Señales entre libros y canciones
Hay libros que uno compra.
Y hay libros que aparecen como una interferencia en la
señal. Como una frecuencia extraña que entra en la radio justo cuando pensabas
que ya habías escuchado todo.
A mí me pasó eso con “Absolutamente principiantes: Borges
y Bowie. Un cruce entre universos”, de Daniel Mecca.
El título ya parecía un delirio hermoso. Un accidente.
Una conversación imposible en una estación de tren perdida entre Londres y
Buenos Aires. Bowie y Borges. El Duque Blanco y el director ciego de la
Biblioteca Nacional. Glam rock y laberintos. Maquillaje y metafísica.
¿Quién junta eso?
¿Quién se atreve a poner a David Bowie y Jorge Luis
Borges en la misma habitación sin que todo explote?
Y, sin embargo, funciona. O al menos funciona en mi
cabeza, que es un lugar bastante parecido a un depósito de libros usados
mezclado con un videoclub abandonado de los años ochenta.
Cuando vi el libro sentí esa electricidad de los
descubrimientos tardíos. Esa sensación de encontrar algo que parecía escrito
específicamente para el tipo raro que uno fue toda la vida. Porque yo crecí
creyendo que había que elegir bando: o eras un intelectual encerrado entre
libros, o eras un freak enamorado de discos, películas y estéticas mutantes.
Pero Bowie y Borges destruyen esa frontera.
Borges ya tenía algo de glam mucho antes de que existiera
el glam. Un tipo que inventaba personajes, bibliotecas infinitas, espejos,
máscaras y versiones de sí mismo. Un hombre que convirtió la erudición en una
forma de performance elegante.
Y Bowie era profundamente borgeano: cambiaba de identidad
como quien cambia de laberinto. Ziggy Stardust, Halloween Jack, el Thin White
Duke: personajes que parecían escritos por un bibliotecario loco perdido en
Tlön.
Yo leo esas conexiones sentado en mi Santa Santuarium de
Villa Dolores, rodeado de libros, vinilos, cassettes, muñecos, cuadros, tazas
viejas, humo imaginario y luz de siesta entrando torcida por la ventana. Afuera
pasan motos y perros ladrando. Adentro, Bowie canta “Absolute Beginners”
mientras Borges murmura algo sobre el tiempo y los espejos.
Los dos hablaban del artificio porque sabían que la
identidad también es una ficción. Que nadie es una sola cosa. Que uno puede
amar a Macedonio Fernández y a Lou Reed. A Bioy Casares y a Iggy Pop. A
Schopenhauer y a The Clash.
Que la cultura no tiene por qué pedir permiso ni mostrar
documento.
Tal vez por eso el libro me golpeó así. Porque yo también
fui —y sigo siendo— un absolutamente principiante. Principiante en entender
quién soy. Principiante en sobrevivir al tiempo. Principiante en aceptar que el
pibe que miraba televisión en blanco y negro en 1980 y el hombre que hoy
escribe de madrugada siguen siendo la misma criatura confundida, buscando
señales entre libros y canciones.
Hay algo profundamente conmovedor en imaginar a Bowie y
Borges cruzándose en algún punto imposible del universo. Uno hablando de
estrellas negras. El otro de tigres y eternidades. Y nosotros, mientras tanto,
tratando de descifrar ese mapa.
Porque quizás toda la cultura sea eso: personas
solitarias enviándose mensajes secretos a través del tiempo. Borges le escribe
a Bowie. Bowie le responde desde una estrella moribunda. Y nosotros,
absolutamente principiantes, encontramos esas cartas perdidas entre las páginas
de un libro.
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