El
viento frío de Kabul
Los vientos
a veces traen lluvia. A veces traen frío y a veces se llevan las nubes y el
clima mejora.
El viento
de Kabul trae historia. Trae pólvora. Trae nombres que Occidente recuerda
apenas durante unas semanas y luego vuelve a olvidar.
Nunca
estuve en Kabul. Sin embargo, hay ciudades que uno conoce por las cicatrices.
Las he recorrido en libros, en documentales, en fotografías de agencias de
noticias donde siempre parece faltar el sonido. Porque las guerras son así:
vemos las explosiones, pero nunca escuchamos el silencio que queda después.
Kabul
descansa a casi mil ochocientos metros de altura, entre las montañas del Hindu
Kush. Durante siglos fue un lugar de paso. Por allí cruzaban comerciantes de la
Ruta de la Seda, peregrinos, ejércitos y conquistadores. Alejandro Magno pasó
cerca. Los mongoles dejaron su marca. Los británicos aprendieron, con sangre,
que Afganistán no era un territorio fácil de dominar. Los soviéticos también lo
aprendieron. Después los estadounidenses.
Hay una
vieja frase, atribuida a distintos autores, que llama a Afganistán "el
cementerio de los imperios". Quizá sea una exageración, pero contiene una
verdad incómoda: casi todas las potencias que quisieron moldear ese país
terminaron descubriendo que la geografía también tiene memoria y que las
montañas pueden derrotar a los ejércitos.
En 1979
llegaron los tanques soviéticos. Diez años después se fueron dejando un país
roto. La guerra civil terminó de pulverizar lo que quedaba y, en 1996,
aparecieron los talibanes con la promesa de imponer orden. El precio fue la
libertad. Las mujeres desaparecieron del espacio público, las escuelas cerraron
para las niñas, la música fue condenada como si una canción pudiera poner en
peligro un régimen.
Entonces
llegó el 11 de septiembre de 2001. Las Torres Gemelas cayeron en Nueva York y
las bombas comenzaron a caer sobre Kabul. Durante veinte años el mundo creyó
estar escribiendo una nueva historia. Se construyeron escuelas, universidades,
hospitales. Nació una generación que aprendió a usar internet antes que un
fusil y que imaginó un país distinto. Pero las guerras nunca terminan cuando lo
anuncian los presidentes.
En
agosto de 2021 el mundo volvió a mirar Kabul durante apenas unos días. Bastaron
unas imágenes para resumir veinte años de ocupación: personas colgadas de un
avión que intentaba despegar, madres levantando a sus hijos por encima de los
alambrados del aeropuerto, hombres corriendo detrás de una promesa de escape.
Después las cámaras se fueron. Como siempre.
Pienso
en eso desde este rincón de Traslasierra, donde el viento también baja frío de
las sierras en invierno. La distancia entre Villa Dolores y Kabul parece
infinita, pero no lo es tanto. Hay un hilo invisible que une todas las ciudades
donde la gente intenta simplemente vivir mientras la Historia —con mayúsculas—
insiste en pasarles por encima.
Tal vez
por eso me cuesta hablar de Kabul como si fuera solo un conflicto
internacional. Detrás de cada titular hay alguien que prepara té, alguien que
acomoda libros en una biblioteca medio vacía, alguien que se enamora, alguien
que entierra a un hermano. La geopolítica suele olvidar que las estadísticas
tienen rostro.
El
viento frío de Kabul no llega hasta nosotros cargando nieve. Llega cargando
preguntas. ¿Cuánto dura la compasión del mundo? ¿Cuánto tarda una tragedia en
convertirse en una noticia vieja? ¿En qué momento dejamos de mirar porque otra
guerra, otro escándalo o un algoritmo decidió cambiar de tema?
Quizá el
verdadero frío no esté en Kabul. Quizá esté en nosotros, en esta facilidad con
la que aprendimos a convivir con el dolor ajeno. Mientras tanto, allá, entre
las montañas del Hindu Kush, el viento sigue soplando. Y alguien, como hace mil
años, vuelve a cerrar la puerta de su casa esperando que esta noche tampoco
llegue la guerra.
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