Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Señales entre libros y canciones

 

Señales entre libros y canciones

 

Hay libros que uno compra.

Y hay libros que aparecen como una interferencia en la señal. Como una frecuencia extraña que entra en la radio justo cuando pensabas que ya habías escuchado todo.

A mí me pasó eso con “Absolutamente principiantes: Borges y Bowie. Un cruce entre universos”, de Daniel Mecca.

El título ya parecía un delirio hermoso. Un accidente. Una conversación imposible en una estación de tren perdida entre Londres y Buenos Aires. Bowie y Borges. El Duque Blanco y el director ciego de la Biblioteca Nacional. Glam rock y laberintos. Maquillaje y metafísica.

¿Quién junta eso?

¿Quién se atreve a poner a David Bowie y Jorge Luis Borges en la misma habitación sin que todo explote?

Y, sin embargo, funciona. O al menos funciona en mi cabeza, que es un lugar bastante parecido a un depósito de libros usados mezclado con un videoclub abandonado de los años ochenta.

Cuando vi el libro sentí esa electricidad de los descubrimientos tardíos. Esa sensación de encontrar algo que parecía escrito específicamente para el tipo raro que uno fue toda la vida. Porque yo crecí creyendo que había que elegir bando: o eras un intelectual encerrado entre libros, o eras un freak enamorado de discos, películas y estéticas mutantes.

Pero Bowie y Borges destruyen esa frontera.

Borges ya tenía algo de glam mucho antes de que existiera el glam. Un tipo que inventaba personajes, bibliotecas infinitas, espejos, máscaras y versiones de sí mismo. Un hombre que convirtió la erudición en una forma de performance elegante.

Y Bowie era profundamente borgeano: cambiaba de identidad como quien cambia de laberinto. Ziggy Stardust, Halloween Jack, el Thin White Duke: personajes que parecían escritos por un bibliotecario loco perdido en Tlön.

Yo leo esas conexiones sentado en mi Santa Santuarium de Villa Dolores, rodeado de libros, vinilos, cassettes, muñecos, cuadros, tazas viejas, humo imaginario y luz de siesta entrando torcida por la ventana. Afuera pasan motos y perros ladrando. Adentro, Bowie canta “Absolute Beginners” mientras Borges murmura algo sobre el tiempo y los espejos.

Los dos hablaban del artificio porque sabían que la identidad también es una ficción. Que nadie es una sola cosa. Que uno puede amar a Macedonio Fernández y a Lou Reed. A Bioy Casares y a Iggy Pop. A Schopenhauer y a The Clash.

Que la cultura no tiene por qué pedir permiso ni mostrar documento.

Tal vez por eso el libro me golpeó así. Porque yo también fui —y sigo siendo— un absolutamente principiante. Principiante en entender quién soy. Principiante en sobrevivir al tiempo. Principiante en aceptar que el pibe que miraba televisión en blanco y negro en 1980 y el hombre que hoy escribe de madrugada siguen siendo la misma criatura confundida, buscando señales entre libros y canciones.

Hay algo profundamente conmovedor en imaginar a Bowie y Borges cruzándose en algún punto imposible del universo. Uno hablando de estrellas negras. El otro de tigres y eternidades. Y nosotros, mientras tanto, tratando de descifrar ese mapa.

Porque quizás toda la cultura sea eso: personas solitarias enviándose mensajes secretos a través del tiempo. Borges le escribe a Bowie. Bowie le responde desde una estrella moribunda. Y nosotros, absolutamente principiantes, encontramos esas cartas perdidas entre las páginas de un libro.

Jose Luis Colombini

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