Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Las Malvinas también juegan


 

Las Malvinas también juegan

 

Argentina volvió a derrotar a Inglaterra en un Mundial. Otra vez. Como si la historia, caprichosa y obstinada, insistiera en escribir el mismo capítulo con protagonistas distintos. Ya no estaban Rattín discutiendo con un árbitro alemán que no hablaba su idioma. Ya no estaba Maradona dibujando con la zurda la carrera más hermosa de la historia del fútbol. Ya no estaban los penales de Saint-Étienne ni Beckham expulsado. Estaban estos pibes, nacidos muchos años después de 1982, llevando sobre los hombros una memoria que no vivieron, pero que heredaron.

Cuando terminó el partido desplegaron una bandera sencilla. Apenas una tela blanca y unas letras negras escritas sin pretensiones estéticas: "Las Malvinas son Argentinas".

No fue una jugada preparada. No cambió el resultado. No agregó un gol al marcador. Pero transformó un festejo deportivo en un gesto que excede al fútbol.

Siempre aparecen quienes repiten que deporte y política no deben mezclarse. Lo curioso es que esa frase suele pronunciarse únicamente cuando la política les incomoda. Porque el fútbol nunca fue un laboratorio estéril. Siempre cargó con las cicatrices de los pueblos, con sus orgullos, sus derrotas y sus memorias.

Las Malvinas no son una consigna de ocasión. Son una ausencia. Un nombre pronunciado en las escuelas, en las familias de los excombatientes, en los cementerios donde todavía hay cruces mirando un viento que no entiende de diplomacias. Para un argentino, esas dos palabras nunca son indiferentes.

Quizá por eso la imagen duele y emociona al mismo tiempo. No porque resuelva un conflicto internacional. No porque una bandera pueda modificar la geografía. Sino porque recuerda que los pueblos también conservan memoria a través de sus símbolos.

En 1966 expulsaron a Rattín como si hubiera encarnado la insolencia de todo un país. En 1986 Maradona respondió con fútbol, con picardía y con una obra de arte. En 1998 otra vez hubo tensión, penales y heridas abiertas. En 2002 Inglaterra volvió a imponerse desde los doce pasos. Y ahora, en 2026, otra generación escribió su propia página.

No creo que el fútbol cure las heridas de la historia. Pero, a veces, las ilumina durante noventa minutos.

Mientras los jugadores abrazaban esa bandera improvisada, pensé que millones de argentinos no estaban viendo únicamente una semifinal. Estaban mirando una fotografía donde el deporte, la memoria y la identidad volvían a encontrarse. Es que hay partidos que se ganan con goles y otros que se juegan en un territorio mucho más difícil de explicar. Y ese territorio, para nosotros, sigue teniendo dos nombres que el tiempo se niega a borrar.

Malvinas Argentinas.




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