Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Inglaterra siempre vuelve


 

Inglaterra siempre vuelve

 

Argentina Inglaterra un clásico que se juega hace 60 años. Cada vez que el fixture decide cruzarlas, no juegan solamente once contra once. Saltan a la cancha las fotografías amarillentas, las discusiones familiares, los relatos radiales, los abrazos, las derrotas, los fantasmas y las alegrías que un pueblo se niega a olvidar.

En 1966, en Wembley, Antonio Rattín fue expulsado sin entender una palabra de lo que decía el árbitro alemán Rudolf Kreitlein. No existían las tarjetas rojas. Existía la humillación. El capitán argentino tardó varios minutos en abandonar el campo, se sentó sobre la alfombra reservada para la reina de Inglaterra y dejó una imagen que todavía incomoda al protocolo. Los ingleses llamaron a los argentinos "animales". Los argentinos regresaron convencidos de que el partido había sido mucho más que fútbol.

Veinte años después, México 1986 convirtió aquella herida en leyenda. Diego Maradona escribió, en apenas cuatro minutos, dos de los goles más famosos de la historia. Primero, la picardía eterna de la Mano de Dios. Después, la obra maestra que burló medio equipo inglés y terminó siendo bautizada como el Gol del Siglo. Argentina ganó 2 a 1 y terminaría levantando la Copa. No fue una revancha de ninguna guerra; fue una reivindicación futbolística de un equipo que tenía al mejor jugador del planeta.

En Francia 1998 volvió el drama. Michael Owen marcó uno de los goles más extraordinarios de los mundiales, pero Argentina respondió con personalidad. El empate llevó la historia a los penales y allí apareció la sangre fría de una generación que también supo sufrir. Los ingleses regresaron a casa otra vez.

En Corea-Japón 2002 el péndulo se inclinó hacia ellos. El penal convertido por David Beckham significó una derrota dolorosa para una Argentina que llegaba como favorita y terminaría eliminada en primera ronda. Aquella victoria inglesa fue durante mucho tiempo una cuenta pendiente para el fútbol argentino.

Y ahora, en 2026, la historia volvió a llamar a la puerta.

Otra semifinal. Otra tensión. Otra vez el mundo mirando un partido que jamás consigue desprenderse de su peso histórico. Inglaterra golpeó primero, pero Argentina hizo lo que mejor sabe hacer cuando parece estar contra las cuerdas: resistir. Y después golpear. Enzo Fernández empató cuando el reloj empezaba a cerrarse. Lautaro Martínez terminó de escribir la remontada. El 2 a 1 abrió nuevamente la puerta de una final mundialista.

Mientras tanto, en la Argentina, ocurrió lo de siempre.

Las plazas comenzaron a llenarse. Los chicos colgados de las ventanillas. Los abuelos abrazándose como si volvieran a ser jóvenes. Las camisetas celestes y blancas mezclándose con lágrimas que no eran solamente deportivas. Porque este país festeja con una intensidad que muchas veces nace de todo lo que le duele.

Se celebra un gol, sí. Pero también la posibilidad de olvidar por un rato las cuentas que no alcanzan, las incertidumbres cotidianas, los trabajos que escasean, las noticias que cansan. El fútbol no resuelve ninguna de esas cosas. Pero durante una noche consigue algo que pocas actividades logran: millones de personas sienten exactamente la misma emoción al mismo tiempo. Eso no tiene precio.

Los argentinos sabemos sufrir. Lo aprendimos demasiado bien. Tal vez por eso también sabemos festejar como pocos. Cada triunfo importante parece una pequeña victoria contra el desaliento cotidiano.

Inglaterra seguirá siendo un rival enorme. La historia continuará escribiendo nuevos capítulos. Pero esta noche el marcador volvió a inclinarse hacia el mismo lado donde alguna vez corrió Maradona, donde resistió Rattín y donde tantas generaciones aprendieron que la memoria también puede vestirse de camiseta.

Porque hay partidos que terminan cuando suena el silbato. Y hay otros que siguen latiendo durante décadas en el corazón de un pueblo.

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