Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El viento frío de Kabul

El viento frío de Kabul

 

Los vientos a veces traen lluvia. A veces traen frío y a veces se llevan las nubes y el clima mejora.

El viento de Kabul trae historia. Trae pólvora. Trae nombres que Occidente recuerda apenas durante unas semanas y luego vuelve a olvidar.

Nunca estuve en Kabul. Sin embargo, hay ciudades que uno conoce por las cicatrices. Las he recorrido en libros, en documentales, en fotografías de agencias de noticias donde siempre parece faltar el sonido. Porque las guerras son así: vemos las explosiones, pero nunca escuchamos el silencio que queda después.

Kabul descansa a casi mil ochocientos metros de altura, entre las montañas del Hindu Kush. Durante siglos fue un lugar de paso. Por allí cruzaban comerciantes de la Ruta de la Seda, peregrinos, ejércitos y conquistadores. Alejandro Magno pasó cerca. Los mongoles dejaron su marca. Los británicos aprendieron, con sangre, que Afganistán no era un territorio fácil de dominar. Los soviéticos también lo aprendieron. Después los estadounidenses.

Hay una vieja frase, atribuida a distintos autores, que llama a Afganistán "el cementerio de los imperios". Quizá sea una exageración, pero contiene una verdad incómoda: casi todas las potencias que quisieron moldear ese país terminaron descubriendo que la geografía también tiene memoria y que las montañas pueden derrotar a los ejércitos.

En 1979 llegaron los tanques soviéticos. Diez años después se fueron dejando un país roto. La guerra civil terminó de pulverizar lo que quedaba y, en 1996, aparecieron los talibanes con la promesa de imponer orden. El precio fue la libertad. Las mujeres desaparecieron del espacio público, las escuelas cerraron para las niñas, la música fue condenada como si una canción pudiera poner en peligro un régimen.

Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001. Las Torres Gemelas cayeron en Nueva York y las bombas comenzaron a caer sobre Kabul. Durante veinte años el mundo creyó estar escribiendo una nueva historia. Se construyeron escuelas, universidades, hospitales. Nació una generación que aprendió a usar internet antes que un fusil y que imaginó un país distinto. Pero las guerras nunca terminan cuando lo anuncian los presidentes.

En agosto de 2021 el mundo volvió a mirar Kabul durante apenas unos días. Bastaron unas imágenes para resumir veinte años de ocupación: personas colgadas de un avión que intentaba despegar, madres levantando a sus hijos por encima de los alambrados del aeropuerto, hombres corriendo detrás de una promesa de escape. Después las cámaras se fueron. Como siempre.

Pienso en eso desde este rincón de Traslasierra, donde el viento también baja frío de las sierras en invierno. La distancia entre Villa Dolores y Kabul parece infinita, pero no lo es tanto. Hay un hilo invisible que une todas las ciudades donde la gente intenta simplemente vivir mientras la Historia —con mayúsculas— insiste en pasarles por encima.

Tal vez por eso me cuesta hablar de Kabul como si fuera solo un conflicto internacional. Detrás de cada titular hay alguien que prepara té, alguien que acomoda libros en una biblioteca medio vacía, alguien que se enamora, alguien que entierra a un hermano. La geopolítica suele olvidar que las estadísticas tienen rostro.

El viento frío de Kabul no llega hasta nosotros cargando nieve. Llega cargando preguntas. ¿Cuánto dura la compasión del mundo? ¿Cuánto tarda una tragedia en convertirse en una noticia vieja? ¿En qué momento dejamos de mirar porque otra guerra, otro escándalo o un algoritmo decidió cambiar de tema?

Quizá el verdadero frío no esté en Kabul. Quizá esté en nosotros, en esta facilidad con la que aprendimos a convivir con el dolor ajeno. Mientras tanto, allá, entre las montañas del Hindu Kush, el viento sigue soplando. Y alguien, como hace mil años, vuelve a cerrar la puerta de su casa esperando que esta noche tampoco llegue la guerra.


 

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