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Mi cassette de Gulp y la sofisticación del Indio


 

Mi cassette de Gulp y la sofisticación del Indio

 

Acabo de escuchar a Mariana Enríquez hablar sobre Los Redondos el Indio y los ricoteros. Dijo algo que me quedó dando vueltas: que el ricotero es un fenómeno exclusivamente argentino. Que no podría existir en otro país porque está ligado a una historia, una sociedad y una manera de vivir muy nuestras.

También dijo algo más. Que el Indio Solari era una antena. Pero no cualquier antena. Una antena sofisticada.

Mientras la escuchaba pensé en un viejo cassette que todavía conservo. Mi cassette de “Gulp!”. El original de época. La caja gastada, la impresión casi borrada por los años, el librito amarillento. Un objeto pequeño que sobrevivió mudanzas, cambios de casa, equipos de música y décadas enteras.

Lo miré y entendí que Mariana estaba hablando de algo que va mucho más allá de una banda de rock.

Hoy cualquiera puede escuchar “Gulp!” en una plataforma digital. Pero cuando apareció en 1985 las cosas eran distintas. Los Redondos todavía no eran un fenómeno masivo. No llenaban estadios ni movilizaban multitudes. Eran una banda extraña, casi secreta, que circulaba por recomendación, por el boca a boca y por cassettes que pasaban de mano en mano.

Por eso ese cassette significa algo más que un soporte de audio. Es un testigo de una época.

Y también es una prueba de algo que muchas veces se olvida cuando se habla del Indio.

Durante años se lo presentó como un líder de masas, un personaje misterioso o un profeta del rock. Pero mucho menos se habló de una de sus características fundamentales: era un intelectual.

No un intelectual académico ni universitario. Era un lector formidable.

En las letras de Los Redondos convivían la literatura, el cine, la política, la historia, la filosofía, la cultura popular, la publicidad, los policiales y la observación cotidiana. Había referencias que uno entendía en el momento y otras que recién descubría años después.

Quizás ahí esté la sofisticación de la que habla Mariana Enríquez.

Muchos artistas interpretan su tiempo. Pero no todos poseen las herramientas culturales para transformarlo en una obra compleja. El Indio las tenía. Y gran parte de esas herramientas provenían de la lectura.

Lo extraordinario es que nunca utilizó esa cultura para establecer distancia con el público. Al contrario. Logró que miles de personas hicieran propias canciones cargadas de imágenes ambiguas, referencias cruzadas y sentidos múltiples.

Hay algo casi milagroso en eso.

En un país donde tantas veces se supone que para llegar a mucha gente hay que simplificarlo todo, Los Redondos demostraron exactamente lo contrario. Llevaron la complejidad a un público masivo.

Por eso siempre me pareció que la vieja discusión entre Soda y Los Redondos no terminaba de entender el fenómeno. Uno puede preferir una banda o la otra. Eso es una cuestión de gustos. Pero el ricoterismo terminó siendo algo diferente. Una experiencia cultural, social y emocional que excedió largamente a la música.

Tal vez por eso Mariana dice que para ser ricotero había que ser argentino.

Y tal vez también habría que agregar algo más: había que estar dispuesto a buscar. Porque en aquellos años Los Redondos no te encontraban a vos. Eras vos quien tenía que encontrarlos.

Mi viejo cassette de “Gulp!” me recuerda exactamente eso. Antes de los estadios, antes del mito y antes de las multitudes, había un grupo de músicos grabando un disco extraño, inteligente y profundamente original.

La leyenda vino después.

Pero escuchando esas canciones y leyendo hoy aquellos créditos diminutos donde aparecen Skay, Semilla, el Piojo, Willy Crook o Lito Vitale, sigo pensando lo mismo que entonces: detrás de todo aquello había un lector excepcional que entendió como pocos la Argentina que le tocó vivir.

Y tuvo el talento suficiente para convertir esa comprensión en canciones.


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