La geografía de las ausencias
Hay personas que un día simplemente dejan de estar. No
porque hayan muerto, sino porque la vida, con esa crueldad silenciosa que tiene
para ordenar los afectos, las empuja hacia otra historia. Uno también
desaparece de la de ellas. Así funcionan las despedidas que nunca tuvieron
ceremonia.
Al principio creemos que lo que duele es el tiempo
perdido. Después entendemos que el tiempo no se pierde. Lo que duele es
quedarse sin el lugar donde antes descansaba una parte de uno mismo.
Los años compartidos terminan siendo apenas una medida
imperfecta. Hay personas que atraviesan décadas sin dejar una sola huella, y
otras que en unos pocos meses modifican para siempre la forma en que miramos el
mundo. Porque la memoria no archiva calendarios. Conserva emociones.
Nadie recuerda exactamente todas las conversaciones, ni
cada fecha, ni cada detalle. Lo que permanece es otra cosa: la sensación de
haber sido comprendido. De haber encontrado refugio en una voz. De haber
sentido, aunque fuera por un instante, que alguien nos elegía incluso con todas
nuestras grietas.
Eso es lo que sobrevive al olvido.
Por eso descreo de quienes hablan de ganar o perder en el
amor. Si alguna vez hiciste que otra persona se sintiera menos sola en este
mundo, ya dejaste algo que el tiempo no puede confiscar. Aunque nunca vuelvan a
verse. Aunque el silencio termine ocupando el lugar de las palabras.
Quizá ésa sea la tragedia y, al mismo tiempo, la única
victoria posible. No podemos impedir que las personas se vayan. Tampoco podemos
retener el pasado. Lo único que permanece es esa parte invisible de nosotros
que continúa respirando en la memoria de otros, como una canción que alguien
sigue tarareando sin recordar dónde la escuchó por primera vez.
Al final, uno no sobrevive por las fotografías, ni por
los nombres escritos en una agenda, ni por las promesas incumplidas. Sobrevive
en la forma en que hizo sentir a los demás. En esa geografía secreta donde el
tiempo pierde, por fin, la última de sus batallas.

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