Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Poe, cuatro copas y una muerte roja en Córdoba

Poe, cuatro copas y una muerte roja en Córdoba

 

A los catorce años yo ya sabía que algunas habitaciones era mejor no abrirlas. También sabía que había escritores que no venían a explicarte el mundo sino a empeorarlo un poco.

Poe era uno de ellos.

Por eso la noticia de que Edgar Allan Poe iba a instalarse durante una noche en Córdoba me produjo una sensación difícil de explicar. No exactamente entusiasmo. Tampoco curiosidad. Algo más parecido a la sospecha.

Porque uno conoce a Poe desde hace demasiado tiempo como para confiar tranquilamente en una invitación que dice: cuatro relatos, cuatro cócteles, noventa minutos y una experiencia inmersiva.

Noventa minutos.

Poe probablemente habría desconfiado de semejante optimismo.

La propuesta se llama “Edgar Allan Poe Speakeasy” y convierte el Hotel de la Cañada en una especie de santuario temporal dedicado al hombre que consiguió hacer de la culpa, la locura, los cadáveres y los gatos negros una de las formas más elegantes de la literatura. El sábado 24 de octubre de 2026 y el sábado 12 de diciembre de 2026.

La fórmula es bastante simple: cuatro cuentos. Cuatro tragos. Cuatro momentos de oscuridad.

“El corazón delator.”

“El gato negro.”

“El cuervo.”

“La máscara de la muerte roja.”

Y uno empieza a pensar que alguien, en algún momento, tuvo una reunión de marketing bastante extraña.

—¿Qué hacemos con Poe?

—Lo convertimos en una experiencia.

—¿Qué tipo de experiencia?

—Gótica.

—¿Y qué más?

—Le ponemos alcohol.

Silencio.

—Tenemos un negocio.

Y así, probablemente, nació el capitalismo literario.

Cuatro tragos para cuatro formas de morir. Porque acá Poe no solamente se escucha. También se bebe.

Son cuatro cócteles, uno por cada relato, pensados para acompañar la historia y convertirse casi en una extensión de la escenografía.


El primero es el “Pale Blue Eye”, inspirado en El corazón delator. Es un cóctel de vodka infusionado con arándanos, jugo de limón, almíbar de rosas y agua gasificada. Tiene ese tono azul pálido que justifica el nombre y lleva un arándano flotando en la superficie, como un pequeño ojo suspendido en la copa. Un ojo. Porque estamos hablando del ojo del viejo que obsesiona al narrador de “El corazón delator”. Poe nunca fue demasiado sutil con sus símbolos, pero tampoco necesitó serlo. Uno escucha hablar de un asesinato mientras alguien bebe tranquilamente. Una situación que, vista desde afuera, resulta bastante civilizada. Hay gente tomando cócteles mientras otro ser humano explica cómo mató a un viejo y escondió su cuerpo debajo del piso. La humanidad ha inventado cosas maravillosas.

 

El segundo es The Cat's Meow, el trago de “El gato negro”. La combinación se mueve hacia un territorio completamente distinto: bourbon, brandy, leche especiada con vainilla y canela, crema y maple. Es una especie de Brandy Milk Punch, denso, dulce y especiado. Poe probablemente hubiera apreciado la combinación. Un trago que parece más inocente de lo que debería. Como el gato. Como el cuento. Como ciertas personas.  

El gato negro es uno de esos cuentos que uno recuerda por razones equivocadas. Cree recordar al gato, la casa, el crimen. Pero en realidad lo que queda es la sensación de estar atrapado dentro de la cabeza de alguien que sabe que está destruyéndose y continúa haciéndolo. Poe conocía bien esa clase de personajes. Quizás porque conocía demasiado bien a los seres humanos. Quizás porque conocía demasiado bien a los escritores.

 

Después aparece Nevermore, el cóctel de “El cuervo”. Acá la estética cambia por completo. Vodka infusionado con durazno y flor de azahar, lima, almíbar y carbón activado. El resultado es oscuro, casi negro, y lleva una lima deshidratada como remate. Es probablemente el más teatral de los cuatro.

Uno imagina la escena: Poe hablando de la pérdida, un cuervo instalado en alguna parte, alguien pronunciando "Nevermore" y delante nuestro una copa negra.

Hay algo de ritual pagano en eso. Y ahí ya estamos perdidos. Porque no importa cuántas veces hayas leído el poema. Cuando alguien dice Nevermore, algo ocurre. No necesariamente algo sobrenatural. Algo peor. La memoria.

Ciertas palabras se convierten en habitaciones."Nevermore" es una de ellas.

Nunca más. Dos palabras. Una vida entera adentro. Y mientras alguien bebe un cóctel llamado Nevermore, uno puede tener la impresión de que Poe se está riendo desde algún lugar. No porque le parezca divertido. Porque finalmente consiguió lo que quería. Que doscientos años después todavía estemos hablando con sus muertos.

 

Y finalmente llega el Cocktail of the Red Death, inspirado en “La máscara de la muerte roja”. Vodka, cereza, Benedictine, lima, ananá y bitters. El color rojo hace prácticamente todo el trabajo antes de que empiece la historia.

Rojo. Sangre. Fiesta. Enfermedad. Muerte. Y ahí ya no hace falta explicar demasiado. Una fiesta. Una enfermedad afuera. Una aristocracia encerrada adentro. Música. Máscaras. Copas. Y la certeza de que la muerte siempre consigue entrar.

Es difícil encontrar una metáfora más apropiada para una época como la nuestra. Poe escribió el cuento en 1842. Nosotros seguimos organizando fiestas mientras afuera pasan cosas. Quizás por eso Poe nunca envejece. No porque sea antiguo. Porque nosotros seguimos siendo bastante parecidos.

 


Poe habría aprobado la economía de recursos. Cuatro relatos. Cuatro colores. Cuatro maneras de entrar en su cabeza.

El azul pálido del ojo.

El blanco cremoso y especiado del gato.

El negro del cuervo.

El rojo de la muerte.

Y ahí uno entiende que la experiencia no consiste simplemente en poner cuatro tragos sobre una mesa. La idea es que cada copa funcione como una pequeña pieza de utilería. Primero te la tomás. Después entendés por qué te la dieron. Y mientras el alcohol empieza a hacer su propio trabajo, Poe hace el suyo.

Porque hay escritores que se leen con un café. Poe, evidentemente, prefería la oscuridad. Y cuatro cócteles. Pero hay que reconocer algo: la idea funciona. Poe siempre fue un escritor sensorial.

Sus cuentos no se limitan a contar acontecimientos. Te meten dentro de una habitación. Escuchás el corazón debajo del piso. Sentís el olor de una casa donde algo terrible acaba de ocurrir. Escuchás las alas de un cuervo. Ves avanzar la Muerte Roja detrás de una máscara. Poe no escribe para que uno permanezca cómodamente sentado leyendo. Escribe para que uno empiece a mirar hacia la puerta.

Por eso el teatro inmersivo parece casi una consecuencia natural de su literatura.

Hay algo profundamente contemporáneo en convertir a Poe en una experiencia de este tipo. Vivimos rodeados de pantallas. Leemos cada vez más rápido. Saltamos de una cosa a otra. Deslizamos el dedo. Miramos. Seguimos. La literatura, en cambio, exige detenerse.

El Speakeasy hace una operación curiosa: para volver a llamar nuestra atención sobre un escritor del siglo XIX, lo convierte en espectáculo.

Actores. Luces. Música. Cócteles. Oscuridad. Es casi una provocación. Pero también una pregunta: ¿qué tenemos que hacer para que alguien vuelva a escuchar una historia?

Tal vez sentarlo en una habitación oscura y darle una copa. No es una mala estrategia.

Y después está Córdoba. Porque hay algo deliciosamente absurdo en todo esto. Edgar Allan Poe murió en Baltimore. Su literatura nació entre periódicos, habitaciones oscuras, deudas, alcohol, enfermedades y fantasmas. Y ahora, tantos años después, aparece en Córdoba. No en Baltimore. No en Richmond. No en una vieja casa victoriana. En Córdoba. Entre edificios, autos, bares, motos, gente que llega tarde y alguien preguntando dónde queda exactamente el Hotel de la Cañada. Y quizás eso sea lo más Poe de todo. Que la muerte viaje. Que la literatura se mueva. Que los fantasmas cambien de domicilio. Que un escritor muerto hace más de un siglo pueda aparecer una noche cualquiera en una ciudad argentina y todavía conseguir que alguien diga:

—Che, ¿vamos a ver a Poe?

No sé qué pensaría Edgar Allan Poe de todo esto. Quizás detestaría los cócteles. Quizás bebería los cuatro. Quizás pediría el quinto. Quizás se sentaría en un rincón y observaría a todos con esa mirada de hombre que sabe que las personas somos criaturas bastante ridículas cuando creemos estar a salvo.

Pero sospecho que habría una cosa que sí entendería. La oscuridad. Porque la oscuridad no pertenece a ninguna época. Ni a Baltimore. Ni a Córdoba. Ni al siglo XIX.

La llevamos puesta. Algunos la esconden mejor. Otros escriben sobre ella. Y algunos, como Poe, consiguen convertirla en literatura. Por eso quizá no sea tan extraño sentarse una noche en Córdoba, escuchar El corazón delator, mirar un vaso iluminado, escuchar un actor decir Nevermore y pensar en todas las cosas que alguna vez creímos que habían desaparecido para siempre.

Porque finalmente eso es Poe. Una conversación con aquello que ya no está. Una forma elegante de hablar con los muertos. Y si además sirven cuatro cócteles, bueno: que alguien cierre la puerta.

Y si alguien sale de una noche de Poe Speakeasy con ganas de volver a leer El corazón delator, buscar El gato negro, enfrentarse nuevamente con El cuervo o descubrir qué demonios era aquella máscara de la muerte roja, entonces la operación habrá conseguido algo que no es menor. Habrá conseguido que un muerto de Baltimore vuelva a inquietar a alguien. Y eso, tratándose de Edgar Allan Poe, quizá sea la mejor forma posible de homenaje. Después de todo, Poe nunca pidió que lo leyéramos a plena luz del día. Poe necesita una puerta cerrándose lentamente. Una copa. Cuatro historias. Y alguien, del otro lado de la habitación, diciendo: Nevermore.

 

 

https://allevents.in/cordoba/edgar-allan-poe-speakeasy-c%C3%B3rdoba/2700030517923944 

 

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