La mujer que prendió fuego a la ignorancia
Hace años leí un libro de Mary Wollstonecraft. No
recordaba con exactitud cuál era. Confundí títulos, ediciones y portadas. Lo
que no olvidé fue una idea.
Durante días intenté reconstruir una frase que me había
acompañado durante años. Sabía que hablaba de la ignorancia. Sabía que me había
impactado. Pero no lograba recordar las palabras.
Cuando volví a abrir aquellas páginas apareció, intacta,
esperándome. "La ignorancia es una frágil base para la virtud." Al
lado de la frase encontré una anotación escrita por mí mismo muchos años atrás:
"Una herejía para su tiempo."
Tenía razón.
También recordé otra cosa. Durante una época llevaba ese
libro a la plaza de Barrio Parque. Me sentaba bajo unos eucaliptos y leía
durante horas. El murmullo del viento entre las hojas acompañaba las páginas. A
veces levantaba la vista y observaba cómo la tarde se iba inclinando lentamente
sobre el barrio. Entonces volvía al libro.
No recuerdo todos los capítulos. No recuerdo cada
argumento. Ni siquiera recordaba con precisión cuál de sus libros había leído.
Pero aquella frase permaneció.
Quizá porque algunas lecturas terminan mezclándose con
los lugares donde fueron leídas. Con una plaza. Con unos árboles. Con una
sombra que nos cobijó durante una tarde cualquiera. Con una etapa de la vida
que ya pasó, pero que vuelve intacta cuando abrimos un libro.
Y allí, bajo aquellos eucaliptos, Mary Wollstonecraft
seguía haciendo lo mismo que había hecho más de dos siglos antes: cuestionar
las certezas de su tiempo.
Mary Wollstonecraft escribió esas palabras en una época
en que la mayoría de los pensadores aceptaban como natural que las mujeres
recibieran una educación inferior. Se las preparaba para agradar, obedecer y
depender. Se consideraba que la delicadeza era más importante que el
conocimiento y que la sumisión era una virtud.
Ella se atrevió a desafiar esa lógica. Su planteo fue
simple y devastador: una mujer no es inferior por naturaleza; es mantenida en
la inferioridad mediante la educación, las costumbres y las expectativas
sociales.
Hoy parece una idea evidente. A fines del siglo XVIII era
una revolución. Por eso Mary Wollstonecraft es considerada una de las madres
intelectuales del feminismo moderno. No porque reclamara privilegios para las
mujeres, sino porque exigía algo mucho más profundo: que fueran reconocidas
como seres racionales, capaces de pensar, aprender, decidir y construir su
propio destino.
Su lucha no era solamente por el acceso a la educación. Era
por la dignidad intelectual. Era por el derecho a desarrollar plenamente la
razón. Era por la libertad de convertirse en individuos completos.
Mientras muchos defendían una feminidad basada en la
ignorancia, ella sostenía que la razón y el conocimiento eran condiciones
indispensables para la autonomía.
Más de dos siglos después, sus palabras siguen
conservando una fuerza sorprendente. Porque la ignorancia continúa siendo una
herramienta de dominación allí donde alguien intenta decidir qué pueden leer,
pensar o aprender los demás.
Y porque cada vez que alguien afirma que el conocimiento
vuelve más libres a las personas, de alguna manera sigue caminando por el
sendero que Mary Wollstonecraft abrió.
Sobre mi mesa descansan hoy dos de sus libros: “Vindicación
de los derechos de la mujer” y “La educación de las hijas”. Entre ambos hay
apenas cinco años de distancia.
Entre ambos puede verse el nacimiento de una de las voces
más importantes de la historia del feminismo.
Quizá por eso la frase sobrevivió en mi memoria cuando ya
había olvidado casi todo lo demás.
Porque algunas ideas no envejecen. Esperan.
Y cuando volvemos a encontrarlas, siguen teniendo la
misma capacidad de iluminar y de incomodar que el día en que fueron escritas.
"La ignorancia es una frágil base para la
virtud."
Jose Luis Colombini
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