Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Setenta, butacas y despedidas


 Setenta, butacas y despedidas

 

El cine de los setenta no era una sala: era una máquina del tiempo con olor a cigarrillo, a butaca húmeda y a colonia barata. Yo entraba de la mano de mi madre como quien cruza un portal, sin saber que del otro lado no había una película sino una educación sentimental clandestina.

La pantalla vibraba. Siempre vibraba un poco. Y ahí estaba ese tipo —no sé su nombre, nunca lo supe— con la mirada gastada, el cuerpo ya en retirada, haciendo lo único que los héroes trágicos saben hacer: irse. Dejar a la mujer que ama. Subirse a un avión —en mi memoria es un Concorde, porque en los setenta todo podía ser más rápido, más brillante, más fatal— y volar hacia París como quien elige el escenario donde va a morir.

No era una huida. Era una decisión estética.

Años después vi Annie Hall y entendí que el amor también podía ser neurótico, fragmentado, contado en pedazos como un espejo roto. Woody Allen no hacía despegar aviones hacia la muerte; hacía algo peor: dejaba que las relaciones se disolvieran en la inteligencia, en la ironía, en la incapacidad de quedarse.

Y en otro rincón de la memoria estaba Love Story, con su famosa mentira: “amar es no tener que pedir perdón”. Mentira piadosa, claro. Porque en todas esas historias alguien se va, alguien muere, alguien queda.

Yo, en esa sala, no sabía nada de teorías. Pero el cuerpo aprende antes que la cabeza. Lo que estaba viendo era el molde del héroe.

Después leí a Joseph Campbell y supe que el viaje no es un desplazamiento geográfico sino una estructura: partida, iniciación, retorno. Pero ese tipo del avión no volvía. Rompía el contrato. Era un héroe fallado, moderno, sin regreso. Un Odiseo que decide no volver a Ítaca porque el cuerpo ya no le da.

Y entonces aparece Mircea Eliade, sus mitos, sus ritos, esa idea de que toda experiencia humana intenta recuperar un tiempo sagrado. Pero en los setenta —en ese cine, en esa oscuridad compartida con mi madre— el tiempo sagrado estaba roto. No había eternidad: había enfermedad, distancia, decisiones irreversibles.

Ese hombre que se iba a morir a Francia no estaba cumpliendo un mito: lo estaba desarmando.

Mi madre, al lado mío, no decía nada. Pero su silencio era otra narración. Quizás ella entendía mejor que yo que ese gesto —irse para no arrastrar al otro en la caída— no era heroico ni cobarde: era humano. Brutalmente humano.

Salíamos del cine y la luz del día era siempre un poco ofensiva. Como si el mundo real no estuviera a la altura de lo que acabábamos de ver. Yo caminaba en silencio, con esa sensación extraña de haber aprendido algo que no podía nombrar.

Hoy creo que ese aprendizaje era este: Que el héroe moderno no conquista ni regresa.

Se va. Ama. Y cuando llega el momento —cuando el cuerpo o el destino dictan sentencia— elige desaparecer lejos, en otro idioma, en otra ciudad, en otra vida que ya no será vivida. Como si el último acto de amor fuera no ser testigo de la propia ruina.

Y todo eso empezó ahí, en una sala de cine de los setenta, con mi madre al lado, mientras un hombre sin nombre se subía a un avión y convertía la fuga en destino.

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