Filosofía borgeana: un juego ricotero — Una lectura
personal
Hay libros que buscan demostrar una tesis. Y hay otros
que funcionan más como una invitación. “Filosofía borgeana: un juego ricotero”,
de Pablo Cillo, pertenece claramente a esta segunda categoría.
Desde el título ya queda claro que no estamos ante un
trabajo académico tradicional. La palabra "juego" es fundamental.
Cillo no intenta encerrar a Borges y al Indio Solari en una misma fórmula ni
probar una influencia directa. Lo que propone es algo más interesante: ponerlos
a dialogar.
La apuesta puede parecer extraña. Por un lado está Jorge
Luis Borges, tantas veces presentado como el escritor de las bibliotecas, de
los laberintos y de las citas eruditas. Por otro, el Indio Solari, figura
central del rock argentino y creador de un universo poético que se resiste
permanentemente a las interpretaciones definitivas. Sin embargo, a medida que
avanza el libro, las distancias comienzan a reducirse.
Cillo encuentra en ambos una misma desconfianza hacia las
verdades absolutas. Tanto Borges como Solari parecen escribir desde la
sospecha. Sus textos nunca ofrecen una explicación cerrada; por el contrario,
obligan al lector o al oyente a participar en la construcción del sentido. En
ambos casos, la obra permanece abierta.
El cuento “El Sur” ocupa un lugar central en el análisis.
No es casual. Allí Borges desarrolla varios de los temas que recorrerán toda su
literatura: el destino, la identidad, la elección y el enfrentamiento con
aquello que parece inevitable. Cillo utiliza ese relato como una especie de
llave para ingresar también en el universo ricotero, donde abundan personajes
ambiguos, héroes derrotados y situaciones que oscilan entre el sueño y la
realidad.
Uno de los mayores aciertos del libro es evitar la
tentación de simplificar. Sería fácil reducir a Borges al escritor intelectual
y al Indio al poeta callejero. Cillo muestra que esas categorías son
insuficientes. Borges nunca fue solamente un escritor para especialistas, así
como el Indio nunca fue únicamente un músico popular. Ambos construyeron
mitologías propias y desarrollaron lenguajes que terminaron generando
comunidades de lectores y oyentes capaces de discutir durante décadas el
significado de una frase o de una imagen.
La idea del laberinto, tan característica de Borges,
aparece también como una clave para leer las canciones del Indio. No porque
Solari copie a Borges, sino porque ambos parecen interesados en representar una
realidad fragmentada, donde cada respuesta conduce a nuevas preguntas. En lugar
de ofrecer certezas, ofrecen recorridos.
Quizás allí resida el punto más fuerte del libro. Cillo
entiende que la verdadera conexión entre Borges y Solari no es temática ni
biográfica, sino filosófica. Los dos exploran la incertidumbre. Los dos
desconfían de los discursos cerrados. Los dos parecen sugerir que la realidad
es más compleja de lo que cualquier explicación puede abarcar.
Por momentos, el entusiasmo del autor puede llevarlo a
establecer relaciones que algunos lectores considerarán discutibles. Pero
incluso cuando las asociaciones resultan forzadas, el ejercicio sigue siendo
estimulante porque obliga a volver sobre textos conocidos desde una perspectiva
nueva.
Al terminar el libro queda la sensación de que Borges y
Solari no son figuras tan lejanas como suele pensarse. Los separan
generaciones, estilos y contextos, pero los une una misma voluntad de construir
enigmas. Ambos entienden la literatura —y el arte en general— como una pregunta
antes que como una respuesta.
En definitiva, “Filosofía borgeana: un juego ricotero” es
un ensayo para lectores curiosos, para borgianos dispuestos a escuchar rock y
para ricoteros capaces de perderse en un laberinto. No busca resolver el
misterio de ninguna obra. Hace algo mejor: lo vuelve más interesante.
Y eso, tanto Borges como el Indio, probablemente lo
habrían aprobado.
Jose Luis Colombini

No hay comentarios:
Publicar un comentario