Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La mujer que prendió fuego a la ignorancia

La mujer que prendió fuego a la ignorancia

 

Hace años leí un libro de Mary Wollstonecraft. No recordaba con exactitud cuál era. Confundí títulos, ediciones y portadas. Lo que no olvidé fue una idea.

Durante días intenté reconstruir una frase que me había acompañado durante años. Sabía que hablaba de la ignorancia. Sabía que me había impactado. Pero no lograba recordar las palabras.

Cuando volví a abrir aquellas páginas apareció, intacta, esperándome. "La ignorancia es una frágil base para la virtud." Al lado de la frase encontré una anotación escrita por mí mismo muchos años atrás: "Una herejía para su tiempo."

Tenía razón.

También recordé otra cosa. Durante una época llevaba ese libro a la plaza de Barrio Parque. Me sentaba bajo unos eucaliptos y leía durante horas. El murmullo del viento entre las hojas acompañaba las páginas. A veces levantaba la vista y observaba cómo la tarde se iba inclinando lentamente sobre el barrio. Entonces volvía al libro.

No recuerdo todos los capítulos. No recuerdo cada argumento. Ni siquiera recordaba con precisión cuál de sus libros había leído. Pero aquella frase permaneció.

Quizá porque algunas lecturas terminan mezclándose con los lugares donde fueron leídas. Con una plaza. Con unos árboles. Con una sombra que nos cobijó durante una tarde cualquiera. Con una etapa de la vida que ya pasó, pero que vuelve intacta cuando abrimos un libro.

Y allí, bajo aquellos eucaliptos, Mary Wollstonecraft seguía haciendo lo mismo que había hecho más de dos siglos antes: cuestionar las certezas de su tiempo.

Mary Wollstonecraft escribió esas palabras en una época en que la mayoría de los pensadores aceptaban como natural que las mujeres recibieran una educación inferior. Se las preparaba para agradar, obedecer y depender. Se consideraba que la delicadeza era más importante que el conocimiento y que la sumisión era una virtud.

Ella se atrevió a desafiar esa lógica. Su planteo fue simple y devastador: una mujer no es inferior por naturaleza; es mantenida en la inferioridad mediante la educación, las costumbres y las expectativas sociales.

Hoy parece una idea evidente. A fines del siglo XVIII era una revolución. Por eso Mary Wollstonecraft es considerada una de las madres intelectuales del feminismo moderno. No porque reclamara privilegios para las mujeres, sino porque exigía algo mucho más profundo: que fueran reconocidas como seres racionales, capaces de pensar, aprender, decidir y construir su propio destino.

Su lucha no era solamente por el acceso a la educación. Era por la dignidad intelectual. Era por el derecho a desarrollar plenamente la razón. Era por la libertad de convertirse en individuos completos.

Mientras muchos defendían una feminidad basada en la ignorancia, ella sostenía que la razón y el conocimiento eran condiciones indispensables para la autonomía.

Más de dos siglos después, sus palabras siguen conservando una fuerza sorprendente. Porque la ignorancia continúa siendo una herramienta de dominación allí donde alguien intenta decidir qué pueden leer, pensar o aprender los demás.

Y porque cada vez que alguien afirma que el conocimiento vuelve más libres a las personas, de alguna manera sigue caminando por el sendero que Mary Wollstonecraft abrió.

Sobre mi mesa descansan hoy dos de sus libros: “Vindicación de los derechos de la mujer” y “La educación de las hijas”. Entre ambos hay apenas cinco años de distancia.

Entre ambos puede verse el nacimiento de una de las voces más importantes de la historia del feminismo.

Quizá por eso la frase sobrevivió en mi memoria cuando ya había olvidado casi todo lo demás.

Porque algunas ideas no envejecen. Esperan.

Y cuando volvemos a encontrarlas, siguen teniendo la misma capacidad de iluminar y de incomodar que el día en que fueron escritas.

"La ignorancia es una frágil base para la virtud."

 Jose Luis Colombini

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