Inflexiones para inventarse la vida (y terminar
creyéndola)
Salgo a la calle con la cabeza llena de ruido. No es
pensamiento, es interferencia. Un enjambre de recuerdos que no sé si son míos o
si los alquilé por temporada en alguna plataforma emocional. Me cruzo con gente
que habla como si hubiera vivido diez vidas, como si cada recital, cada
película, cada amor, cada derrota, les perteneciera por derecho narrativo.
En mi cabeza retumba lo que vi en un programa de
streaming la frase me persigue como un mosquito insomne: “Hay gente que se
inventa un pasado… se lo inventan, lo repiten, terminan dando charlas… y en un
momento ya es verdad.”
La pienso yo. La dice otro. La dice ese amigo con el que
siempre volvemos al mismo bar y a la misma sospecha: estamos rodeados de
autobiografías adulteradas.
Lo inquietante no es la mentira. Lo inquietante es la fe.
Esto me recuerda cuando en el 87 fui con mi amigo Pililo a un recital. Patricio
Rey y sus Redonditos de Ricota aterrizaron por primera vez en Córdoba un sábado
flaco de gente y cargado de intuiciones: el 6 de octubre de 1987. El escenario
fue la ex Asociación Española, un lugar más grande que el público que lo
habitaba. Apenas unos cientos.
La banda llegó con material nuevo bajo el brazo —lo que
después sería “Un bahión para el ojo idiota”— y con la necesidad de volver a
tensionar lo ya hecho en “Gulp” y “Oktubre”. Esa noche tocaron, siendo
generoso, para unos 300 fieles: un ritual desprolijo, cargado de acoples,
errores de sonido y una intensidad que no pedía permiso. Algunos lograron
grabarlo; la cinta circuló sin culpa por una FM local, como si fuera un secreto
a voces. Nunca se convirtió en negocio. Tal vez porque todavía no era tiempo de
mercantilizar ese tipo de mitos.
Uno de los organizares actualmente recuerda que esperaban
entre 2000 y 3000 personas y vendieron 189 entradas.
La noche anterior, como si el destino necesitara afinar
detalles, el Indio Solari y Skay Beilinson se perdieron por los bares de la
ciudad. En uno de ellos encontraron a Astroboy, una banda cordobesa con ecos de
King Crimson y Talking Heads. Se quedaron. Zaparon. La madrugada hizo lo suyo:
borró fronteras, mezcló sonidos y dejó flotando la sensación de que algo
—todavía invisible— estaba empezando a suceder.
Hoy la gente que dice que fue a ese concierto llenaría el
Chateau Carreras.
Esto pasa porque no es que te mienten: se creen la
mentira. Hay una especie de “incepción del recuerdo”, una siembra clandestina
en la memoria. Primero es un comentario al pasar —“yo estuve ahí”—, después un
detalle agregado —“fue increíble, sonaron mejor que ahora”—, después una
anécdota pulida. Y un día, listo: archivo consolidado. Pasado certificado. Como
que la nostalgia se volvió un producto enlatado, con fecha de vencimiento y
estética vintage. La venden tibia, como pan de ayer rehecho en horno nuevo. Y
ahí estamos todos, consumiendo recuerdos como si fueran series limitadas.
Temporada única. Edición especial. Con comentarios del director.
Pero hay algo más oscuro, más íntimo. Más peligroso. El
problema no es que el otro mienta. El problema es cuando vos ya no sabés quién
sos. Camino hacia el lugar donde me robaron los sueños, mi laburo. Miro
vidrieras. Veo remeras de bandas que nunca escuché, personajes que “amo” pero
que en realidad descubrí ayer en una conversación ajena diría gente que conozco.
Y entonces aparece otra frase, como un cuchillo sin mango: “Se acuerdan lo
mucho que amaban cuando ven que otro habla de eso…” Es brutal. No aman eso que
dicen amar. “Recuerdan que deberían haber amado”. Se enamoran del entusiasmo
ajeno. De la pasión del otro. Es un contagio emocional, no una experiencia. Como
si el deseo fuera tercerizable. Como si el gusto fuera un trámite. Como si la
identidad fuera un algoritmo mal entrenado. Amo los libros me dicen. A que
bueno: Cuantos libros compras por mes. Y ahí viene un silencio rotundo o una
mentira que dirían piadosa.
Después aparece el otro síntoma. El más cotidiano. El más
aceptado. El más patético.
El tipo que dice: “No sé qué ver.” Pero no es verdad. Sí
hay cosas para ver. Hay un océano entero. Lo que no sabés o pretendes es “qué
deberías ver para pertenecer”. “No sé qué tengo que ver para entrar en la
conversación del momento.” Esa es la confesión real. El resto es maquillaje. El
problema no es el cine. Ni las series. Ni el amor. Ni la memoria. El problema
es la intemperie interior. Antes uno veía lo que encontraba. Y eso, de algún
modo salvaje, era libertad. No había métricas, ni rankings, ni ese número
invisible flotando sobre cada experiencia diciendo “esto vale la pena” o “esto
no”. “Antes uno no sabía que estaba de moda… y era libre.” Libre incluso para
equivocarse. Para aburrirse. Para amar mal. Hoy no. Hoy queremos todo
certificado. Curado. Validado. Queremos un canon. Queremos instrucciones para
sentir. Queremos una lista que nos diga quiénes somos. Y en ese proceso, algo
se pierde. Algo se disuelve. Algo que no tiene nombre pero que antes estaba
ahí, como un animal silencioso respirando en el fondo de uno. La sospecha final
me golpea cuando me siento y pido un café que no sé si me gusta o si aprendí a
pedirlo. Capaz que también estoy inventando. Capaz que esta crónica ya la
escribí antes en otra vida que no viví.
Capaz que en algún momento la repita tanto que termine
creyéndola.
Y entonces sí. Entonces ya no va a importar si fue
verdad.

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