La Luna me sigue
Salgo a caminar cuando Villa Dolores todavía bosteza. Hay
un silencio raro a esta hora, como si el pueblo todavía no hubiera decidido
despertarse. Los perros ladran a nadie, el frío muerde las manos y la Luna,
enorme, blanca, obstinada, aparece sobre los techos.
Doblo por una esquina. Ella también. Cruzo la plaza. Sigue
ahí.
Camino varias cuadras y tengo la absurda sensación de que
me acompaña, de que me vigila, de que decidió hacer conmigo esos treinta y
tantos minutos de caminata que separan mi casa del trabajo.
Sé que es una ilusión. La aprendí de chico. Sin embargo,
la sensación persiste. Los ojos insisten en contarme una historia que la razón
desarma apenas interviene.
Mientras camino evoco a Paul Feyerabend.
Él desconfiaba de esa vieja certeza que heredamos casi
sin pensar: la idea de que nuestros sentidos son testigos confiables de la
realidad. Creemos que primero vemos y después entendemos. Pero quizás ocurra
exactamente al revés. Tal vez vemos según aquello que ya aprendimos a
interpretar.
La Luna no me sigue. Pero mis ojos fabrican un mundo
donde eso parece suceder. Y el problema no termina ahí. Porque tampoco el
lenguaje es inocente. Decimos "la Luna sale", "el Sol se
pone", "el cielo está quieto". Ninguna de esas frases describe
literalmente lo que ocurre. Son acuerdos. Atajos. Metáforas tan antiguas que
terminaron disfrazándose de realidad.
No vemos el mundo. Vemos una traducción del mundo. Los
viejos escépticos ya sospechaban algo parecido. Se preguntaban qué ocurriría si
existieran fenómenos para los cuales la especie humana no posee ningún sentido.
¿Cómo descubriríamos aquello que, por definición, no podemos percibir?
Es una pregunta inquietante.
Los murciélagos dibujan el espacio con ultrasonidos. Las
serpientes perciben el calor. Las abejas distinguen patrones ultravioletas
invisibles para nosotros. Cada especie habita un universo distinto construido
por sus sentidos.
¿Y si el nuestro fuera apenas una versión diminuta de
algo infinitamente más vasto?
La ciencia respondió ampliando nuestros ojos. Inventó
telescopios, microscopios, radiotelescopios y detectores capaces de registrar
partículas que jamás veremos directamente. Pero Feyerabend volvió a sembrar la
incomodidad: tampoco los instrumentos hablan por sí solos. Siempre hace falta
una teoría que les dé sentido. Hasta la evidencia necesita un intérprete. Mucho
antes, Nicolás de Cusa había llegado a una intuición semejante. La llamó “docta
ignorancia”. No era un elogio de la ignorancia, sino una crítica a la
arrogancia intelectual. El verdadero sabio no es quien cree haber llegado al
final del conocimiento, sino quien comprende que cada respuesta abre una
pregunta todavía mayor.
Pienso en eso mientras sigo caminando.
Vivimos en una época donde todo el mundo parece tener una
opinión definitiva sobre cualquier asunto. Las redes sociales convirtieron la
duda en un defecto. El algoritmo premia las certezas rotundas, los diagnósticos
instantáneos, las explicaciones simples para problemas complejos. Decir
"no lo sé" casi parece un acto de cobardía.
Y, sin embargo, quizá sea una de las frases más
inteligentes que un ser humano puede pronunciar. Porque la ignorancia peligrosa
nunca fue la del que desconoce. Siempre fue la del que cree haber entendido el
universo después de leer un hilo de Twitter, mirar un video de un minuto o
memorizar cuatro citas de filósofos que jamás leyó completos.
Sigo caminando.
La Luna continúa sobre mi hombro, paciente, como si
realmente me estuviera siguiendo. Ya no me interesa demostrar que es una
ilusión óptica. Prefiero pensar que funciona como una metáfora.
Cada uno carga su propia Luna: esa pequeña certeza que
parece acompañarnos a todas partes y que confundimos con la realidad.
Quizá vivir consista en eso. En aprender, una y otra vez,
que el mundo siempre es mucho más grande que nuestros ojos, mucho más complejo
que nuestras palabras y mucho más misterioso que nuestras certezas.


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