La edad en que mueren los padres
Un domingo en la necrópolis
Hay días que sólo funciono con una Coca-Cola sin azúcar.
La necesito para arrancar. No tengo otra forma. Desayuno eso y salgo a
enfrentar el día. Me despierto siempre temprano, tal vez por mi condición de
asalariado, por esa costumbre de obedecer horarios incluso cuando nadie me los
exige.
Pero hoy era distinto. Había muerto el padre de un amigo
de muchos años y esa circunstancia me obligaba a hacer algo que suelo evitar:
asistir a un velorio, acompañar un entierro, acercarme a la muerte aunque sea
por unas horas.
Mientras me vestía pensé que la verdadera tragedia no era
la muerte. La verdadera tragedia era la orfandad.
No importa la edad que uno tenga. Hay un momento en que
alguien se va y de pronto descubrimos que seguimos siendo hijos. Que debajo de
las canas, de los trabajos, de las cuentas por pagar y de las responsabilidades
acumuladas sigue existiendo ese niño que alguna vez creyó que sus padres eran
eternos.
La muerte del padre de mi amigo me hizo pensar en eso. En
la orfandad. No solamente en la que llega cuando mueren nuestros padres, sino
en todas las demás. La orfandad de la infancia perdida. La orfandad de los
amigos que quedaron lejos. La de los amores terminados. La de los sueños que
abandonamos en alguna estación del camino. Me vino a la memoria una frase de
*El Gran Gatsby* de Francis Scott Fitzgerald: "Estaba solo, como los
muertos o como los tipos que están en la cima."
Quizás la soledad y la orfandad sean parientes cercanas.
Pienso en la gente que pasa horas mirando el celular, leyendo publicaciones de
personas que muchas veces ni conoce. Textos cada vez más breves, pensamientos
comprimidos para que no excedan la capacidad de atención de nadie. Cuatro
renglones como máximo. Más que eso parece exigir un esfuerzo insoportable.
¿Será una nueva forma de comunicación? ¿Una estética de
estos tiempos? ¿O será que vivimos una época profundamente huérfana?
Pienso en mi padre caminando entre las plantas. Pienso en
mi abuela cocinando tortillas. Pienso en las papas fritas que le robábamos con
mi primo Paul. Pienso en vos, Dora, saliendo a cortar la tormenta con una cruz
de sal gruesa y un puñal clavado en el centro de las líneas. Pienso que uno
nunca deja de extrañar. Pienso que la memoria es la forma que tienen los
ausentes de seguir respirando.
Manejo hacia el cementerio. La radio que escucho siempre
está fuera del aire. Busco otra emisora. Suena “Um Dia de Domingo”, por Gal
Costa y Tim Maia. La canción acompaña los pensamientos. Y los pensamientos
acompañan el camino.
Cuando llego al cementerio me mantengo algo apartado. Son
tiempos de pandemia y también hay dolores que pertenecen únicamente a las
familias. Camino entre los pinos.
Sus formas retorcidas parecen tótems antiguos, figuras
humanas tratando de arrancarse de la tierra para volver a caminar. Y mientras
avanzo por esas calles silenciosas pienso que los cementerios son territorios
de huérfanos. Algunos han perdido padres. Otros hijos. Otros hermanos. Otros
amigos. Todos han perdido algo.
Todos cargan alguna ausencia. Por eso uno llega a estos
lugares y termina haciendo inventario de su propia vida. De lo que hizo y de lo
que dejó sin hacer. De los trenes que tomó y de aquellos que vio partir desde
el andén. Con esos pensamientos empecé a leer las placas de los nichos.
"Tu esposa e hijos que te recuerdan." "Tus amigos que no te
olvidan." "Tus hermanos que siempre te tienen presente."
"Que el dolor de haberte perdido no quite la alegría de haberte tenido."
"Amor mío, siempre vivirás en mi corazón."
Las mismas promesas repetidas una y otra vez. Los mismos
juramentos contra el olvido. Y yo buscando alguna frase distinta. Algo menos
solemne. Algo más humano.
Algo como aquel epitafio de Groucho Marx:"Disculpen
si no me levanto, pero prefiero seguir acostado."
O el de Molière: "Aquí yace Molière. En estos
momentos hace de muerto y lo hace muy bien."
Pero no. Siempre la misma tristeza envuelta en letras
doradas. Siempre la misma nostalgia laminada en metal.
Mientras caminaba entre los nichos vi a un hombre mayor
sentado en un banco de cemento. Tendría más de ochenta años. Llevaba un ramo
pequeño de flores en la mano y miraba fijo una fotografía.
No lloraba. Tampoco rezaba. Simplemente estaba ahí. Al
pasar cerca escuché que decía: —Bueno, vieja, vine nomás a verte un rato.
Nada más. Ni discursos ni promesas de amor eterno. Sólo
eso. "Vine a verte un rato."
Seguí caminando pensando que tal vez el amor verdadero
termina pareciéndose a eso. A una costumbre. A una conversación que continúa
aunque la otra persona ya no pueda responder.
La orfandad no empieza cuando alguien muere. Empieza
cuando ya no podemos contarle las cosas que nos pasan. Cuando seguimos
necesitando una voz y del otro lado sólo queda silencio. Seguí caminando.
Cuando terminó la ceremonia mi amigo se acercó. Nos
abrazamos. No dijo mucho. Tampoco hacía falta. Hay dolores que todavía no
conocen las palabras.
Mientras lo abrazaba pensé que por primera vez en su vida
era un hombre sin padre.
No un hombre solo. No un hombre abandonado. Un huérfano.
Es que la orfandad no tiene edad. Puede llegar a los diez años o a los sesenta.
Siempre duele igual. Porque no importa cuántos años tengamos: hay personas que
ocupan un lugar tan antiguo dentro de nosotros que nunca aprendemos a vivir sin
ellas.
Jose Luis Colombini

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