Hay frases que parecen venir de muy lejos. Frases que uno
escucha en una canción de rock y cree que nacieron allí, entre guitarras, humo
y noches interminables. Pero a veces esas palabras ya venían viajando desde
hacía décadas, ocultas en un libro, en una conversación o en la cabeza de algún
escritor que las había pensado antes.
"El lujo es vulgaridad".
Millones de argentinos escucharon esa sentencia en “Un
poco de amor francés”, cantada por Indio Solari con esa mezcla de ironía,
elegancia y desafío que caracteriza a los mejores versos ricoteros. La frase
quedó grabada en el imaginario popular. Se convirtió en una especie de
manifiesto involuntario contra la ostentación. Un rechazo instantáneo a la
vanidad de los que necesitan mostrar lo que tienen.
Sin embargo, mucho antes de que el rock la transformara
en consigna, la idea ya habitaba la obra de Jorge Luis Borges.
En su cuento Utopía de un hombre que está cansado, Borges
imagina una humanidad futura que ha dejado atrás muchas de las obsesiones
contemporáneas. Allí no existen ni ricos ni pobres. Cuando el narrador pregunta
por el dinero, recibe una respuesta que parece escrita para atravesar el
tiempo: "¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que
habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de
la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio."
La riqueza como vulgaridad. No como pecado. No como
injusticia. No como problema económico. Como vulgaridad.
La precisión de Borges resulta admirable. No condena la
riqueza desde la moral ni desde la política. La observa desde la cultura. Desde
la estética. Desde esa mirada que sospecha de todo aquello que necesita
exhibirse para justificar su valor.
Décadas más tarde, el Indio condensaría la misma
intuición en apenas cuatro palabras.
El lujo es vulgaridad.
Tal vez la frase haya llegado a él directamente desde
Borges. Tal vez no. Lo cierto es que ambos parecían desconfiar de la misma
enfermedad: la necesidad de impresionar.
Existe además una anécdota que ayuda a iluminar este
parentesco invisible.
Durante una entrevista realizada por Mario Vargas Llosa,
el escritor peruano comentó la austeridad casi monástica del departamento de
Borges. No había allí nada que recordara al estereotipo del intelectual famoso.
Nada de opulencia. Nada de exhibición. Vargas Llosa señaló esa sencillez, y
Borges respondió con una frase que parecía extraída de uno de sus cuentos:
—El lujo me parece una vulgaridad.
No era una ocurrencia. Era una filosofía. Una forma de
estar en el mundo. Mientras buena parte de la sociedad mide el éxito por la
cantidad de cosas acumuladas, Borges imaginaba una civilización futura donde
nadie necesitara distinguirse mediante las posesiones. Mientras tanto, el Indio
escribía canciones para una Argentina que todavía rendía culto al brillo, al
prestigio y a las apariencias.
Uno hablaba desde la literatura universal. El otro desde
el rock. Pero ambos llegaron a una conclusión semejante. La verdadera elegancia
no necesita demostrarse.
Quizás por eso la frase sigue viva. Porque no habla
solamente de dinero. Habla de una actitud. Habla de esa extraña libertad que
aparece cuando dejamos de necesitar la aprobación ajena. Habla de la serenidad
de quien ya no tiene nada que probar.
Borges la imaginó en el futuro. El Indio la cantó en el
presente.
Y nosotros, todavía atrapados entre vitrinas, pantallas y
escaparates, seguimos intentando entenderla. Porque tal vez la forma más
refinada del lujo consista, precisamente, en poder prescindir de él.
Jose Luis Colombini

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