El falso erotismo del “haiga” o como enseñar a conjugar
verbos y terminen conjugando tu ausencia.
Había una época en la que yo creía que el amor también
consistía en corregirle las conjugaciones a alguien.
Una mezcla extraña entre Pigmalión, profesor suplente de
Lengua y boludo emocional con vocación de servicio.
—“Haiga”, decía ella.
—“Haya”, corregía yo, con la paciencia pedagógica de un
monje franciscano criado entre manuales Kapelusz.
Y así seguíamos.
La educación sentimental argentina muchas veces ocurre en
lugares rarísimos: colectivos interurbanos, patios con olor a jazmín, bares
donde sirven café quemado y camas donde alguien te dice “vinistes” mientras te
muerde el cuello como si estuviera redactando una tesis sobre el caos
lingüístico nacional.
Algunos nos enamoramos de la inteligencia.
Otros de la belleza. Y después está la vida que en una situación
erótica te resume todo así:
—Háblame mal…
—Haiga, cocreta, dentrífico, agusto…
—¡No pares!
—Moustro, andé, vinistes…
Conclusión: existe un extraño erotismo en el caos. Y el
desastre humano suele tener un magnetismo difícil de explicar.
Roland Barthes decía que el lenguaje es una piel: uno
frota su lenguaje contra el otro. El problema es que a veces terminás haciendo
de profesor particular cuando lo único que querías era enamorarte.
Yo pasé por situaciones así. Peor todavía: las enseñé.
Las corregí con amor genuino, como quien acomoda un cuadro torcido en una casa
ajena. Les regalé libros. Les expliqué quién era Borges. Les mostré por qué
Jorge Luis Borges podía convertir un laberinto en una tragedia metafísica y
cómo Albert Camus hacía elegante hasta el absurdo de existir.
Les enseñé la diferencia entre “haber” y “a ver”. Entre
“hay” y “ahí”.
Entre amar y necesitar validación masculina en cuotas sin
interés. Y después se fueron.
Porque el problema de educar emocionalmente a alguien es
que un día aprende suficiente para abandonarte con mejor vocabulario.
Es una tragedia profundamente latinoamericana. Uno
invierte años intentando transformar el caos ajeno mientras el propio se pudre
silenciosamente abajo de la alfombra.
Recuerdo una madrugada en Villa Dolores. Lloviznaba. El
televisor estaba prendido sin volumen. Sonaba Caminando por el lado salvaje de
Lou Reed de fondo desde un celular viejo. Ella me preguntó qué significaba
“alienación”. Yo intenté explicárselo usando ejemplos del supermercado, de
Instagram, del capitalismo tardío y de la tristeza contemporánea. Me escuchaba
fascinada, fumando despacio, como si yo fuera una mezcla de filósofo francés y
remisero deprimido.
Meses después me dejó por un tipo que escribía “ola bb”.
Ahí entendí todo.
La cultura no salva a nadie. La gramática tampoco. Y el
amor muchísimo menos.
Porque a veces uno no está enamorado de la persona, sino
del proyecto pedagógico.
De esa fantasía arrogante de creer que podemos mejorarle
la vida a alguien solamente porque le prestamos nuestros libros subrayados,
nuestras canciones favoritas o nuestras pequeñas sofisticaciones de clase media
ilustrada.
Pero la gente no quiere ser corregida. Quiere ser
querida. Y quizás ahí estaba el error.
Tal vez el verdadero amor no consistía en transformar a
nadie. Ni en pulirle las palabras como quien restaura una iglesia colonial
llena de humedad. Tal vez amar era aceptar incluso el “haiga”, el “vinistes”,
el “agusto”, como parte de esa precariedad hermosa y desastrosa que tienen los
seres humanos.
Aunque confieso algo: si alguien me vuelve a decir “dentrífico” mientras me abraza probablemente me enamore otra vez. Porque uno envejece, lee filosofía, sobrevive al país, entiende a Arthur Schopenhauer, aprende sobre vínculos, duelo y narcisismo pero sigue cayendo por las mismas catástrofes.
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