Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Día del Periodista Crónica gonzo para una profesión que todavía insiste en hacer preguntas


 

Día del Periodista

Crónica gonzo para una profesión que todavía insiste en hacer preguntas

 

Amanece el 7 de junio en Argentina y, como corresponde, nadie sabe muy bien qué festeja.

Los periodistas publican saludos para otros periodistas. Los políticos saludan a periodistas que ayer insultaban. Los empresarios saludan a periodistas que jamás investigarán sus balances. Y los lectores, mientras tanto, deslizan el dedo por una pantalla buscando algo más interesante que la realidad.

El periodismo atraviesa una época extraña. Nunca hubo tanta información y nunca costó tanto encontrar una verdad. Las noticias se reproducen como conejos radioactivos. Los rumores tienen más velocidad que los hechos. La indignación cotiza mejor que la evidencia.

Pienso en Mariano Moreno publicando “La Gazeta de Buenos Ayres” en 1810 y me pregunto qué habría hecho con Twitter. Probablemente habría durado dos horas antes de ser cancelado por medio país y acusado de agente extranjero por la otra mitad.

George Orwell escribió que "periodismo es publicar aquello que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas". La frase aparece hoy reproducida miles de veces en redes sociales. Lo curioso es que la mayoría la comparte desde plataformas diseñadas precisamente para premiar las relaciones públicas.

Pero no es una contradicción nueva. Ya en el siglo XIX, Honoré de Balzac describía a la prensa como una maquinaria donde convivían idealistas, mercenarios, genios y charlatanes. Nada ha cambiado demasiado. Apenas reemplazamos la tinta por algoritmos.

En alguna parte, un periodista de pueblo está cubriendo un accidente bajo la lluvia.

En otra, un cronista deportivo intenta explicar una derrota que ni los jugadores entienden. Alguien está revisando documentos. Alguien está verificando una fuente.

Alguien está escribiendo una nota que leerán apenas unas decenas de personas.

Y alguien más está inventando una noticia que será compartida por millones. La vieja batalla continúa.

Albert Camus sostenía que una prensa libre puede ser buena o mala, pero una prensa sin libertad sólo puede ser mala. La frase resuena con una actualidad incómoda. Porque la censura ya no siempre usa uniforme. A veces adopta la forma de pauta, de algoritmo, de miedo, de precarización o de simple agotamiento.

El periodista contemporáneo vive rodeado de paradojas. Debe ser rápido, pero preciso.

Visible, pero independiente. Popular, pero incómodo. Tiene que competir con influencers, bots, operadores políticos, inteligencia artificial, publicistas disfrazados de analistas y ciudadanos convencidos de que una búsqueda de veinte segundos equivale a una investigación. Y sin embargo sigue ahí. Quizás porque el periodismo nunca fue un negocio particularmente racional. Si lo fuera, nadie elegiría pasar horas persiguiendo documentos, llamando fuentes que no responden o intentando explicar una realidad que se resiste obstinadamente a ser explicada.

Hunter S. Thompson, patrono de todos los desesperados que alguna vez confundieron una libreta con un arma, escribió que cuando las cosas se ponen raras, los raros se convierten en profesionales. Tal vez por eso sobreviva el periodismo. Porque cuando la realidad se vuelve incomprensible siempre aparece algún loco dispuesto a tomar notas.

En este Día del Periodista no pienso en los famosos de televisión ni en las estrellas de los grandes medios. Pienso en el cronista de barrio. En el fotógrafo que espera una hora por una imagen. En quien cubre un concejo deliberante para veinte lectores. En quien escribe una nota cultural que probablemente nadie comparta.

Pienso en todos esos trabajadores de la palabra que todavía creen que los hechos importan. No porque sean héroes. No porque sean imparciales. No porque sean infalibles. Sino porque siguen haciendo algo profundamente anticuado: intentar entender el mundo antes de opinar sobre él.

Y en estos tiempos, eso ya parece una forma de rebeldía.


Jose Luis Colombini

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