Madre y el hombre gordo
Los diálogos con mi madre me dejaban perplejo. Nunca sabia
cuando habían comenzado realmente. Creía que empezaban con una
pregunta, pero en realidad venían viajando desde hace años, esperando una tarde
cualquiera para encontrar una mesa, dos tazas de café y el silencio necesario.
—¿Vos matarías al hombre gordo? —me preguntó Madre.
Nunca le dije mamá. Siempre fue Madre. Tenía algo de
personaje de novela rusa y algo de psicoanalista que parecía escuchar incluso
cuando estaba callada. Las preguntas que hacía nunca buscaban una respuesta
inmediata. Eran anzuelos. Uno contestaba cualquier cosa y terminaba pescándose
a sí mismo.
—¿Qué hombre gordo?
Entonces me contó la historia.
Un tranvía fuera de control avanzaba hacia cinco personas
atadas a las vías. No había tiempo. Sobre un puente había un hombre muy
corpulento. Si alguien lo empujaba, su cuerpo detendría el tranvía. Él moriría.
Los otros cinco vivirían.
—¿Lo empujarías?
No respondí.
Madre sonrió apenas. Sabía que el silencio también es una
forma de contestar.
Me explicó que era uno de los experimentos mentales más
famosos de la filosofía moral. Que los utilitaristas, desde Jeremy Bentham
hasta John Stuart Mill, dirían que sacrificar a uno para salvar a cinco podía
ser lo correcto. Que Immanuel Kant, en cambio, respondería que nadie puede ser
usado como un instrumento, aunque el resultado parezca mejor. Que hay actos que
dejan de ser humanos precisamente cuando justifican cualquier medio en nombre
de un fin.
Después me contó algo que me sorprendió más.
La mayoría de las personas cambia de respuesta cuando el
dilema es distinto. Si en lugar de empujar a un hombre solo hay que mover una
palanca para desviar el tranvía y sacrificar a una persona, muchos aceptan
hacerlo. Pero cuando las propias manos tienen que empujar un cuerpo, casi todos
retroceden.
La razón calcula. El cuerpo recuerda que matar tiene
peso.
Años después leí investigaciones del psicólogo Joshua
Greene. Descubrió que, frente al hombre gordo, el cerebro emocional se enciende
con una intensidad distinta. Como si hubiera una frontera invisible entre
provocar una muerte con un gesto mecánico y sentir el contacto de otro ser
humano cayendo por nuestra decisión.
Pero aquella tarde yo todavía no había leído nada de eso.
Solo miraba a Madre. Ella no hablaba del tranvía. Hablaba
de la vida.
Porque todos creemos que nuestras decisiones importantes
llegan anunciadas con sirenas, rieles y grandes tragedias. La verdad es
bastante más modesta. Elegimos todos los días a quién decepcionamos, qué
silencio sostenemos, qué palabra decimos demasiado tarde, qué amor dejamos ir,
qué miedo alimentamos. Nadie muere sobre unas vías, pero siempre hay algo que
queda atrás.
Con los años entendí que Madre nunca quiso saber qué
haría yo con el hombre gordo.
Quería saber si había comprendido que toda elección tiene
un costo. Que incluso cuando creemos haber salvado a todos, alguien paga un
precio. A veces otro. A veces nosotros mismos.
Todavía hoy no sé qué responder.
No sé si empujaría al hombre.
No sé si movería la palanca.
Solo sé que desde aquella conversación desconfío de
cualquiera que responda demasiado rápido. Hay preguntas que no fueron hechas
para encontrar una solución, sino para recordarnos que la condición humana
empieza exactamente dónde termina la comodidad de las certezas.
Y cada vez que alguien afirma saber con absoluta
seguridad qué es lo correcto, vuelvo a escuchar la voz de Madre, tranquila,
casi divertida:
—Pensalo un poco más.
Era su manera de enseñarme que las mejores respuestas
casi siempre llegan después de haber aprendido a convivir con la duda.

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