El día que murió el Indio
Hoy murió el Indio Solari.
Y aunque la muerte es una noticia individual, hay
personas cuya partida se parece más al cierre de una época que al final de una
vida.
Esto me recordó inmediatamente a aquella noche de octubre
de 1987 cuando fui con mi amigo Pililo a ver a Patricio Rey y sus Redonditos de
Ricota en Córdoba.
Los Redondos todavía no eran un fenómeno de masas. No
existían las peregrinaciones multitudinarias, ni los documentales, ni las
remeras oficiales, ni los especialistas en explicar lo que supuestamente
significaba cada verso del Indio. Eran apenas una banda extraña, con una fama
que circulaba de boca en boca como circulan las cosas importantes.
El recital fue en la ex Asociación Española. Un lugar
demasiado grande para la cantidad de gente que había. Apenas unos cientos.
La banda llegó con canciones nuevas que más tarde
formarían parte de "Un bahión para el ojo idiota". Sonaron temas de
"Gulp", de "Oktubre" y de ese futuro que todavía no tenía
nombre. Hubo acoples, problemas de sonido y errores. Pero también había algo
que después desapareció para siempre: la sensación de estar viendo algo que
todavía no sabía en qué iba a convertirse.
La noche anterior el Indio y Skay habían terminado
zapando con los cordobeses de Astroboy en algún bar perdido de la ciudad. Como
suele ocurrir con las historias verdaderas, nadie parecía darle demasiada
importancia. Todavía no eran monumentos. Todavía eran personas.
Hoy la gente que asegura haber estado en aquel recital
llenaría el Chateau Carreras.
Y no creo que todos mientan. Simplemente sucede algo
extraño con la memoria.
Primero alguien escucha una anécdota. Después la cuenta
como propia. Más tarde incorpora un detalle. Luego otro. Hasta que un día el
recuerdo ajeno termina ocupando una habitación entera dentro de su cabeza.
La nostalgia se convirtió en una industria. Se venden
recuerdos como quien vende merchandising. Ediciones limitadas del pasado. Versiones
remasterizadas de cosas que jamás ocurrieron.
Y mientras camino hacia mi trabajo —ese lugar donde
tantas veces sentí que me robaban los sueños más que el tiempo— miro las
vidrieras. Veo chicos usando remeras de bandas que nunca escucharon. Veo
personas enamoradas de personajes descubiertos hace dos semanas en una red
social. Veo identidades compradas en cuotas.
Entonces pienso en el Indio. Pienso en aquella noche con
Pililo. Pienso en esos trescientos locos desperdigados en un salón enorme. Y
entiendo que lo que extraño no es solamente al músico. Extraño una época en la
que las cosas todavía no venían explicadas. Cuando uno se acercaba a una banda,
a un libro o a una idea porque algo lo empujaba desde adentro y no porque un
algoritmo lo había puesto de moda.
Por eso hoy no murió solamente un cantante.
Murió una parte de esa Argentina subterránea donde los
mitos todavía eran secretos.
Y mientras escribo esto, levanto la vista y veo colgado
en la pared de mi cuarto aquel cuadro de "Oktubre" con su disco
dorado. El vidrio devuelve mi reflejo mezclado con la tapa del álbum. Durante
unos segundos no sé quién está mirando a quién.
Quizás sea eso lo que hacen los artistas cuando
atraviesan una vida entera.
Terminan formando parte de nuestra propia cara. Y cuando
se van, sentimos que el espejo pierde algo.
Jose Luis Colombini
Desde la Tristeza

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