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El cuento más corto de la historia es también el más triste


 

El cuento más corto de la historia es también el más triste

 

La charla salió después del velorio, en un bar cualquiera. Café aguado, medialunas duras, el ruido de la máquina trabajando como si nada hubiera pasado.

No sé bien cómo ni por qué alguien dejó caer el comentario:

—Dicen que el cuento más corto de la historia es también el más triste.

Entonces apareció la anécdota.

Cuenta la leyenda que Ernest Ernest Hemingway almorzaba con otros escritores cuando alguien lanzó un desafío, de esos que buscan medir talento y ego al mismo tiempo:

—¿Se puede escribir un cuento con seis palabras?

Hemingway tomó una servilleta y escribió: Se venden zapatitos de bebé, nunca usados.

Silencio. No por admiración. No por cortesía. Por reconocimiento.

Todos entendieron de qué hablaba. Seis palabras alcanzaban para contar una ausencia, una espera rota, un duelo entero.

Sin prólogo. Sin epílogo. Sin explicaciones.

Hoy ese cuento probablemente no sobreviviría a un comité editorial. Le pedirían más contexto, un arco emocional, una voz fácilmente identificable. Tal vez un trauma detallado. Tal vez un final esperanzador.

El mercado suele desconfiar de la brevedad porque hay dolores que no pueden estirarse. No se serializan. No generan sagas. No admiten demasiadas vueltas.

Nadie en la mesa comentó nada. No hacía falta.

Todos sabíamos de qué hablaba. Escribir no consiste en embellecer el dolor.

Consiste en no mentirle. No disfrazarlo con frases bonitas ni distraerlo con artificios.

El duelo no necesita explicaciones. Necesita que alguien lo nombre en voz baja y tenga la sabiduría de callarse a tiempo.

Pagamos la cuenta. Salimos a la calle. La ciudad seguía funcionando. Los colectivos pasaban. Los negocios abrían y cerraban. La gente caminaba con apuro hacia asuntos que parecían urgentes. Y pensé que la frase de Hemingway, al menos en Argentina, no suena a literatura. Suena a aviso pegado con cinta scotch en una vidriera. A una bolsa guardada en el fondo de un placard. A algo que no se tira porque no se puede soltar. Tal vez escribir sea eso. Resistirse a inflar lo que ya pesa demasiado. Confiar en que el lector no necesita que le traduzcan la pérdida.

Hay dolores que no quieren ser comprendidos. Solo quieren ser nombrados. Y después, dejar que el silencio haga el resto.



Jose Luis Colombini

 "Mis crónicas son un cruce entre periodismo, memoria personal y cultura popular. El gonzo me dio permiso para no esconder al narrador y para contar también cómo me afectan las historias que cuento."

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