Hace cuarenta años, un sábado 14 de junio de 1986, moría
Jorge Luis Borges. Yo estaba saliendo del secundario cuando me enteré. Recuerdo
que no pude contener las lágrimas. Sentí una orfandad difícil de explicar, como
si de pronto el mundo hubiera perdido una de sus luces más intensas.
Anoche casi no dormí. Me desvelé recordándolo,
sintiéndolo cerca a través de sus libros. Volví a leer algunas páginas, a
escuchar viejas entrevistas, a repasar anécdotas y escenas que el tiempo no ha
logrado borrar. Durante horas regresé a esa voz inconfundible, pausada y
precisa, capaz de convertir una conversación cotidiana en una lección de
literatura, de filosofía o de humor.
Para muchos era un gran escritor. Para mí era algo más.
Era mi héroe de la inteligencia, de la imaginación y de la palabra. Mi héroe de
fuerza, aunque su fuerza no proviniera de los músculos sino de una lucidez
capaz de desafiar al tiempo, a la muerte y al olvido. Era también mi
hierofante, el que revelaba misterios ocultos detrás de los libros, los
espejos, los tigres y los laberintos.
Borges fue, además, un maestro de la ironía fina. Nadie
manejó como él ese arte de decir las cosas con elegancia, inteligencia y una
leve sonrisa apenas insinuada. Admiré siempre su extraordinaria capacidad para
encontrar el adjetivo justo, esa precisión que parecía natural pero que
escondía una sensibilidad y una cultura inmensas. En sus textos no sobraba una
palabra; cada una ocupaba el lugar exacto que le correspondía.
Mientras el país vivía la euforia del Mundial de México y
esperaba los octavos de final que jugaría la Selección dos días después, yo
sentía que algo irremplazable se había ido para siempre. La muerte de Borges no
me parecía una noticia cultural; la viví como una pérdida personal.
Cuarenta años después sigo regresando a sus páginas. Y
comprendo que aquella sensación de orfandad era, en el fondo, la prueba más
clara de la gratitud. Porque algunos escritores no solo nos acompañan: nos
ayudan a pensar, a mirar y a entender el mundo. Y cuando mueren, una parte de
nosotros siente que ha perdido a un maestro.
Sin embargo, Borges sigue ahí. En cada biblioteca, en
cada verso recordado de memoria, en cada lector que abre uno de sus libros por
primera vez. Tal vez por eso la tristeza de hoy no sea solamente tristeza.
También es una forma de homenaje.

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