INSTRUCCIONES PARA NAVEGAR POR CRONICAS DEL DESVELO

Bienvenido. Este blog llamado Crónicas del desvelo (https://elgatodelespejo.blogspot.com/) contiene muchos más materiales de los que aparecen en la pantalla inicial. Al ingresar, verá las siete publicaciones más recientes. Cuando llegue al final de la página, encontrará la opción “ENTRADAS ANTIGUAS”. Al hacer clic allí accederá a cinco publicaciones anteriores. Puede repetir este procedimiento sucesivamente hasta llegar a los primeros textos publicados en el blog. En la barra lateral izquierda encontrará el menú “Habitaciones conectadas” (Etiquetas), donde están organizadas las distintas categorías. Si desea leer poemas o textos de una categoría o etiqueta determinada, simplemente haga clic sobre ella. Se abrirán todas las publicaciones relacionadas con esa etiqueta. Si no aparecen todas en una sola página, al final encontrará nuevamente las opciones “ENTRADAS MÁS RECIENTES”, “PÁGINA PRINCIPAL” y “ENTRADAS ANTIGUAS”. Haciendo clic en “ENTRADAS ANTIGUAS” podrá seguir explorando más contenidos vinculados a ese tema. También dispone de un “BUSCADOR”. Allí puede escribir el nombre de un tema, un texto, un verso o una crónica. El blog le mostrará todas las publicaciones relacionadas con su búsqueda. Debajo del buscador encontrará el menú “Mapa de crónicas” . Allí se muestran los títulos de las publicaciones del mes en curso y un listado de meses anteriores. Al hacer clic sobre un mes podrá ver las entradas publicadas durante ese período y acceder a ellas. De esta manera podrá recorrer el blog año por año y mes por mes. Si lo desea, puede dejar sus comentarios al final de cada publicación haciendo clic en “COMENTARIOS”. Este blog se actualiza periódicamente, por lo que siempre podrá encontrar nuevos poemas, crónicas, ensayos, fotografías, videos e imágenes. Gracias por visitar Crónicas del desvelo. Que encuentre aquí alguna palabra que merezca acompañarlo un poco más allá de la pantalla.

Borges y el ruido del mundo

Borges y el ruido del mundo

 

Este 14 de junio se cumplen cuarenta años de la muerte de Jorge Luis Borges.

Decirlo así resulta extraño. Borges pertenece a esa rara estirpe de escritores cuya muerte nunca termina de consumarse. Uno abre cualquiera de sus libros y allí vuelve a estar: caminando por Buenos Aires, imaginando bibliotecas infinitas, dialogando con los muertos, perdiéndose en un laberinto o encontrando en un tigre una forma de eternidad.

Para mí, Borges fue algo más que un escritor. Fue una especie de padre putativo.

No porque me enseñara a escribir. Nadie puede enseñar eso. Escribir es una batalla privada que cada uno libra a su manera. Pero Borges me enseñó algo más importante: a leer.

Aunque la verdad es que lo conocí antes de leerlo. O, mejor dicho, lo vi antes de comprenderlo.

Tenía casi diez años cuando mi tía María Angustias me llevó a la Feria del Libro de 1978. No sabía que estaba entrando a uno de esos recuerdos que tardan décadas en revelar su importancia.

La feria funcionaba en el viejo Centro Municipal de Exposiciones. Nada que ver con los enormes pabellones de hoy. Aquello parecía más un galpón que un templo de la cultura. Un galpón inmenso donde se mezclaban el olor de la tinta, la humedad, el papel recién impreso y el murmullo incesante de la gente.

Recuerdo los pasillos angostos, los libros apilados, las voces que se superponían unas sobre otras y ese ruido constante, semejante al de una colmena.

Mi tía caminaba decidida. Yo la seguía. En realidad no estaba allí por los libros. Estaba allí por ella. Entonces ocurrió.

Primero fue un murmullo. Después una especie de movimiento colectivo. Como esas bandadas de pájaros que cambian de dirección al mismo tiempo sin que nadie dé una orden. La multitud comenzó a desplazarse. Y en el centro de ese movimiento apareció Borges.

No estaba sobre un escenario. No había ceremonias ni distancias respetuosas. Estaba rodeado por la gente. Le acercaban libros. Le hablaban. Lo tocaban. Lo llamaban.

Más que caminar, parecía ser llevado por la multitud.

—Es Borges —me dijo mi tía. Lo observé. Y recuerdo algo que me acompañó durante años. No vi un genio. No vi una celebridad. Vi a un hombre. Un hombre quieto en medio de un torbellino.

Su rostro parecía inclinado hacia una conversación secreta. Como si escuchara algo que estaba más allá del ruido. Y tuve una sensación extraña, una de esas intuiciones que los chicos no saben explicar.

Pensé que todos lo querían demasiado. Que lo estaban sofocando un poco. Retrocedimos. Mi tía me sostuvo la mano mientras observábamos desde lejos. No entendí quién era Borges. No entendí por qué aquella gente se apretaba para acercarse. No entendí la importancia de lo que estaba viendo. Pero algo quedó.

Un eco. Una imagen. Una semilla.

Años después volví a encontrarme con él. Esta vez en los libros. Y comprendí lo que aquella multitud buscaba.

Porque Borges no era solamente un escritor. Era un lector extraordinario que había hecho de la lectura una forma de felicidad.

Antes de Borges yo creía que los libros servían para contar historias.

Después descubrí que podían servir para pensar el tiempo, la memoria, la identidad, el destino y los infinitos caminos que toma la imaginación humana.

Con Borges entendí que la literatura podía ser una aventura intelectual sin dejar de ser una emoción. Muchos llegan a él intimidados por su fama de erudito.

Es un error.

Detrás de las citas en inglés antiguo, de las referencias nórdicas y de los laberintos metafísicos, habitaba un hombre profundamente curioso. Un lector enamorado de los libros. Tal vez por eso sigue siendo moderno. Porque nunca escribió para exhibir conocimientos. Escribió para compartir asombros.

En más de cuarenta años de oficio aprendí que escribir es aceptar una derrota permanente. Ningún texto termina pareciéndose del todo a aquello que imaginamos. Siempre falta una palabra. Siempre sobra una frase. Siempre hay una página mejor que la que acabamos de escribir.

Borges lo sabía. Por eso desconfiaba de las certezas. Y por eso prefería hablar de los libros que había leído antes que de los que había escrito.

Hay una frase suya que regresa a mi memoria una y otra vez: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."

Quizás allí resida parte de su grandeza. En la humildad del lector. En la conciencia de que la literatura es una conversación infinita donde nadie posee la última palabra.

Cuarenta años después de su muerte, Borges sigue conversando con nosotros. Lo hace desde sus cuentos, desde sus poemas, desde sus conferencias y también desde la memoria de quienes alguna vez lo vieron pasar entre la multitud.

Yo conservo esa imagen. Un galpón lleno de ruido. La mano firme de mi tía María Angustias. Un niño que todavía no sabía quién era Borges. Y un hombre rodeado por lectores que buscaban acercarse a él como quien intenta tocar algo que presiente inmortal.

Con los años entendí que aquella tarde no estaba viendo solamente a un escritor.

Estaba viendo una forma de la literatura. Una literatura imperfecta, desordenada, multitudinaria y viva. La misma literatura que sigue sobreviviendo a las modas, a los gobiernos, a las tecnologías y al paso del tiempo. Por eso, cuando pienso en Borges, no pienso primero en los espejos ni en los laberintos. Pienso en aquel hombre tratando de respirar en medio de una multitud que lo admiraba.

Pienso en mi tía llevándome de la mano. Y pienso que, sin saberlo, aquel día comenzó una conversación que ya lleva casi cinco décadas.

La conversación de un lector con uno de sus maestros. La conversación de un hijo literario con su padre putativo.

Jose Luis Colombini



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter