Canciones alegres
En los años ochenta yo tocaba el bajo. O al menos eso
decía. En realidad, como casi todos los adolescentes de pueblo que soñábamos
con el rock, lo que hacíamos era intentar sobrevivir a la realidad
enchufándonos a un amplificador barato y creyendo que la distorsión podía
salvarnos de algo.
Toqué en algunas bandas de garage tratando de rockear la
adolescencia que me envolvía como una campera húmeda. Tenía cierto renombre en
Villa Dolores, no porque fuera un gran bajista, sino porque era de los pocos
tipos que poseían bajo y amplificador. En los pueblos chicos el prestigio
muchas veces depende más del equipamiento que del talento. Una Fender te
convertía automáticamente en una especie de semidiós proletario. Y yo tenía un bajo
que intentaba emular a los Fender. Era un Fernandes Revival Black con pickguard
negro, mango de maple claro y herrajes cromados made in Japan del año 1981.
Una mañana de sábado apareció el Negro en casa.
El Negro tocaba el bajo en una banda de cuarteto y era
una celebridad local. Dueño de un Fender verdadero —eso importaba muchísimo
entonces— caminaba con el aura de quien ya había atravesado el escenario y
había vuelto ileso.
—Che José Luis… están los chicos Orly en la ciudad. Esta
noche tocan en San José. Se enfermó el bajista. ¿No podés reemplazarlo?
Lo dijo como quien pide un favor mínimo. Pero para mí era
como si Keith Richards me hubiera invitado a tocar en el Madison Square Garden.
Dudé apenas unos segundos. Lo suficiente para simular
profesionalismo. Después apareció algo peor: el orgullo. Acepté.
Fuimos hasta el hotel donde estaban hospedados. Dante y
Orlando me recibieron con una simpatía inesperada. Yo esperaba estrellas
inaccesibles y encontré tipos divertidos, cansados y prácticos.
—Roberto el bajista tiene paperas —me dijeron—.
Necesitamos alguien sí o sí.
Entonces me dieron un cassette TDK grabado con los temas.
Un cassette. Así se estudiaba música antes: rebobinando con birome.
Volví a casa y pasé toda la tarde sacando temas de oído
mientras imaginaba un futuro absurdo donde yo terminaba convertido en una
mezcla de Sting, John Paul Jones y algún músico decadente de los bares de
Mendoza.
A las ocho nos juntamos para ensayar.
Me tiraron algunos yeites, un par de cortes, entradas
simples, y listo.
Después partimos rumbo a San José en un colectivo que
llevaba escrito ORLY en letras enormes, como si fuera una gira internacional y
no un baile de cuarteto atravesando caminos vecinales fríos de Traslasierra.
Ahí empezó el verdadero delirio. Me dieron la ropa del
show. Camisa amarilla de raso. Saco rojo ladrillo. Pantalón blanco. Y el Fender
Jazz Bass que usaba Roberto Moyano.
Los demás iban vestidos con tonos magenta, azul
eléctrico, fucsia, bordó. Parecíamos una banda de mafiosos tropicales o una
versión cordobesa y proletaria de los Rolling Stones de “Dirty Work”, que
acababa de salir.
Cuando subimos al escenario y vi el conjunto completo
sentí una felicidad ridícula.
Pensé: Ahora sí. Llegó mi momento de estrella de rock.
Terminó la primera selección.
—Salió bien, salió bien pibazo —me dijeron.
Mientras tomábamos una cerveza en el descanso les
comenté:
—Parecemos los Stones.
Y el locutor, sin dudar un segundo, respondió:
—Somos los ORLY Stones.
Todavía hoy me río de eso.
En la segunda tanda ya me había relajado tanto que hasta
hice coros en ”La gran caravana”, un éxito enorme de esos años.
Desde arriba del escenario, entendí algo. El cuarteto era
otro universo. No había pogo.
No había slam. No había tipos subiéndose a hombros. Ni
banderas. Ni mística autodestructiva. Ni alcohol derramándose como en las
películas de rock que yo idolatraba.
Había otra cosa.
Un gigantesco círculo humano moviéndose con una
coreografía ancestral y popular. Personas tomadas de la mano girando como si el
baile fuera una ceremonia colectiva. Parejas abrazadas. Tipos conversando
mientras seguían el ritmo apenas con los hombros. Familias enteras sentadas al
fondo.
Desde el escenario veía las mesas llenas de botellas de
vino Toro, Pritty limón y porrones de Córdoba Dorada, Bieckert y Río Segundo.
Y veía también algo profundamente argentino.
Las chicas con polleras mínimas enfrentando el frío con
una valentía estética imposible de explicar. Los pibes flacos con jeans nevados
y camisas leñadoras resistiendo la helada como si fueran extras de una película
obrera de los ochenta. Algunos vestidos para seducir. Otros vestidos para
casarse. Otros simplemente vestidos con lo único que tenían. Todo eso mientras
yo hacía octavaciones automáticas intentando parecer un músico serio.
Ahí me di cuenta de algo que me llevó años admitir. El
rock nos había enseñado a mirar el escenario. El cuarteto nos obligaba a mirar
a la gente. Porque el verdadero espectáculo estaba abajo. En esos cuerpos
cansados bailando igual. En esa alegría humilde. En esas parejas girando aunque
el país ya empezara a desarmarse económicamente. En esa necesidad profundamente
humana de olvidarse unas horas de todo.
El baile terminó de madrugada. Me pagaron. Y sentí una
felicidad brutal. Había ganado dinero tocando música.
No hubo groupies.
No hubo drogas.
No hubo hoteles destruidos.
No hubo excesos míticos.
Solo un colectivo volviendo por un camino de tierra en
medio de la oscuridad del interior Córdobes.
Ellos regresaron a su hotel.
Yo volví a mi casa.
Y así fue como, durante una sola noche perdida de los
años ochenta, fui músico profesional.
José Luis Colombini
Escribe desde Traslasierra como quien
arroja botellas al mar en mitad del insomnio.
Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo, sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y las ruinas emocionales del presente.
Este no es un sitio pensado para consumir contenido rápido.
Es un archivo personal escrito contra el olvido.
Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas, canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.
“Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”

Jajaja.
ResponderEliminarHermoso