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El café o la forma mínima de la rebeldía

El café o la forma mínima de la rebeldía

 

Esta mañana preparé café y pensé en Albert Camus.

No porque estuviera leyendo “El hombre rebelde” ni porque una revelación filosófica hubiera descendido sobre la cocina mientras el agua hervía. Fue algo más simple. Más cotidiano.

Mientras esperaba que el café estuviera listo, tuve la sensación de estar haciendo algo que el mundo contemporáneo desaprueba silenciosamente.

Perder el tiempo. O, mejor dicho, recuperar el tiempo.

Vivimos en una época extraña. Todo debe ser rápido. Inmediato. Rentable. Cada minuto parece exigir una justificación. Cada pausa necesita convertirse en productividad para no sentirse culpable.

Hasta el descanso ha sido colonizado por la obligación de rendir.

Leemos para aprender algo útil. Caminamos para contabilizar pasos. Escuchamos música mientras respondemos mensajes. Miramos el paisaje pensando en la fotografía que vamos a subir. Todo ocurre a una velocidad que muchas veces parece diseñada para impedirnos habitar plenamente aquello que estamos viviendo. Por eso preparar café se ha convertido, para mí, en una pequeña forma de rebeldía.

No una rebeldía romántica ni heroica. No la rebeldía de las barricadas. La otra.

La que empieza cuando uno decide no obedecer del todo.

Camus llamaba “lucidez” a la capacidad de mirar de frente la condición humana. No inventar consuelos. No refugiarse en falsas promesas. Reconocer que el mundo es incierto, que la muerte existe, que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana y que ninguna explicación alcanza para resolver completamente el enigma de estar vivos.

Pero esa lucidez no conducía a la resignación. Al contrario. Era el punto de partida de la rebeldía.

El rebelde, para Camus, es quien dice "no" a aquello que degrada la vida y, al mismo tiempo, dice "sí" a la dignidad de existir.

Mientras el agua comenzaba a hervir pensé que, quizás, preparar café pertenece a esa familia de gestos mínimos. El sonido de la pava. El aroma que empieza a expandirse por la casa. La espera. La lentitud. Nada de eso produce riqueza. Nada mejora indicadores.

Nada optimiza procesos. Y sin embargo algo importante ocurre allí. Algo profundamente humano. Durante unos minutos dejamos de ser piezas de una maquinaria de rendimiento para volver a ser simplemente personas. Habitantes de un instante. Seres que observan el vapor subir desde una taza caliente mientras la mañana avanza detrás de una ventana.

Tal vez por eso el café tiene algo ceremonial. No porque sea sagrado. Sino porque nos recuerda que todavía existe una diferencia entre vivir y funcionar.

El sistema necesita individuos disponibles las veinticuatro horas, atentos a las notificaciones, consumiendo información, produciendo respuestas, reaccionando sin descanso. El café propone otra cosa. Una pausa. Un pequeño territorio recuperado.

Un espacio donde el tiempo deja de ser una mercancía para volver a ser experiencia.

No cambia el mundo. No derriba gobiernos. No modifica el curso de la historia.

Pero conserva algo que también corre peligro de desaparecer: la posibilidad de estar presentes. Y quizá toda rebeldía auténtica comience exactamente ahí. En una cocina cualquiera. Una mañana cualquiera. Un hombre cualquiera. Preparando café. Negándose, aunque sea por unos minutos, a entregar completamente su tiempo al ruido del mundo.



Jose Luis Colombini

 

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