Las Malvinas también juegan
Argentina volvió a derrotar a Inglaterra en un Mundial.
Otra vez. Como si la historia, caprichosa y obstinada, insistiera en escribir
el mismo capítulo con protagonistas distintos. Ya no estaban Rattín discutiendo
con un árbitro alemán que no hablaba su idioma. Ya no estaba Maradona dibujando
con la zurda la carrera más hermosa de la historia del fútbol. Ya no estaban
los penales de Saint-Étienne ni Beckham expulsado. Estaban estos pibes, nacidos
muchos años después de 1982, llevando sobre los hombros una memoria que no
vivieron, pero que heredaron.
Cuando terminó el partido desplegaron una bandera
sencilla. Apenas una tela blanca y unas letras negras escritas sin pretensiones
estéticas: "Las Malvinas son Argentinas".
No fue una jugada preparada. No cambió el resultado. No
agregó un gol al marcador. Pero transformó un festejo deportivo en un gesto que
excede al fútbol.
Siempre aparecen quienes repiten que deporte y política
no deben mezclarse. Lo curioso es que esa frase suele pronunciarse únicamente
cuando la política les incomoda. Porque el fútbol nunca fue un laboratorio
estéril. Siempre cargó con las cicatrices de los pueblos, con sus orgullos, sus
derrotas y sus memorias.
Las Malvinas no son una consigna de ocasión. Son una
ausencia. Un nombre pronunciado en las escuelas, en las familias de los
excombatientes, en los cementerios donde todavía hay cruces mirando un viento
que no entiende de diplomacias. Para un argentino, esas dos palabras nunca son
indiferentes.
Quizá por eso la imagen duele y emociona al mismo tiempo.
No porque resuelva un conflicto internacional. No porque una bandera pueda
modificar la geografía. Sino porque recuerda que los pueblos también conservan
memoria a través de sus símbolos.
En 1966 expulsaron a Rattín como si hubiera encarnado la
insolencia de todo un país. En 1986 Maradona respondió con fútbol, con picardía
y con una obra de arte. En 1998 otra vez hubo tensión, penales y heridas
abiertas. En 2002 Inglaterra volvió a imponerse desde los doce pasos. Y ahora,
en 2026, otra generación escribió su propia página.
No creo que el fútbol cure las heridas de la historia.
Pero, a veces, las ilumina durante noventa minutos.
Mientras los jugadores abrazaban esa bandera improvisada,
pensé que millones de argentinos no estaban viendo únicamente una semifinal.
Estaban mirando una fotografía donde el deporte, la memoria y la identidad
volvían a encontrarse. Es que hay partidos que se ganan con goles y otros que
se juegan en un territorio mucho más difícil de explicar. Y ese territorio,
para nosotros, sigue teniendo dos nombres que el tiempo se niega a borrar.
Malvinas Argentinas.


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