Batman, Tinder y el
vacío con papas españolas
Una cita rara, excéntrica, loca o no sabría como
definirla. Esta comenzó con un hombre vestido de Batman abriendo la puerta de
su departamento.
Mariana tenía 29 años y había conocido a Gonzalo en
Tinder. Habían hablado durante una semana. Nada extraordinario: mensajes,
preguntas de rigor, alguna foto, cierta química digital. Esa extraña etapa
contemporánea en la que dos desconocidos intentan decidir si vale la pena
abandonar el teléfono para encontrarse con la versión tridimensional del otro.
Gonzalo parecía normal. O al menos todo lo normal que
puede parecer alguien dentro de Tinder. La invitó a cenar a su departamento.
Había preparado un vacío con papas españolas. Había vino tinto. Había velas,
aparentemente. Había comida.
Todo parecía indicar que aquella noche podía convertirse
en una historia romántica.
Hasta que Mariana tocó el timbre.
Esperó. La puerta se abrió. Y apareció Batman.
No una remera de Batman. No un antifaz. No un pequeño
detalle nerd, de esos que uno puede tolerar con una sonrisa.
Batman. Entero. Traje negro. Capa. Guantes. Cinturón. Y,
sobre todo, la máscara. La misma máscara con la que el hombre había decidido
recibir a una mujer que conocía por primera vez.
Mariana, que evidentemente tenía un saludable sentido del
humor, intentó salvar la situación.
—¿Querés que sea tu Batichica?
Era una buena salida. Una manera elegante de decir: “No
sé qué está pasando, pero todavía estoy acá.”
Gonzalo sonrió. Y no se quitó la máscara. La invitó a
pasar. Mariana entró.
El departamento olía a comida. El vacío estaba en el
horno. Las papas esperaban su destino. Sobre la mesa había dos copas y una
botella de vino.
Todo aquello tenía una lógica. Excepto Batman.
Y ahí aparece una de las grandes preguntas de nuestro
tiempo: ¿cuánto tiempo puede una persona sostener una identidad ficticia antes
de que deje de ser un juego y empiece a convertirse en una declaración de
principios?
Porque una cosa es ponerse una máscara para una fiesta. Otra
muy distinta es cenar con ella.
Gonzalo sirvió el vino. Batman sirviendo Malbec.
Hay imágenes que la literatura no debería intentar
mejorar.
Mariana se sentó frente a él. Él continuó con la máscara
puesta. Hablaron. Ella intentó conocer al hombre detrás del personaje.
El problema era bastante literal: el hombre estaba detrás
del personaje. Y Batman no parecía dispuesto a retirarse.
Mariana tampoco se animó a sacar una fotografía. Temía
que el héroe de Gotham interpretara el gesto como una falta de respeto. Así que
cenaron. Un hombre disfrazado de Batman y una mujer que probablemente había
entrado a aquel departamento esperando encontrar a Gonzalo. No encontró a
Gonzalo. Encontró a Bruce Wayne, aunque sin mansión, sin mayordomo y con un
vacío en el horno.
La situación podría haber sido simplemente graciosa si no
fuera porque debajo de toda aquella escena ridícula aparece algo bastante más
interesante.
Tinder nos enseñó a elegir personas como si fueran
personajes. Deslizamos hacia un lado o hacia el otro. Una fotografía. Una
descripción. Dos o tres intereses. Una frase ingeniosa. Una profesión. Una
canción favorita. Construimos una versión de nosotros mismos. Y después llega
el encuentro. El problema es que a veces la máscara no se cae.
Vivimos en una época en la que todos tenemos un pequeño
Batman interior. Algunos lo muestran en Instagram. Otros en LinkedIn. Otros en
Tinder. Otros directamente se presentan a cenar con capa.
Gonzalo, al menos, tuvo la honestidad de llevar su
personaje hasta las últimas consecuencias. No fingió ser normal. Eso hay que
reconocérselo.
Mariana, mientras tanto, hizo algo todavía más
extraordinario: se quedó a cenar.
Quizás por curiosidad. Quizás porque el vacío olía bien. Quizás
porque después de tantos perfiles cuidadosamente construidos en Tinder,
descubrir que alguien era literalmente un hombre disfrazado de Batman
resultaba, de algún modo, más sincero que cualquier biografía de tres párrafos.
La cena terminó. Él le preguntó si quería quedarse. Ella
dijo que era tarde. Y entonces ocurrió lo inesperado. Gonzalo se quitó la
máscara. Por primera vez durante toda la noche apareció el rostro del hombre. Los
dos se rieron.
Quizás porque ya no quedaba otra cosa por hacer. Mariana
se fue. No hubo sexo. No hubo romance. No hubo segunda cita. Solo quedó esa
historia.
Una de esas historias que parecen inventadas por alguien
que pasó demasiadas horas mirando el techo a las tres de la mañana. Y sin
embargo hay algo profundamente humano en ella. Porque todos llevamos alguna
máscara a nuestras primeras citas.
Algunos llevan la del seductor. Otros la del intelectual.
Otros la del tipo sensible. Otros la del hombre exitoso que tiene su vida
perfectamente organizada. Hay quienes llevan la máscara del indiferente para
que nadie descubra que están desesperados por gustar.
Y hay quienes, como Gonzalo, directamente llevan la de
Batman. La diferencia es que él tuvo la cortesía de avisar. Quizás por eso la
verdadera pregunta de aquella noche no sea por qué Gonzalo estaba vestido de
Batman. La pregunta es otra: ¿cuántos de nosotros nos presentamos todos los
días ante los demás disfrazados de alguien que creemos que deberíamos ser?
Gonzalo, por lo menos, llevó capa. Y preparó el vacío.
No sé ustedes, pero entre tanta gente que miente sobre
quién es, casi prefiero al loco que aparece con máscara, sirve vino y dice, sin
decirlo: Este soy yo. Aunque sea Batman.

Excelente me fascinó
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