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Día del Periodista Crónica gonzo para una profesión que todavía insiste en hacer preguntas


 

Día del Periodista

Crónica gonzo para una profesión que todavía insiste en hacer preguntas

 

Amanece el 7 de junio en Argentina y, como corresponde, nadie sabe muy bien qué festeja.

Los periodistas publican saludos para otros periodistas. Los políticos saludan a periodistas que ayer insultaban. Los empresarios saludan a periodistas que jamás investigarán sus balances. Y los lectores, mientras tanto, deslizan el dedo por una pantalla buscando algo más interesante que la realidad.

El periodismo atraviesa una época extraña. Nunca hubo tanta información y nunca costó tanto encontrar una verdad. Las noticias se reproducen como conejos radioactivos. Los rumores tienen más velocidad que los hechos. La indignación cotiza mejor que la evidencia.

Pienso en Mariano Moreno publicando “La Gazeta de Buenos Ayres” en 1810 y me pregunto qué habría hecho con Twitter. Probablemente habría durado dos horas antes de ser cancelado por medio país y acusado de agente extranjero por la otra mitad.

George Orwell escribió que "periodismo es publicar aquello que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas". La frase aparece hoy reproducida miles de veces en redes sociales. Lo curioso es que la mayoría la comparte desde plataformas diseñadas precisamente para premiar las relaciones públicas.

Pero no es una contradicción nueva. Ya en el siglo XIX, Honoré de Balzac describía a la prensa como una maquinaria donde convivían idealistas, mercenarios, genios y charlatanes. Nada ha cambiado demasiado. Apenas reemplazamos la tinta por algoritmos.

En alguna parte, un periodista de pueblo está cubriendo un accidente bajo la lluvia.

En otra, un cronista deportivo intenta explicar una derrota que ni los jugadores entienden. Alguien está revisando documentos. Alguien está verificando una fuente.

Alguien está escribiendo una nota que leerán apenas unas decenas de personas.

Y alguien más está inventando una noticia que será compartida por millones. La vieja batalla continúa.

Albert Camus sostenía que una prensa libre puede ser buena o mala, pero una prensa sin libertad sólo puede ser mala. La frase resuena con una actualidad incómoda. Porque la censura ya no siempre usa uniforme. A veces adopta la forma de pauta, de algoritmo, de miedo, de precarización o de simple agotamiento.

El periodista contemporáneo vive rodeado de paradojas. Debe ser rápido, pero preciso.

Visible, pero independiente. Popular, pero incómodo. Tiene que competir con influencers, bots, operadores políticos, inteligencia artificial, publicistas disfrazados de analistas y ciudadanos convencidos de que una búsqueda de veinte segundos equivale a una investigación. Y sin embargo sigue ahí. Quizás porque el periodismo nunca fue un negocio particularmente racional. Si lo fuera, nadie elegiría pasar horas persiguiendo documentos, llamando fuentes que no responden o intentando explicar una realidad que se resiste obstinadamente a ser explicada.

Hunter S. Thompson, patrono de todos los desesperados que alguna vez confundieron una libreta con un arma, escribió que cuando las cosas se ponen raras, los raros se convierten en profesionales. Tal vez por eso sobreviva el periodismo. Porque cuando la realidad se vuelve incomprensible siempre aparece algún loco dispuesto a tomar notas.

En este Día del Periodista no pienso en los famosos de televisión ni en las estrellas de los grandes medios. Pienso en el cronista de barrio. En el fotógrafo que espera una hora por una imagen. En quien cubre un concejo deliberante para veinte lectores. En quien escribe una nota cultural que probablemente nadie comparta.

Pienso en todos esos trabajadores de la palabra que todavía creen que los hechos importan. No porque sean héroes. No porque sean imparciales. No porque sean infalibles. Sino porque siguen haciendo algo profundamente anticuado: intentar entender el mundo antes de opinar sobre él.

Y en estos tiempos, eso ya parece una forma de rebeldía.


Jose Luis Colombini

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