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Robar o crear: la vieja confusión de quienes nunca entendieron la literatura


 

Robar o crear: la vieja confusión de quienes nunca entendieron la literatura

 

Hay quienes creen que la literatura nace por generación espontánea, como si un escritor genial se sentara frente a una hoja en blanco y, aislado del mundo, inventara algo absolutamente nuevo. La realidad es mucho más compleja y, sobre todo, mucho más hermosa.

Acusar a Borges de "robar" la literatura inglesa es demostrar que nunca se entendió a Borges. Leyó con pasión a Stevenson, Chesterton, Kipling, De Quincey, Shakespeare y tantos otros. Pero no los copió: dialogó con ellos. Los atravesó con su inteligencia y los devolvió convertidos en otra cosa. Después de Borges, esos autores también se leen de una manera distinta. Como él mismo escribió, "cada escritor crea a sus precursores".

Lo mismo ocurre con Juan José Saer. Su obra conversa con el “nouveau roman” francés, sí, pero basta leer unas pocas páginas para descubrir que nadie escribió el río Paraná, la llanura santafesina o el tiempo como él. César Aira, por su parte, nunca ocultó sus influencias. Al contrario: las exhibe porque entiende que la literatura es una inmensa conversación donde cada autor toma herramientas heredadas para construir una voz propia.

La historia del arte siempre fue así. Shakespeare tomó argumentos ajenos. Dante caminó junto a Virgilio. Joyce reescribió la “Odisea”. Picasso miró el arte africano. Tarantino filma sobre las películas que ama. Nadie los acusa seriamente de ladrones, porque comprendemos que la creación consiste precisamente en transformar lo recibido.

Confundir influencia con plagio es un error elemental. El plagio consiste en apropiarse de una obra y hacerla pasar por propia. La tradición, en cambio, consiste en leer, absorber, reinterpretar y producir algo nuevo. Sin esa cadena infinita de lecturas, la literatura simplemente dejaría de existir.

Quizás la verdadera incomodidad de algunos no sea que Borges, Saer o Aira hayan "robado", sino que lograron convertir sus influencias en obras originales que terminaron enriqueciendo el patrimonio universal de la literatura. Porque las grandes obras no nacen del vacío: nacen del diálogo con quienes escribieron antes.

En definitiva, ningún escritor escribe solo. Todos escriben acompañados por los libros que leyeron. La diferencia entre un imitador y un gran autor no está en tener influencias, sino en la capacidad de transformarlas hasta que dejen de parecer ajenas y se conviertan en una voz irrepetible. Ahí termina el préstamo y comienza la verdadera creación.

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