Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Hoy me embarga la tristeza


 Hoy me embarga la tristeza

 

Hace cuarenta años, un sábado 14 de junio de 1986, moría Jorge Luis Borges. Yo estaba saliendo del secundario cuando me enteré. Recuerdo que no pude contener las lágrimas. Sentí una orfandad difícil de explicar, como si de pronto el mundo hubiera perdido una de sus luces más intensas.

Anoche casi no dormí. Me desvelé recordándolo, sintiéndolo cerca a través de sus libros. Volví a leer algunas páginas, a escuchar viejas entrevistas, a repasar anécdotas y escenas que el tiempo no ha logrado borrar. Durante horas regresé a esa voz inconfundible, pausada y precisa, capaz de convertir una conversación cotidiana en una lección de literatura, de filosofía o de humor.

Para muchos era un gran escritor. Para mí era algo más. Era mi héroe de la inteligencia, de la imaginación y de la palabra. Mi héroe de fuerza, aunque su fuerza no proviniera de los músculos sino de una lucidez capaz de desafiar al tiempo, a la muerte y al olvido. Era también mi hierofante, el que revelaba misterios ocultos detrás de los libros, los espejos, los tigres y los laberintos.

Borges fue, además, un maestro de la ironía fina. Nadie manejó como él ese arte de decir las cosas con elegancia, inteligencia y una leve sonrisa apenas insinuada. Admiré siempre su extraordinaria capacidad para encontrar el adjetivo justo, esa precisión que parecía natural pero que escondía una sensibilidad y una cultura inmensas. En sus textos no sobraba una palabra; cada una ocupaba el lugar exacto que le correspondía.

Mientras el país vivía la euforia del Mundial de México y esperaba los octavos de final que jugaría la Selección dos días después, yo sentía que algo irremplazable se había ido para siempre. La muerte de Borges no me parecía una noticia cultural; la viví como una pérdida personal.

Cuarenta años después sigo regresando a sus páginas. Y comprendo que aquella sensación de orfandad era, en el fondo, la prueba más clara de la gratitud. Porque algunos escritores no solo nos acompañan: nos ayudan a pensar, a mirar y a entender el mundo. Y cuando mueren, una parte de nosotros siente que ha perdido a un maestro.

Sin embargo, Borges sigue ahí. En cada biblioteca, en cada verso recordado de memoria, en cada lector que abre uno de sus libros por primera vez. Tal vez por eso la tristeza de hoy no sea solamente tristeza. También es una forma de homenaje.

 

 Jose Luis Colombini

 

 

 

 

 

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