Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de
distancia.
Sobre Alejandro Nicotra
La poesía se alimenta siempre de los fulgores y los
fuegos de este mundo. Sólo el poeta posee el extraño poder de desgarrar la
unidad interna del ser sin destruir sus esencias.
De Alejandro Nicotra aprendí muchas cosas. Aprendí que la
poesía es una palabra que a veces pesa sobre las manos y que, otras veces, es
la distancia más corta entre un corazón y otro. Aprendí que para romper las
reglas primero hay que conocerlas. Aprendí también que los rencores, las dudas
y los desengaños suelen ser parte del camino; que muchas veces, mientras
creemos estar perdidos, estamos construyendo la mejor versión de nosotros
mismos.
No me arrepiento de no haber compartido más tardes con
él. Me queda algo más valioso: la admiración. Me queda el recuerdo de aquellas
clases de secundaria en las que me enseñó a amar la poesía. A descubrir que la
literatura no era un adorno del lenguaje, sino una forma de mirar el mundo.
Sus poemas están profundamente ligados a su existencia.
En ellos laten los paisajes, la infancia, los afectos, el amor y la memoria.
Son versos donde la ausencia de artificios formales resalta todavía más la
autenticidad de una voz que se expresa con hondura y sencillez. Su poesía es un
manantial de agua fresca frente a los males de nuestro tiempo; un bálsamo capaz
de acompañarnos por senderos oscuros sin perder nunca la esperanza.
Alejandro nos habla desde sus páginas y nos invita a
entrar en su mundo. Allí la poesía florece como los azahares de las naranjas
amargas: discreta, luminosa y persistente.
A través de su obra logré fundirme con un corazón hermano
y enfrentar cada día la pesadez de la rutina y el hastío. Gracias a sus versos
pude volver a mirar las estrellas, escuchar el silencio de la noche y reconocer
que amo la poesía desde aquel primer instante en que transformó mi manera de
habitar el mundo.
Decía Nicotra: «La poesía no es un sortilegio. La
consecuencia de un poema, como la de cualquier rama del arte, se localiza en su
capacidad para exponer la realidad, para desengañar y gritar verdades que
enmudecen». Ser poeta, entonces, no es un privilegio ni una pose; es un
desafío.
Recuerdo las reuniones del café literario, cuando
compartíamos nuestros primeros textos y nos preguntábamos si éramos poetas o
no. Quizá lo sabíamos intuitivamente, pero necesitábamos la confirmación de los
otros, el gesto cómplice de quienes caminaban por las mismas calles y pisaban
el mismo barro.
Con el tiempo comprendí algo que Alejandro enseñaba sin
necesidad de proclamarlo: los buenos poetas suelen comenzar escribiendo malos
poemas. Esos primeros intentos, torpes y desordenados, contienen sin embargo la
semilla de una mirada. Porque la poesía no nace de la perfección, sino de una
forma particular de estar en el mundo.
Y fue él, junto a otros maestros y padres putativos que
encontré en el camino, quien me enseñó una verdad fundamental: lo importante no
es escribir bien o escribir mal; lo importante es tener una actitud poética
ante la vida.
El poeta no se siente diferente. Son los demás quienes se
lo señalan. Alguna vez alguien le dice: «Usted es distinto, usted no tiene
nuestro molde». Y esa herida permanece abierta para siempre. Ser poeta es
cargar con esa herida y convertirla en palabra.
Preferir la poesía es caminar muchas veces en contramano.
No es una elección práctica. Pero tiene la extraña virtud de sobrevivir al
tiempo y de seguir convocándonos aun después de la muerte. Porque el mundo
mismo es un poema escrito que también nos escribe: un árbol, un atardecer que
regresa desde la memoria, una flor que se abre lentamente ante nuestra mirada.
Quise escribirte un homenaje, Alejandro. Sin embargo,
esta tormenta de recuerdos, gratitud y felicidad desborda cualquier intento de
ordenarla en palabras. Levanto entonces el rostro para recibir esta lluvia
dulce y necesaria que tu memoria provoca.
Ya no hay necesidad de llorar. El cielo se derrama por
vos, Poeta con mayúsculas.
Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de
distancia.
Jose Luis Colombini
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