Los superhéroes también tienen pesadillas
Filosofía, máscaras y otras formas de esconder al
monstruo
Hay algo profundamente sospechoso en un hombre que se
pone una máscara para salir de noche a combatir el crimen. No me refiero
solamente a Batman. Me refiero a todos ellos.
Superman baja del cielo con una capa y la convicción casi
religiosa de que todavía es posible hacer el bien. Spider-Man descubre que
tener poderes no lo convierte en un dios sino en alguien condenado a hacerse
responsable de ellos. Daredevil escucha los latidos del mundo desde una ciudad
que parece haber sido diseñada para poner a prueba cualquier forma de fe. Los
X-Men nacen de una pregunta que sigue siendo incómoda: qué hacemos con aquellos
que son diferentes cuando descubrimos que nuestra propia normalidad es apenas
una costumbre.
Y Batman, mientras tanto, permanece en la oscuridad. No
tiene poderes. No vuela. No es extraterrestre. No dispara rayos. No nació en un
planeta condenado. Tiene algo mucho más inquietante: “dinero, inteligencia,
entrenamiento y una herida que nunca terminó de cerrar”. Quizás por eso sea el
más filosófico de todos. Porque Batman no lucha contra el crimen solamente. Lucha
contra la posibilidad de convertirse en aquello que combate. Y ahí empieza el
problema.
El libro “Los superhéroes y la filosofía”, de Tom Morris
y Matt Morris, parte de una idea que parece sencilla pero que tiene
consecuencias bastante serias: las historias de superhéroes pueden ser
utilizadas para pensar algunas de las preguntas fundamentales de la filosofía.
¿Qué es el bien?
¿Qué es el mal?
¿Hasta dónde llega la justicia?
¿Puede alguien estar por encima de la ley y seguir siendo
justo?
¿Qué hacemos con el poder?
¿Somos realmente libres?
¿Quiénes somos cuando nos quitamos la máscara?
Preguntas viejas. Personajes nuevos. O quizás al revés.
Porque los superhéroes no inventaron estos problemas. “Los
heredaron de los mitos.”
Antes de Superman estuvo Aquiles. Antes de Batman estuvo
Edipo. Antes de los X-Men estuvieron los monstruos, los dioses, los híbridos,
los extranjeros, los expulsados y todos aquellos que aparecían en las historias
para recordarnos que la humanidad siempre tuvo problemas para aceptar aquello
que no podía clasificar.
Los griegos tenían héroes. Nosotros tenemos superhéroes.
Ellos tenían el Olimpo. Nosotros tenemos Gotham.
No estoy seguro de que hayamos avanzado demasiado.
Hay una pregunta particularmente incómoda: ¿Qué haríamos si mañana descubriéramos que
tenemos superpoderes?
La respuesta políticamente correcta sería inmediata: —Ayudaría
a los demás.
Claro. Todos somos Superman hasta que alguien nos entrega
el poder. Porque una cosa es imaginar el poder desde nuestra modesta condición
de ciudadanos comunes y otra muy distinta es descubrir que podemos atravesar
paredes, leer pensamientos, volar o destruir un edificio con una mano.
La filosofía política lleva siglos intentando responder
qué ocurre cuando alguien concentra demasiado poder. Los superhéroes
simplemente lo hacen visible.
Superman podría gobernar el planeta. No lo hace. Y eso,
paradójicamente, constituye una de las cosas más importantes de su personaje. Su
virtud no consiste solamente en poder hacerlo todo. Consiste en elegir no
hacerlo.
Ahí aparece una vieja pregunta ética: ¿qué hacemos con
aquello que podemos hacer?
Porque tener poder no convierte automáticamente a nadie
en bueno. A veces ocurre exactamente lo contrario.
Batman es todavía más extraño.
Porque su código moral depende de una prohibición. Batman
no mata al Joker. Y esto parece una cuestión secundaria hasta que uno se
detiene a pensar. El Joker asesina. Tortura. Destruye. Manipula. Y Batman
podría terminar con todo eso definitivamente.
Pero no lo hace. ¿Por qué? Podríamos responder que porque
Batman cree en la ley.
Pero no es tan sencillo. Batman trabaja fuera de la ley. Interroga
delincuentes. Irrumpe en propiedades privadas. Golpea criminales. Persigue
sospechosos. Se convierte en juez y
ejecutor de una justicia que ninguna institución le otorgó.
Entonces aparece la paradoja: “un hombre que actúa al
margen de la ley decide respetar un límite moral que la propia ley no siempre
consigue imponer.”
Podría matar al Joker. No lo hace. Y quizás ahí esté su
verdadera batalla. No contra el Joker. Contra sí mismo.
Hay algo profundamente aristotélico en esa tensión. La
virtud no consiste simplemente en conocer el bien. Consiste en “elegirlo”. Batman
podría dejarse llevar por la venganza. Tiene todos los motivos. Sus padres
fueron asesinados. Su ciudad está podrida. Sus enemigos regresan una y otra
vez. Cada vez que encierra al Joker, éste vuelve a escapar y vuelve a matar. La
tentación de terminar con todo sería comprensible. Pero si Batman mata al
Joker, algo cambia. Ya no es solamente un hombre que combate criminales. Se
convierte en alguien que decide quién merece vivir. Y entonces la máscara
empieza a significar otra cosa. Ya no oculta su identidad. Oculta el monstruo
que podría llegar a ser.
También está Spider-Man.
Quizás el más humano de todos. Peter Parker recibe un
poder extraordinario y aprende una lección bastante desagradable: el poder
viene acompañado de responsabilidad.
No hay superpoder gratuito.
Ese es uno de los grandes temas de estas historias. El
problema nunca es solamente qué podemos hacer. El problema es qué hacemos con
aquello que podemos hacer.
Y esa pregunta atraviesa nuestra vida cotidiana. No
necesitamos levantar automóviles para tener poder. Tenemos dinero. Palabras. Conocimiento.
Influencias. Cargos. Cuerpos. Deseos. La posibilidad de lastimar. La
posibilidad de ayudar. Todos tenemos alguna forma de poder.
La diferencia es que nosotros no usamos calzoncillos por
encima del pantalón para recordarlo.
Después están los X-Men.
Y ahí la filosofía abandona el terreno del individuo para
meterse en un problema mucho más incómodo: “la diferencia”.
¿Qué sucede cuando una sociedad descubre que algunos de
sus miembros son distintos?
¿Los integra?
¿Los tolera?
¿Los controla?
¿Los elimina?
¿Los convierte en espectáculo?
La mutación funciona como metáfora de todas aquellas
diferencias que las sociedades han utilizado históricamente para construir un
“ellos”.
El mutante no es peligroso solamente porque tenga
poderes. Es peligroso porque “obliga al resto a preguntarse qué significa ser
normal”. Y pocas preguntas resultan más peligrosas que esa.
Daredevil agrega otra capa.
La fe. La culpa. La ley. La justicia. El cuerpo. El
castigo.
El personaje vive permanentemente en ese territorio donde
la moral religiosa, la justicia institucional y la violencia personal se cruzan
hasta resultar casi indistinguibles.
Y entonces entendemos que los superhéroes no son
solamente personas con habilidades extraordinarias. Son “laboratorios éticos”.
Ponemos a un ser humano en una situación imposible y
observamos qué hace.
Le damos poder. Le quitamos el miedo. Le damos una
tragedia. Le ponemos un enemigo. Y después esperamos para descubrir qué queda
de su humanidad.
Quizás por eso resulta tan fascinante que en la cubierta
de este libro aparezcan, transformados en superhéroes, “Hegel, Schopenhauer,
Nietzsche, Marx y Descartes”.
Es una imagen casi perfecta. Los filósofos también llevan
máscaras. También construyen sistemas. También intentan explicar el mundo desde
algún lugar.
También quieren encontrar una verdad. También sospechan que debajo de la apariencia hay algo más.
La diferencia es que sus armas son conceptos. Y un
concepto bien utilizado puede ser mucho más peligroso que un puñetazo. Schopenhauer
habría entendido perfectamente a Batman.
Nietzsche probablemente habría desconfiado de Superman.
Marx tendría bastante trabajo en Metrópolis.
Y Hegel podría pasarse una tarde entera intentando
explicar por qué Batman y el Joker se necesitan mutuamente para definir sus
respectivas identidades.
Quizás hasta Descartes aparecería en el Batimóvil
preguntándose: “¿Pienso, luego existo o llevo máscara porque no sé quién soy?”
Y ahí llegamos a la pregunta más interesante de todas: ¿Quiénes
somos cuando nadie nos está mirando?
Bruce Wayne es Batman. Pero también Batman es Bruce
Wayne.
Clark Kent es Superman.
Peter Parker es Spider-Man.
La máscara oculta y revela al mismo tiempo. Nos protege
de los demás, pero también nos permite convertirnos en aquello que no nos
atreveríamos a ser sin ella.
Por eso todos usamos máscaras. Algunas son de látex. Otras
son trajes. Otras tienen forma de profesión. De apellido. De matrimonio. De
ideología. De personaje social. De hombre fuerte. De mujer invulnerable. De
intelectual que siempre tiene una respuesta.
De tipo que hace chistes porque no quiere contar que está
triste. Quizás la verdadera identidad no sea aquello que mostramos cuando nos
quitamos la máscara. Quizás sea aquello que hacemos “cuando creemos que nadie
puede descubrirnos”.
Por eso los superhéroes son cosa seria.
No porque sean realistas. Precisamente porque no lo son. La fantasía exagera nuestros problemas hasta
volverlos visibles. El villano representa aquello que tememos. El héroe,
aquello que quisiéramos ser. La máscara, aquello que escondemos. El superpoder,
aquello que deseamos. Y la ciudad destruida, quizás, aquello que ya sabemos
pero preferimos no mirar: que debajo de nuestras instituciones, nuestras leyes,
nuestras buenas intenciones y nuestras pequeñas máscaras civilizadas seguimos
siendo animales tratando de decidir qué hacer con el poder.
Por eso Batman sigue caminando de noche.
Por eso Superman continúa bajando del cielo.
Por eso Spider-Man todavía se balancea entre los
edificios.
Por eso los X-Men siguen preguntándose qué significa ser
diferentes.
Y por eso nosotros seguimos leyendo sus historias. Porque
quizá no buscamos superhéroes. Quizá buscamos una respuesta. Una respuesta
bastante vieja: qué hacer con nosotros mismos cuando descubrimos que tenemos el
poder de hacer daño.
Y, sobre todo, qué hacer cuando nadie nos obliga a elegir
el bien. Ahí empieza realmente la filosofía. Y, algunas noches, también empieza
Batman.





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