Soy un lector que cuando amo un libro compro varias
ediciones. Por traducciones, presentación, formato. Es una especie de tok que
tengo.
Están quienes subrayan los márgenes, doblan una esquina
para recordar una frase o discuten durante años si la película estuvo a la
altura de la novela. Están los que buscan primeras ediciones, los que
coleccionan portadas distintas y los que no pueden resistirse a llevarse otro
ejemplar aunque ya tengan dos iguales en la biblioteca.
Y después está Annie Wilkes, que decidió secuestrar al
autor para corregirle el final.
Ahí reside el golpe de genialidad de “Misery”. Stephen
King no escribió solamente una novela de terror. Escribió una novela sobre la
posesión. Sobre esa extraña enfermedad contemporánea que lleva a algunas
personas a creer que amar una obra les concede derechos sobre quien la creó.
Paul Sheldon, el escritor atrapado en una casa perdida
entre la nieve, descubre demasiado tarde que el problema no es tener una
admiradora. El problema es convertirse en propiedad de esa admiradora.
Porque Annie no odia a Paul. Todo lo contrario. Lo ama. Y
a veces no hay nada más peligroso que un amor incapaz de aceptar que el otro
existe fuera de nuestros deseos.
King entendió algo que hoy, casi cuarenta años después de
la publicación de la novela, resulta todavía más evidente. Los monstruos ya no
viven necesariamente en castillos góticos ni salen de cementerios malditos. A
veces tienen una biblioteca prolija, preparan sopa caliente, sonríen con
amabilidad y dicen ser tus mayores admiradores.
La verdadera cárcel de Paul no son las paredes de aquella
habitación. Es la imagen que Annie construyó de él. Ella no secuestra a un
hombre; secuestra la versión del escritor que necesita para que su mundo
permanezca intacto.
Por eso Misery envejeció tan bien.
Cuando apareció en 1987 parecía una historia extrema
sobre una fan obsesiva. Hoy parece un ensayo disfrazado de thriller. Basta
mirar las redes sociales para encontrar miles de pequeñas Annie Wilkes
exigiendo que un autor cambie el destino de un personaje, que una serie respete
una teoría de los fanáticos o que una película no contradiga sus expectativas.
La diferencia es que ya no necesitan una máquina de escribir ni una casa
aislada en Colorado. Les alcanza un teclado y una conexión a internet.
Vivimos una época en la que muchos confunden consumir una
obra con ser dueños de ella. Como si comprar un libro otorgara el derecho a
reescribirlo. Como si seguir a un músico implicara decidir qué canciones debe
grabar. Como si admirar a un escritor autorizara a decirle qué finales tiene
permitido escribir.
Quizá Annie Wilkes fue la primera fan tóxica de la
cultura pop mucho antes de que existiera esa expresión. Y, sin embargo, reducir
Misery a esa lectura sería injusto.
También es una extraordinaria novela sobre el oficio de
escribir. Sobre la soledad del escritor, sobre la disciplina, sobre la relación
casi física con las palabras. Paul Sheldon sobrevive porque escribe. La
escritura deja de ser una profesión para convertirse en un mecanismo de
supervivencia. Cada página es una negociación con el miedo.
No es casual que King escribiera esta novela en uno de
los momentos más complejos de su vida, cuando ya era un autor inmensamente
famoso y comenzaba a sentir el peso de las expectativas del público. Annie
también representa esa presión invisible que todo creador conoce: la voz que
exige repetir la fórmula, no decepcionar, no cambiar demasiado.
En el fondo, Misery plantea una pregunta incómoda. ¿Cuánto
de Annie habita en nosotros como lectores?
Todos hemos cerrado un libro indignados porque el autor
mató al personaje que más queríamos. Todos hemos pensado alguna vez: “yo habría
escrito otro final”. La diferencia está en entender que esa frustración forma
parte del pacto de la literatura. Un libro deja de pertenecernos apenas
cerramos la última página. Podemos discutirlo, amarlo o detestarlo, pero no
apropiarnos de él.
Miro mi vieja edición de Plaza & Janés, con esa
portada inquietante que ya acusa el paso del tiempo, y recuerdo por qué Misery
sigue siendo una de las mejores novelas de Stephen King. No por los golpes, ni
por la sangre, ni siquiera por las escenas que todavía hoy incomodan. Sino
porque nos obliga a reconocer que el terror más profundo no nace de los
fantasmas. Nace cuando el amor deja de ser admiración y se convierte en
posesión. Y pocas novelas han contado con tanta lucidez el lado oscuro de ser
fan.

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