Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Los superhéroes también tienen pesadillas. Filosofía, máscaras y otras formas de esconder al monstruo

Los superhéroes también tienen pesadillas

Filosofía, máscaras y otras formas de esconder al monstruo

 

Hay algo profundamente sospechoso en un hombre que se pone una máscara para salir de noche a combatir el crimen. No me refiero solamente a Batman. Me refiero a todos ellos.

Superman baja del cielo con una capa y la convicción casi religiosa de que todavía es posible hacer el bien. Spider-Man descubre que tener poderes no lo convierte en un dios sino en alguien condenado a hacerse responsable de ellos. Daredevil escucha los latidos del mundo desde una ciudad que parece haber sido diseñada para poner a prueba cualquier forma de fe. Los X-Men nacen de una pregunta que sigue siendo incómoda: qué hacemos con aquellos que son diferentes cuando descubrimos que nuestra propia normalidad es apenas una costumbre.

Y Batman, mientras tanto, permanece en la oscuridad. No tiene poderes. No vuela. No es extraterrestre. No dispara rayos. No nació en un planeta condenado. Tiene algo mucho más inquietante: “dinero, inteligencia, entrenamiento y una herida que nunca terminó de cerrar”. Quizás por eso sea el más filosófico de todos. Porque Batman no lucha contra el crimen solamente. Lucha contra la posibilidad de convertirse en aquello que combate. Y ahí empieza el problema.

El libro “Los superhéroes y la filosofía”, de Tom Morris y Matt Morris, parte de una idea que parece sencilla pero que tiene consecuencias bastante serias: las historias de superhéroes pueden ser utilizadas para pensar algunas de las preguntas fundamentales de la filosofía.

¿Qué es el bien?

¿Qué es el mal?

¿Hasta dónde llega la justicia?

¿Puede alguien estar por encima de la ley y seguir siendo justo?

¿Qué hacemos con el poder?

¿Somos realmente libres?

¿Quiénes somos cuando nos quitamos la máscara?

Preguntas viejas. Personajes nuevos. O quizás al revés.

Porque los superhéroes no inventaron estos problemas. “Los heredaron de los mitos.”

Antes de Superman estuvo Aquiles. Antes de Batman estuvo Edipo. Antes de los X-Men estuvieron los monstruos, los dioses, los híbridos, los extranjeros, los expulsados y todos aquellos que aparecían en las historias para recordarnos que la humanidad siempre tuvo problemas para aceptar aquello que no podía clasificar.

Los griegos tenían héroes. Nosotros tenemos superhéroes.

Ellos tenían el Olimpo. Nosotros tenemos Gotham.

No estoy seguro de que hayamos avanzado demasiado.


Hay una pregunta particularmente incómoda:  ¿Qué haríamos si mañana descubriéramos que tenemos superpoderes?

La respuesta políticamente correcta sería inmediata: —Ayudaría a los demás.

Claro. Todos somos Superman hasta que alguien nos entrega el poder. Porque una cosa es imaginar el poder desde nuestra modesta condición de ciudadanos comunes y otra muy distinta es descubrir que podemos atravesar paredes, leer pensamientos, volar o destruir un edificio con una mano.

La filosofía política lleva siglos intentando responder qué ocurre cuando alguien concentra demasiado poder. Los superhéroes simplemente lo hacen visible.

Superman podría gobernar el planeta. No lo hace. Y eso, paradójicamente, constituye una de las cosas más importantes de su personaje. Su virtud no consiste solamente en poder hacerlo todo. Consiste en elegir no hacerlo.

Ahí aparece una vieja pregunta ética: ¿qué hacemos con aquello que podemos hacer?

Porque tener poder no convierte automáticamente a nadie en bueno. A veces ocurre exactamente lo contrario.

 

Batman es todavía más extraño.

Porque su código moral depende de una prohibición. Batman no mata al Joker. Y esto parece una cuestión secundaria hasta que uno se detiene a pensar. El Joker asesina. Tortura. Destruye. Manipula. Y Batman podría terminar con todo eso definitivamente.

Pero no lo hace. ¿Por qué? Podríamos responder que porque Batman cree en la ley.

Pero no es tan sencillo. Batman trabaja fuera de la ley. Interroga delincuentes. Irrumpe en propiedades privadas. Golpea criminales. Persigue sospechosos.  Se convierte en juez y ejecutor de una justicia que ninguna institución le otorgó.

Entonces aparece la paradoja: “un hombre que actúa al margen de la ley decide respetar un límite moral que la propia ley no siempre consigue imponer.”

Podría matar al Joker. No lo hace. Y quizás ahí esté su verdadera batalla. No contra el Joker. Contra sí mismo.

Hay algo profundamente aristotélico en esa tensión. La virtud no consiste simplemente en conocer el bien. Consiste en “elegirlo”. Batman podría dejarse llevar por la venganza. Tiene todos los motivos. Sus padres fueron asesinados. Su ciudad está podrida. Sus enemigos regresan una y otra vez. Cada vez que encierra al Joker, éste vuelve a escapar y vuelve a matar. La tentación de terminar con todo sería comprensible. Pero si Batman mata al Joker, algo cambia. Ya no es solamente un hombre que combate criminales. Se convierte en alguien que decide quién merece vivir. Y entonces la máscara empieza a significar otra cosa. Ya no oculta su identidad. Oculta el monstruo que podría llegar a ser.




También está Spider-Man.

Quizás el más humano de todos. Peter Parker recibe un poder extraordinario y aprende una lección bastante desagradable: el poder viene acompañado de responsabilidad.

No hay superpoder gratuito.

Ese es uno de los grandes temas de estas historias. El problema nunca es solamente qué podemos hacer. El problema es qué hacemos con aquello que podemos hacer.

Y esa pregunta atraviesa nuestra vida cotidiana. No necesitamos levantar automóviles para tener poder. Tenemos dinero. Palabras. Conocimiento. Influencias. Cargos. Cuerpos. Deseos. La posibilidad de lastimar. La posibilidad de ayudar. Todos tenemos alguna forma de poder.

La diferencia es que nosotros no usamos calzoncillos por encima del pantalón para recordarlo.

Después están los X-Men.

Y ahí la filosofía abandona el terreno del individuo para meterse en un problema mucho más incómodo: “la diferencia”.

¿Qué sucede cuando una sociedad descubre que algunos de sus miembros son distintos?

¿Los integra?

¿Los tolera?

¿Los controla?

¿Los elimina?

¿Los convierte en espectáculo?

La mutación funciona como metáfora de todas aquellas diferencias que las sociedades han utilizado históricamente para construir un “ellos”.

El mutante no es peligroso solamente porque tenga poderes. Es peligroso porque “obliga al resto a preguntarse qué significa ser normal”. Y pocas preguntas resultan más peligrosas que esa.

Daredevil agrega otra capa.

La fe. La culpa. La ley. La justicia. El cuerpo. El castigo.

El personaje vive permanentemente en ese territorio donde la moral religiosa, la justicia institucional y la violencia personal se cruzan hasta resultar casi indistinguibles.

Y entonces entendemos que los superhéroes no son solamente personas con habilidades extraordinarias. Son “laboratorios éticos”.

Ponemos a un ser humano en una situación imposible y observamos qué hace.

Le damos poder. Le quitamos el miedo. Le damos una tragedia. Le ponemos un enemigo. Y después esperamos para descubrir qué queda de su humanidad.

Quizás por eso resulta tan fascinante que en la cubierta de este libro aparezcan, transformados en superhéroes, “Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Marx y Descartes”.

Es una imagen casi perfecta. Los filósofos también llevan máscaras. También construyen sistemas. También intentan explicar el mundo desde algún lugar.

También quieren encontrar una verdad. También sospechan que debajo de la apariencia hay algo más.



 

 

La diferencia es que sus armas son conceptos. Y un concepto bien utilizado puede ser mucho más peligroso que un puñetazo. Schopenhauer habría entendido perfectamente a Batman.

Nietzsche probablemente habría desconfiado de Superman.

Marx tendría bastante trabajo en Metrópolis.

Y Hegel podría pasarse una tarde entera intentando explicar por qué Batman y el Joker se necesitan mutuamente para definir sus respectivas identidades.

Quizás hasta Descartes aparecería en el Batimóvil preguntándose: “¿Pienso, luego existo o llevo máscara porque no sé quién soy?”

Y ahí llegamos a la pregunta más interesante de todas: ¿Quiénes somos cuando nadie nos está mirando?

Bruce Wayne es Batman. Pero también Batman es Bruce Wayne.

Clark Kent es Superman.

Peter Parker es Spider-Man.

La máscara oculta y revela al mismo tiempo. Nos protege de los demás, pero también nos permite convertirnos en aquello que no nos atreveríamos a ser sin ella.                                                                                 

Por eso todos usamos máscaras. Algunas son de látex. Otras son trajes. Otras tienen forma de profesión. De apellido. De matrimonio. De ideología. De personaje social. De hombre fuerte. De mujer invulnerable. De intelectual que siempre tiene una respuesta.

De tipo que hace chistes porque no quiere contar que está triste. Quizás la verdadera identidad no sea aquello que mostramos cuando nos quitamos la máscara. Quizás sea aquello que hacemos “cuando creemos que nadie puede descubrirnos”.

Por eso los superhéroes son cosa seria.

No porque sean realistas. Precisamente porque no lo son.  La fantasía exagera nuestros problemas hasta volverlos visibles. El villano representa aquello que tememos. El héroe, aquello que quisiéramos ser. La máscara, aquello que escondemos. El superpoder, aquello que deseamos. Y la ciudad destruida, quizás, aquello que ya sabemos pero preferimos no mirar: que debajo de nuestras instituciones, nuestras leyes, nuestras buenas intenciones y nuestras pequeñas máscaras civilizadas seguimos siendo animales tratando de decidir qué hacer con el poder.

Por eso Batman sigue caminando de noche.

Por eso Superman continúa bajando del cielo.

Por eso Spider-Man todavía se balancea entre los edificios.

Por eso los X-Men siguen preguntándose qué significa ser diferentes.

Y por eso nosotros seguimos leyendo sus historias. Porque quizá no buscamos superhéroes. Quizá buscamos una respuesta. Una respuesta bastante vieja: qué hacer con nosotros mismos cuando descubrimos que tenemos el poder de hacer daño.

Y, sobre todo, qué hacer cuando nadie nos obliga a elegir el bien. Ahí empieza realmente la filosofía. Y, algunas noches, también empieza Batman.




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