Si una noche de invierno un Double black y un lector
Las noches de invierno en Villa Dolores tienen una
cualidad conspirativa. No pasa casi nada, pero todo parece estar a punto de
ocurrir. El viento baja del sur como un rumor antiguo, y la casa queda
suspendida en ese silencio que sólo existe lejos de las ciudades grandes. El frio
cae como una conspiración silenciosa. Se filtra por las hendijas de la casa y
la única defensa razonable es un vaso de whisky y una novela peligrosa: Si. Una
noche de invierno un viajero de Italo Calvino.
Recordé un invierno en la cordillera con un vaso de
whisky barato —de esos que prometen madera escocesa, pero saben a estación de
servicio— y sonreí en silencio.
La escena parecía tranquila, casi doméstica. Pero era una
trampa literaria.
Abrí el libro y el libro me abrió a mí.
Calvino tiene ese truco diabólico: te habla directamente.
No al lector abstracto de las teorías universitarias, sino a vos, el tipo
sentado con un vaso de whisky mirando cómo el invierno se filtra por la
ventana. Desde la primera página te dice lo que estás haciendo: acomodarte,
preparar la luz, entrar en la historia. Y yo pensé: este tano me está
vigilando. Todo lo dice con esa precisión quirúrgica de los escritores que
entienden que la literatura no describe el mundo: lo provoca.
—Muy bien —dije al aire—. Estoy acomodado. El whisky
ardía un poco. El frío también.
Las
crónicas gonzo como las que escribo exigen que el periodista se meta en la
escena, que se vuelva personaje. Lo inventó —o lo desató— Hunter S. Thompson
cuando decidió que el escritor no debía fingir neutralidad sino confesar su
delirio.
Hunter, el santo patrono del periodismo gonzo, decía que
la única forma honesta de escribir es meterse en el caos. Pero Calvino hizo
algo peor: metió el caos dentro del lector.
El whisky estaba fuerte. O tal vez la literatura. Porque
a medida que avanzaba la noche empecé a sospechar que Calvino había inventado
un artefacto narrativo ilegal: una novela que sabotea al lector desde adentro.
Cada historia empieza y se corta. Cada trama se abre como una puerta que lleva
a otro pasillo. Un laberinto editorial.
El libro avanzaba como una máquina literaria diseñada por
un ingeniero italiano con sentido del humor negro. Cada capítulo parecía decir:
No vas a terminar esta novela. Y lo más inquietante es que tenía razón.
Entonces ocurrió algo que el periodismo gonzo considera
perfectamente aceptable: la realidad empezó a discutir con el libro. A mitad
del primer capítulo sentí la presencia.
No una aparición espectacular. Nada de humo ni relámpagos
literarios. Fue más bien la sensación de que alguien estaba mirando por encima
de mi hombro.
—Te advertí que esto podía pasar —dijo una voz imaginaria
con acento italiano.
Levanté la vista.
El fantasma de Italo Calvino estaba sentado en la otra
silla, observando el vaso de whisky con curiosidad científica.
—Tu novela —le dije— es una trampa.
Sonrió con la paciencia de un bibliotecario.
—No es una trampa —respondió—. Es un experimento. Quería
ver qué hace un lector cuando le quitan las historias.
En ese momento apareció inevitablemente el tercer
participante de la conversación: el fantasma conceptual de Jorge Luis Borges.
Ese viejo bibliotecario cósmico que sabía que los libros son trampas
metafísicas. Si Borges hubiera tenido el descaro narrativo de escribir una
novela larga, probablemente sería esto: un catálogo infinito de comienzos.
A la una de la mañana el whisky ya no era un
acompañamiento sino un cómplice.
Yo discutía con el libro. Borges no estaba físicamente
allí, pero su sombra literaria flotaba en la habitación como un gato
metafísico. Después de todo, Borges ya había demostrado que los libros son
laberintos y que las bibliotecas pueden ser universos completos.
—Escuchame, Calvino —murmuré—. Esto es una emboscada. El
libro no respondió. Pero tampoco lo necesitaba. Porque la verdad terrible ya
estaba clara: yo no estaba leyendo la novela. La novela me estaba leyendo a mí.
Calvino levantó el libro y señaló las páginas.
—Cada historia que empieza y se interrumpe —explicó— es
un espejo del deseo de leer.
—O sea que estás torturando al lector —dije.
—Exactamente.
El viento golpeó suave la ventana. Afuera, Traslasierra
respiraba en la oscuridad. El Double Black bajaba lento.
—Decime algo —pregunté—. ¿Quién es el viajero del título?
Calvino se quedó pensando un momento.
—El lector —respondió finalmente—. Siempre el lector.
Miré el libro otra vez. Cada capítulo abría un mundo
distinto: espías, conspiraciones, amantes, persecuciones. Y cada uno se cortaba
justo cuando empezaba a ponerse interesante.
—Esto es perverso —dije.
—Es literatura —corrigió él.
Ahí entendí el truco: la novela no trata de historias.
Trata de la obsesión de leerlas.
Cada capítulo abre un mundo distinto: espías, viajes,
misterios. Y justo cuando la historia empieza a respirar… se corta.
Es como caminar por senderos de montaña que terminan en
un precipicio.
Y en esa estrategia narrativa aparece inevitablemente la
sombra de Jorge Luis Borges. Los laberintos, las bibliotecas infinitas, la idea
de que cada libro contiene otros libros.
En Traslasierra el viento movía apenas los árboles.
A las dos de la mañana los fantasmas ya no estaban. O tal
vez se habían disuelto dentro del libro.
Y pensé en el gesto profundamente moderno de Calvino: en
un mundo saturado de relatos, lo único verdaderamente interesante es la
experiencia de buscarlos.
No importa terminar la novela. Importa perseguirla.
El vaso de whisky estaba casi vacío. Las sierras seguían
en silencio. Y yo seguía leyendo una novela que parecía diseñada para demostrar
una verdad incómoda: no buscamos finales. Buscamos la promesa de una historia.
Porque el verdadero protagonista del libro no es el viajero. Es el lector que
insiste. Y ahí estaba yo: un tipo en una ciudad pequeña, en invierno, leyendo
una novela que lo estaba leyendo a él.
El whisky terminó primero. El libro, sospecho, todavía
no.
Por un momento tuve la aprensión de que, en alguna parte
del mundo, otro lector estaba abriendo el mismo libro… y el fantasma de Calvino
se estaba sentando frente a él con la misma sonrisa paciente.
Porque algunas novelas no terminan nunca. Sólo cambian de
lector.


No hay comentarios:
Publicar un comentario