturón. No en el Batimóvil. Sino en esa
decisión silenciosa que toma todas las noches: no parecerse a aquello contra lo
que pelea.
Tal vez por eso Batman sigue vigente después de más de
ochenta años. Porque no habla de murciélagos, ni de superhéroes, ni de ciudades
imaginarias.
Habla de nosotros. De la lucha cotidiana entre la ira y
la compasión. Entre el deseo de devolver el golpe y la necesidad de conservar
la propia humanidad. Batman nunca venció a la muerte de sus padres. Nunca dejó
de ser aquel niño arrodillado en un callejón. Simplemente decidió que su dolor
no sería una excusa para hacer sufrir a los demás. Y, en un mundo que suele
premiar a los más violentos, esa elección sigue siendo su verdadero superpoder.
Creo que ese es el secreto de Batman. No es un hombre
vestido de murciélago. Es alguien que entendió que el enemigo más peligroso
nunca fue el Guasón, Bane o Dos Caras. El enemigo siempre fue la posibilidad de
convertirse en uno de ellos.

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