Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Batman, Tinder y el vacío con papas españolas

 

Batman, Tinder y el vacío con papas españolas

 

Una cita rara, excéntrica, loca o no sabría como definirla. Esta comenzó con un hombre vestido de Batman abriendo la puerta de su departamento.

Mariana tenía 29 años y había conocido a Gonzalo en Tinder. Habían hablado durante una semana. Nada extraordinario: mensajes, preguntas de rigor, alguna foto, cierta química digital. Esa extraña etapa contemporánea en la que dos desconocidos intentan decidir si vale la pena abandonar el teléfono para encontrarse con la versión tridimensional del otro.

Gonzalo parecía normal. O al menos todo lo normal que puede parecer alguien dentro de Tinder. La invitó a cenar a su departamento. Había preparado un vacío con papas españolas. Había vino tinto. Había velas, aparentemente. Había comida.

Todo parecía indicar que aquella noche podía convertirse en una historia romántica.

Hasta que Mariana tocó el timbre.

Esperó. La puerta se abrió. Y apareció Batman.

No una remera de Batman. No un antifaz. No un pequeño detalle nerd, de esos que uno puede tolerar con una sonrisa.

Batman. Entero. Traje negro. Capa. Guantes. Cinturón. Y, sobre todo, la máscara. La misma máscara con la que el hombre había decidido recibir a una mujer que conocía por primera vez.

Mariana, que evidentemente tenía un saludable sentido del humor, intentó salvar la situación.

—¿Querés que sea tu Batichica?

Era una buena salida. Una manera elegante de decir: “No sé qué está pasando, pero todavía estoy acá.”

Gonzalo sonrió. Y no se quitó la máscara. La invitó a pasar. Mariana entró.

El departamento olía a comida. El vacío estaba en el horno. Las papas esperaban su destino. Sobre la mesa había dos copas y una botella de vino.

Todo aquello tenía una lógica. Excepto Batman.

Y ahí aparece una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿cuánto tiempo puede una persona sostener una identidad ficticia antes de que deje de ser un juego y empiece a convertirse en una declaración de principios?

Porque una cosa es ponerse una máscara para una fiesta. Otra muy distinta es cenar con ella.

Gonzalo sirvió el vino. Batman sirviendo Malbec.

Hay imágenes que la literatura no debería intentar mejorar.

Mariana se sentó frente a él. Él continuó con la máscara puesta. Hablaron. Ella intentó conocer al hombre detrás del personaje.

El problema era bastante literal: el hombre estaba detrás del personaje. Y Batman no parecía dispuesto a retirarse.

Mariana tampoco se animó a sacar una fotografía. Temía que el héroe de Gotham interpretara el gesto como una falta de respeto. Así que cenaron. Un hombre disfrazado de Batman y una mujer que probablemente había entrado a aquel departamento esperando encontrar a Gonzalo. No encontró a Gonzalo. Encontró a Bruce Wayne, aunque sin mansión, sin mayordomo y con un vacío en el horno.

La situación podría haber sido simplemente graciosa si no fuera porque debajo de toda aquella escena ridícula aparece algo bastante más interesante.

Tinder nos enseñó a elegir personas como si fueran personajes. Deslizamos hacia un lado o hacia el otro. Una fotografía. Una descripción. Dos o tres intereses. Una frase ingeniosa. Una profesión. Una canción favorita. Construimos una versión de nosotros mismos. Y después llega el encuentro. El problema es que a veces la máscara no se cae.

Vivimos en una época en la que todos tenemos un pequeño Batman interior. Algunos lo muestran en Instagram. Otros en LinkedIn. Otros en Tinder. Otros directamente se presentan a cenar con capa.

Gonzalo, al menos, tuvo la honestidad de llevar su personaje hasta las últimas consecuencias. No fingió ser normal. Eso hay que reconocérselo.

Mariana, mientras tanto, hizo algo todavía más extraordinario: se quedó a cenar.

Quizás por curiosidad. Quizás porque el vacío olía bien. Quizás porque después de tantos perfiles cuidadosamente construidos en Tinder, descubrir que alguien era literalmente un hombre disfrazado de Batman resultaba, de algún modo, más sincero que cualquier biografía de tres párrafos.

La cena terminó. Él le preguntó si quería quedarse. Ella dijo que era tarde. Y entonces ocurrió lo inesperado. Gonzalo se quitó la máscara. Por primera vez durante toda la noche apareció el rostro del hombre. Los dos se rieron.

Quizás porque ya no quedaba otra cosa por hacer. Mariana se fue. No hubo sexo. No hubo romance. No hubo segunda cita. Solo quedó esa historia.

Una de esas historias que parecen inventadas por alguien que pasó demasiadas horas mirando el techo a las tres de la mañana. Y sin embargo hay algo profundamente humano en ella. Porque todos llevamos alguna máscara a nuestras primeras citas.

Algunos llevan la del seductor. Otros la del intelectual. Otros la del tipo sensible. Otros la del hombre exitoso que tiene su vida perfectamente organizada. Hay quienes llevan la máscara del indiferente para que nadie descubra que están desesperados por gustar.

Y hay quienes, como Gonzalo, directamente llevan la de Batman. La diferencia es que él tuvo la cortesía de avisar. Quizás por eso la verdadera pregunta de aquella noche no sea por qué Gonzalo estaba vestido de Batman. La pregunta es otra: ¿cuántos de nosotros nos presentamos todos los días ante los demás disfrazados de alguien que creemos que deberíamos ser?

Gonzalo, por lo menos, llevó capa. Y preparó el vacío.

No sé ustedes, pero entre tanta gente que miente sobre quién es, casi prefiero al loco que aparece con máscara, sirve vino y dice, sin decirlo: Este soy yo. Aunque sea Batman.


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"Los lectores de Crónicas"

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