Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora.
Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de
Clarissa Pinkola Estés
"La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de
nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua
y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde
el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto. Es el
punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los
lobos".
Esta es el enunciado más icónico de la obra Mujeres que
corren con lobos de Clarissa Pinkola, el libro publicado en 1993 que hizo
merecedora a del premio de Honor Abby y el premio Gradiva de la "National
Association for the Advancement of Psychoanalysis".
Este libro es uno de esos que se vuelven fenómenos
editoriales por una moda pasajera. Pero la diferencia es que más de 30 años
después se sigue leyendo. Claro hay una salvedad, no es una lectura fácil,
requiere concentración, razonar lo que dice, pensarlo y meditarlo. El secreto es que permanece vigente porque
toca una fibra profunda de la experiencia humana.
Mujeres que corren con los lobos, publicado en 1993, fue
traducido a decenas de idiomas y convertido en un clásico contemporáneo, el
trabajo de Clarissa Pinkola Estés sigue siendo objeto de lectura, debate y
reinterpretación más de treinta años después de su aparición.
Quizá la primera equivocación sea creer que se trata de
un libro de autoayuda. No lo es. Tampoco es un manifiesto feminista en sentido
estricto, aunque muchas de sus ideas dialogan con el feminismo contemporáneo.
Lo que Clarissa Pinkola Estés construye es una obra situada en la intersección
entre la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la antropología, el folclore
y la tradición oral.
No es casual que la autora dedicara más de veinte años a
escribirla. El libro comenzó a gestarse en 1971 y fue el resultado de décadas
recopilando relatos tradicionales de distintas culturas para analizarlos desde
una perspectiva simbólica. Cada cuento funciona como una cartografía del
inconsciente.
El concepto central de la obra es la “Mujer Salvaje”
Aquí conviene detenerse. La palabra "salvaje"
suele malinterpretarse. No alude a la violencia ni a la ausencia de normas.
Tampoco representa una idealización romántica de la naturaleza. En el lenguaje
de Pinkola Estés, la Mujer Salvaje simboliza el núcleo instintivo de la psique
femenina: la capacidad de crear, de proteger, de intuir el peligro, de amar sin
perder la identidad y de resistir los procesos de domesticación cultural.
Desde una lectura junguiana, esa Mujer Salvaje puede
entenderse como un arquetipo: una imagen primordial que atraviesa culturas y
épocas. No pertenece únicamente a las mujeres concretas, sino que constituye
una estructura simbólica del inconsciente colectivo. De allí que la autora
recurra constantemente a cuentos tradicionales, porque considera que los mitos
contienen conocimientos psicológicos que la modernidad ha olvidado.
El lobo, entonces, deja de ser un animal para convertirse
en un símbolo.
A diferencia de la representación occidental del lobo
como amenaza —desde Caperucita Roja hasta los relatos medievales—, Pinkola
Estés rescata su dimensión positiva. El lobo conoce el territorio, protege la
manada, posee memoria, intuición y una inteligencia que no depende
exclusivamente de la razón. Es precisamente esa combinación de instinto y
sabiduría la que la autora propone recuperar.
Su frase más célebre resume el corazón del libro: "La
loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras."
Esa afirmación es, en realidad, una declaración
antropológica y psicológica. Sugiere que la cultura patriarcal no destruyó esa
naturaleza profunda, sino que logró silenciarla. La tarea no consiste en
construir una identidad nueva, sino en recordar una identidad olvidada.
En este punto aparece una de las mayores virtudes del
libro: evita caer en simplificaciones. Pinkola Estés no presenta a las mujeres
como víctimas pasivas ni a los hombres como enemigos naturales. El conflicto
que le interesa es mucho más complejo. Es la tensión permanente entre la vida
instintiva y los mecanismos sociales que buscan normalizarla. En ese sentido,
el libro puede leerse también como una crítica a cualquier sistema —familiar,
religioso, político o cultural— que pretenda uniformar la experiencia humana. Sin
embargo, esa misma perspectiva ha recibido críticas.
Desde algunos sectores de la teoría feminista se ha
señalado que la autora corre el riesgo de caer en cierto esencialismo, al
sugerir la existencia de una esencia femenina universal vinculada con la
naturaleza, la intuición o la maternidad simbólica. Para pensadoras como Judith
Butler, por ejemplo, la identidad femenina no responde a una esencia previa,
sino que se construye históricamente mediante prácticas culturales y relaciones
de poder.
La objeción es pertinente. ¿Existe realmente una
"naturaleza femenina" o esa idea reproduce, aunque con un signo
positivo, antiguos estereotipos?
Pinkola Estés respondería probablemente que no está
describiendo una condición biológica, sino un territorio simbólico. Su
"Mujer Salvaje" no pretende definir cómo son todas las mujeres, sino
ofrecer una imagen arquetípica capaz de dialogar con la experiencia interior de
muchas de ellas.
Más allá de ese debate, el libro mantiene una
extraordinaria potencia narrativa.
La autora analiza relatos como “Barba Azul”, “La Mujer
Esqueleto”, “Vasalisa” o “La Loba” con una habilidad poco frecuente. No se
limita a interpretar símbolos; los convierte en herramientas para comprender
procesos psicológicos como el miedo, la pérdida, el deseo, la creatividad, la
maternidad, el duelo o la reconstrucción de la identidad.
Por eso la lectura nunca resulta académica. Cada capítulo
funciona simultáneamente como ensayo, cuento y sesión de análisis.
Otro de los aciertos de la obra consiste en reivindicar
el valor del relato oral. En tiempos dominados por la inmediatez, Pinkola Estés
recuerda que los cuentos populares fueron durante siglos auténticos manuales de
supervivencia emocional. Allí se transmitían conocimientos sobre el amor, la
muerte, la traición, la violencia y la esperanza mucho antes de que existiera
la psicología como disciplina.
Tal vez sea esa la razón por la cual Mujeres que corren
con los lobos sigue encontrando lectores en pleno siglo XXI. En una época
obsesionada con la productividad, el rendimiento y la construcción permanente
de una imagen pública, la autora propone un gesto profundamente contracultural:
escuchar la voz interior.
No para escapar del mundo, sino para habitarlo de otra
manera.
La obra deja, además, una enseñanza que trasciende el
género. Aunque fue escrita pensando en las mujeres, su reflexión alcanza a
cualquier persona que haya sentido alguna vez el peso de vivir demasiado lejos
de sí misma.
Cuando Pinkola Estés escribe: "Es peor quedarse
donde uno no pertenece en absoluto que vagar perdido por un tiempo buscando el
parentesco psíquico y espiritual que uno requiere." No está hablando
únicamente de mujeres. Está hablando del costo existencial de renunciar a la
propia identidad para satisfacer las expectativas ajenas.
Quizá allí resida la verdadera vigencia del libro. No
porque proponga respuestas definitivas, sino porque obliga a formular una
pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos ser pertenece realmente a nuestra
naturaleza y cuánto ha sido impuesto por la cultura?
Mujeres que corren con los lobos no ofrece una receta
para la felicidad. Ofrece algo más difícil: un viaje hacia el territorio donde
conviven el instinto, la memoria y la libertad. Un territorio que Clarissa
Pinkola Estés llama Mujer Salvaje, pero que, en última instancia, podría
entenderse como esa parte esencial del ser humano que se resiste a ser
domesticada.
Y quizá esa sea la verdadera razón por la que, tres
décadas después, el eco de sus páginas todavía sigue escuchándose como un
aullido en medio del bosque.
Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

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