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Roberto Santoro, el poeta que no dejó que las palabras se jubilaran

 

Hay poetas que escriben sobre la realidad. Roberto Santoro escribía desde adentro de ella.

Mientras otros buscaban refugio en las metáforas, él salía a caminar por las calles, entraba en los bares, escuchaba las conversaciones de los obreros, de los vecinos, de los que llegaban a fin de mes con los bolsillos vacíos y la dignidad intacta. Su poesía no bajaba desde una torre de marfil: subía desde las veredas.

Por eso sus versos siguen respirando.

Porque cuando escribió que "no le pagan la jubilación a la esperanza", no estaba construyendo una figura literaria. Estaba levantando un acta de la condición humana. Cuando dijo que "murió de un infarto el barrilete" o que "al amor le han disparado un tiro en la cabeza", estaba contando el dolor de una época con la precisión de quien conoce el peso de las palabras.

Santoro entendió algo que muchos olvidan: la poesía no sirve para escapar del mundo. Sirve para mirarlo de frente.

Fue poeta, periodista, militante de la cultura y trabajador de la palabra. El 1 de junio de 1977 fue secuestrado por la dictadura y continúa desaparecido. Quisieron borrar su cuerpo. No pudieron borrar su voz.

Porque hay escritores que dejan libros.

Y hay otros que dejan una manera de mirar.

Cada vez que alguien encuentra poesía en una esquina, en un colectivo, en una fábrica, en una cancha o en una mesa de café, Santoro vuelve a estar presente. Cada vez que una metáfora ilumina una injusticia o rescata un gesto de ternura en medio del ruido, Santoro sigue escribiendo.

Tal vez esa sea la verdadera victoria de los poetas.

No sobrevivir en los monumentos.

Sino seguir apareciendo, inesperadamente, en la memoria de quienes aún creen que las palabras pueden decir la verdad.

A Roberto Santoro, desaparecido por una dictadura, pero todavía presente en esa patria secreta donde habitan los versos que se niegan a callar.

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