Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora: Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés


 

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora.

Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés

 Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

 

"La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto. Es el punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los lobos".

 

Esta es el enunciado más icónico de la obra Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola, el libro publicado en 1993 que hizo merecedora a del premio de Honor Abby y el premio Gradiva de la "National Association for the Advancement of Psychoanalysis".

Este libro es uno de esos que se vuelven fenómenos editoriales por una moda pasajera. Pero la diferencia es que más de 30 años después se sigue leyendo. Claro hay una salvedad, no es una lectura fácil, requiere concentración, razonar lo que dice, pensarlo y meditarlo.  El secreto es que permanece vigente porque toca una fibra profunda de la experiencia humana.

Mujeres que corren con los lobos, publicado en 1993, fue traducido a decenas de idiomas y convertido en un clásico contemporáneo, el trabajo de Clarissa Pinkola Estés sigue siendo objeto de lectura, debate y reinterpretación más de treinta años después de su aparición.

Quizá la primera equivocación sea creer que se trata de un libro de autoayuda. No lo es. Tampoco es un manifiesto feminista en sentido estricto, aunque muchas de sus ideas dialogan con el feminismo contemporáneo. Lo que Clarissa Pinkola Estés construye es una obra situada en la intersección entre la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la antropología, el folclore y la tradición oral.

No es casual que la autora dedicara más de veinte años a escribirla. El libro comenzó a gestarse en 1971 y fue el resultado de décadas recopilando relatos tradicionales de distintas culturas para analizarlos desde una perspectiva simbólica. Cada cuento funciona como una cartografía del inconsciente.

El concepto central de la obra es la “Mujer Salvaje”

Aquí conviene detenerse. La palabra "salvaje" suele malinterpretarse. No alude a la violencia ni a la ausencia de normas. Tampoco representa una idealización romántica de la naturaleza. En el lenguaje de Pinkola Estés, la Mujer Salvaje simboliza el núcleo instintivo de la psique femenina: la capacidad de crear, de proteger, de intuir el peligro, de amar sin perder la identidad y de resistir los procesos de domesticación cultural.

Desde una lectura junguiana, esa Mujer Salvaje puede entenderse como un arquetipo: una imagen primordial que atraviesa culturas y épocas. No pertenece únicamente a las mujeres concretas, sino que constituye una estructura simbólica del inconsciente colectivo. De allí que la autora recurra constantemente a cuentos tradicionales, porque considera que los mitos contienen conocimientos psicológicos que la modernidad ha olvidado.

El lobo, entonces, deja de ser un animal para convertirse en un símbolo.

A diferencia de la representación occidental del lobo como amenaza —desde Caperucita Roja hasta los relatos medievales—, Pinkola Estés rescata su dimensión positiva. El lobo conoce el territorio, protege la manada, posee memoria, intuición y una inteligencia que no depende exclusivamente de la razón. Es precisamente esa combinación de instinto y sabiduría la que la autora propone recuperar.

Su frase más célebre resume el corazón del libro: "La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras."

Esa afirmación es, en realidad, una declaración antropológica y psicológica. Sugiere que la cultura patriarcal no destruyó esa naturaleza profunda, sino que logró silenciarla. La tarea no consiste en construir una identidad nueva, sino en recordar una identidad olvidada.

En este punto aparece una de las mayores virtudes del libro: evita caer en simplificaciones. Pinkola Estés no presenta a las mujeres como víctimas pasivas ni a los hombres como enemigos naturales. El conflicto que le interesa es mucho más complejo. Es la tensión permanente entre la vida instintiva y los mecanismos sociales que buscan normalizarla. En ese sentido, el libro puede leerse también como una crítica a cualquier sistema —familiar, religioso, político o cultural— que pretenda uniformar la experiencia humana. Sin embargo, esa misma perspectiva ha recibido críticas.

Desde algunos sectores de la teoría feminista se ha señalado que la autora corre el riesgo de caer en cierto esencialismo, al sugerir la existencia de una esencia femenina universal vinculada con la naturaleza, la intuición o la maternidad simbólica. Para pensadoras como Judith Butler, por ejemplo, la identidad femenina no responde a una esencia previa, sino que se construye históricamente mediante prácticas culturales y relaciones de poder.

La objeción es pertinente. ¿Existe realmente una "naturaleza femenina" o esa idea reproduce, aunque con un signo positivo, antiguos estereotipos?

Pinkola Estés respondería probablemente que no está describiendo una condición biológica, sino un territorio simbólico. Su "Mujer Salvaje" no pretende definir cómo son todas las mujeres, sino ofrecer una imagen arquetípica capaz de dialogar con la experiencia interior de muchas de ellas.

Más allá de ese debate, el libro mantiene una extraordinaria potencia narrativa.

La autora analiza relatos como “Barba Azul”, “La Mujer Esqueleto”, “Vasalisa” o “La Loba” con una habilidad poco frecuente. No se limita a interpretar símbolos; los convierte en herramientas para comprender procesos psicológicos como el miedo, la pérdida, el deseo, la creatividad, la maternidad, el duelo o la reconstrucción de la identidad.

Por eso la lectura nunca resulta académica. Cada capítulo funciona simultáneamente como ensayo, cuento y sesión de análisis.

Otro de los aciertos de la obra consiste en reivindicar el valor del relato oral. En tiempos dominados por la inmediatez, Pinkola Estés recuerda que los cuentos populares fueron durante siglos auténticos manuales de supervivencia emocional. Allí se transmitían conocimientos sobre el amor, la muerte, la traición, la violencia y la esperanza mucho antes de que existiera la psicología como disciplina.

Tal vez sea esa la razón por la cual Mujeres que corren con los lobos sigue encontrando lectores en pleno siglo XXI. En una época obsesionada con la productividad, el rendimiento y la construcción permanente de una imagen pública, la autora propone un gesto profundamente contracultural: escuchar la voz interior.

No para escapar del mundo, sino para habitarlo de otra manera.

La obra deja, además, una enseñanza que trasciende el género. Aunque fue escrita pensando en las mujeres, su reflexión alcanza a cualquier persona que haya sentido alguna vez el peso de vivir demasiado lejos de sí misma.

Cuando Pinkola Estés escribe: "Es peor quedarse donde uno no pertenece en absoluto que vagar perdido por un tiempo buscando el parentesco psíquico y espiritual que uno requiere." No está hablando únicamente de mujeres. Está hablando del costo existencial de renunciar a la propia identidad para satisfacer las expectativas ajenas.

Quizá allí resida la verdadera vigencia del libro. No porque proponga respuestas definitivas, sino porque obliga a formular una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos ser pertenece realmente a nuestra naturaleza y cuánto ha sido impuesto por la cultura?

Mujeres que corren con los lobos no ofrece una receta para la felicidad. Ofrece algo más difícil: un viaje hacia el territorio donde conviven el instinto, la memoria y la libertad. Un territorio que Clarissa Pinkola Estés llama Mujer Salvaje, pero que, en última instancia, podría entenderse como esa parte esencial del ser humano que se resiste a ser domesticada.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que, tres décadas después, el eco de sus páginas todavía sigue escuchándose como un aullido en medio del bosque.


Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

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