Los placeres improductivos
La dignidad de las obsesiones
La conversación ocurrió una noche cualquiera, de esas que
empiezan hablando de cualquier cosa y terminan convirtiéndose en un
interrogatorio filosófico sin que nadie lo haya planeado.
Yo hablaba de un libro que acababa de comprar. Antes
había mencionado un disco de vinilo que llevaba meses buscando. También conté
que estaba pensando en viajar para ver una ópera. En algún momento apareció el
tema de los muñequitos que ocupan una parte considerable de mis estantes.
Entonces alguien me miró con una mezcla de curiosidad y desconcierto y lanzó la
pregunta:
—¿Por qué esa insistencia en trabajar tanto, en invertir
dos tercios de la vida —por no decir toda— en algo que no te da el pan para
comer, ni el vino, sangre de vida?
La frase quedó flotando en el aire. No era una crítica.
Era peor. Era una duda genuina.
Porque, vista desde afuera, mi existencia puede parecer
una extraña cadena de decisiones económicas cuestionables, de gastos absurdos.
Trabajo para comprar libros que tal vez no alcance a leer.
Compro discos que contienen música disponible en internet. Pago entradas para
escuchar composiciones escritas por personas que murieron hace siglos.
Colecciono figuras de personajes que ni siquiera existen.
Hay algo profundamente sospechoso en dedicar tantos
recursos a cosas que no aumentan el patrimonio, no mejoran el currículum y no
garantizan ninguna ventaja práctica.
Mientras escuchaba la pregunta pensé que, en el fondo, no
me estaban interrogando a mí. Estaban interrogando una vieja costumbre humana:
la de apasionarse por algo que no sirve para nada.
Porque vivimos en una época obsesionada con la utilidad.
Todo debe justificar su existencia. Cada actividad necesita una finalidad
productiva. Cada minuto debe rendir algún beneficio. Cada gasto debe
convertirse en inversión.
Leemos para capacitarnos. Hacemos ejercicio para
prolongar la vida. Aprendemos idiomas para mejorar oportunidades laborales. Incluso
el ocio parece obligado a demostrar resultados. En semejante contexto, comprar
un libro simplemente porque despierta curiosidad se vuelve un acto casi
subversivo.
Lo mismo ocurre con los vinilos.
Recuerdo una vez que alguien me preguntó por qué seguía
comprándolos si podía escuchar exactamente la misma música en una plataforma
digital. La pregunta era razonable. También podría preguntarse por qué alguien
visita un museo si las pinturas están fotografiadas en internet. O por qué se
viaja para ver el mar si existen documentales en alta definición.
La respuesta nunca tiene que ver con la eficiencia. Tiene
que ver con la experiencia.
Con el ritual. Con esa parte irracional del ser humano
que todavía se niega a convertir toda la existencia en una planilla de cálculo.
Quizás por eso también me gustan los muñequitos. No porque crea que son
importantes. Sino porque representan algo que sí lo es. Cada uno conserva una
historia. Una lectura. Una película. Una época de mi vida. Son objetos que
funcionan como pequeñas máquinas del tiempo. Un archivo emocional disfrazado de
plástico.
Estoy convencido que las personas suelen dividirse en dos
grandes grupos.
Están quienes entienden inmediatamente estas cosas. Y
están quienes preguntan para qué sirven. Ninguno de los dos grupos tiene razón
o está equivocado. Simplemente observan el mundo desde lugares distintos.
Los primeros saben que algunas experiencias valen
precisamente porque no tienen una utilidad inmediata.
Los segundos buscan una lógica práctica detrás de todo.
Esa noche no respondí demasiado. Sonreí, tomé un sorbo de
vino y dejé que la conversación siguiera su curso. Pero la pregunta me acompañó
durante varios días.
Y terminé llegando a una conclusión sencilla. Tal vez sea
cierto que los libros no dan de comer. Que los vinilos no pagan cuentas. Que la
ópera no resuelve problemas cotidianos. Que los muñequitos no tienen ninguna
función concreta. Pero también es cierto que hay hambres que el pan no sacia. Y
sedes que ningún vino puede apagar.
Quizás por eso seguimos llenando nuestras vidas de cosas
aparentemente inútiles.
Porque a veces lo que no sirve para ganarse la vida es
exactamente lo que la vuelve digna de ser vivida.

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