Borges y el ruido del mundo
Este 14 de junio se cumplen cuarenta años de la muerte de
Jorge Luis Borges.
Decirlo así resulta extraño. Borges pertenece a esa rara
estirpe de escritores cuya muerte nunca termina de consumarse. Uno abre
cualquiera de sus libros y allí vuelve a estar: caminando por Buenos Aires,
imaginando bibliotecas infinitas, dialogando con los muertos, perdiéndose en un
laberinto o encontrando en un tigre una forma de eternidad.
Para mí, Borges fue algo más que un escritor. Fue una
especie de padre putativo.
No porque me enseñara a escribir. Nadie puede enseñar
eso. Escribir es una batalla privada que cada uno libra a su manera. Pero
Borges me enseñó algo más importante: a leer.
Aunque la verdad es que lo conocí antes de leerlo. O,
mejor dicho, lo vi antes de comprenderlo.
Tenía casi diez años cuando mi tía María Angustias me
llevó a la Feria del Libro de 1978. No sabía que estaba entrando a uno de esos
recuerdos que tardan décadas en revelar su importancia.
La feria funcionaba en el viejo Centro Municipal de
Exposiciones. Nada que ver con los enormes pabellones de hoy. Aquello parecía
más un galpón que un templo de la cultura. Un galpón inmenso donde se mezclaban
el olor de la tinta, la humedad, el papel recién impreso y el murmullo
incesante de la gente.
Recuerdo los pasillos angostos, los libros apilados, las
voces que se superponían unas sobre otras y ese ruido constante, semejante al
de una colmena.
Mi tía caminaba decidida. Yo la seguía. En realidad no
estaba allí por los libros. Estaba allí por ella. Entonces ocurrió.
Primero fue un murmullo. Después una especie de
movimiento colectivo. Como esas bandadas de pájaros que cambian de dirección al
mismo tiempo sin que nadie dé una orden. La multitud comenzó a desplazarse. Y
en el centro de ese movimiento apareció Borges.
No estaba sobre un escenario. No había ceremonias ni
distancias respetuosas. Estaba rodeado por la gente. Le acercaban libros. Le
hablaban. Lo tocaban. Lo llamaban.
Más que caminar, parecía ser llevado por la multitud.
—Es Borges —me dijo mi tía. Lo observé. Y recuerdo algo
que me acompañó durante años. No vi un genio. No vi una celebridad. Vi a un
hombre. Un hombre quieto en medio de un torbellino.
Su rostro parecía inclinado hacia una conversación
secreta. Como si escuchara algo que estaba más allá del ruido. Y tuve una
sensación extraña, una de esas intuiciones que los chicos no saben explicar.
Pensé que todos lo querían demasiado. Que lo estaban
sofocando un poco. Retrocedimos. Mi tía me sostuvo la mano mientras
observábamos desde lejos. No entendí quién era Borges. No entendí por qué
aquella gente se apretaba para acercarse. No entendí la importancia de lo que
estaba viendo. Pero algo quedó.
Un eco. Una imagen. Una semilla.
Años después volví a encontrarme con él. Esta vez en los
libros. Y comprendí lo que aquella multitud buscaba.
Porque Borges no era solamente un escritor. Era un lector
extraordinario que había hecho de la lectura una forma de felicidad.
Antes de Borges yo creía que los libros servían para
contar historias.
Después descubrí que podían servir para pensar el tiempo,
la memoria, la identidad, el destino y los infinitos caminos que toma la
imaginación humana.
Con Borges entendí que la literatura podía ser una
aventura intelectual sin dejar de ser una emoción. Muchos llegan a él
intimidados por su fama de erudito.
Es un error.
Detrás de las citas en inglés antiguo, de las referencias
nórdicas y de los laberintos metafísicos, habitaba un hombre profundamente
curioso. Un lector enamorado de los libros. Tal vez por eso sigue siendo
moderno. Porque nunca escribió para exhibir conocimientos. Escribió para
compartir asombros.
En más de cuarenta años de oficio aprendí que escribir es
aceptar una derrota permanente. Ningún texto termina pareciéndose del todo a
aquello que imaginamos. Siempre falta una palabra. Siempre sobra una frase.
Siempre hay una página mejor que la que acabamos de escribir.
Borges lo sabía. Por eso desconfiaba de las certezas. Y
por eso prefería hablar de los libros que había leído antes que de los que
había escrito.
Hay una frase suya que regresa a mi memoria una y otra
vez: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me
enorgullecen las que he leído."
Quizás allí resida parte de su grandeza. En la humildad
del lector. En la conciencia de que la literatura es una conversación infinita
donde nadie posee la última palabra.
Cuarenta años después de su muerte, Borges sigue
conversando con nosotros. Lo hace desde sus cuentos, desde sus poemas, desde
sus conferencias y también desde la memoria de quienes alguna vez lo vieron
pasar entre la multitud.
Yo conservo esa imagen. Un galpón lleno de ruido. La mano
firme de mi tía María Angustias. Un niño que todavía no sabía quién era Borges.
Y un hombre rodeado por lectores que buscaban acercarse a él como quien intenta
tocar algo que presiente inmortal.
Con los años entendí que aquella tarde no estaba viendo
solamente a un escritor.
Estaba viendo una forma de la literatura. Una literatura
imperfecta, desordenada, multitudinaria y viva. La misma literatura que sigue
sobreviviendo a las modas, a los gobiernos, a las tecnologías y al paso del
tiempo. Por eso, cuando pienso en Borges, no pienso primero en los espejos ni
en los laberintos. Pienso en aquel hombre tratando de respirar en medio de una
multitud que lo admiraba.
Pienso en mi tía llevándome de la mano. Y pienso que, sin
saberlo, aquel día comenzó una conversación que ya lleva casi cinco décadas.
La conversación de un lector con uno de sus maestros. La
conversación de un hijo literario con su padre putativo.
Jose Luis Colombini


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